Cuando repasamos los antiguos anuarios comerciales de Ubrique desde 1864 sentimos muchas veces que estamos abriendo una puerta al pueblo desaparecido de nuestros bisabuelos. No son solamente listas de nombres y oficios. Detrás de cada comerciante, de cada fábrica y de cada tienda hay familias enteras, calles llenas de vida, olores, voces y recuerdos que todavía sobreviven en nuestras conversaciones familiares. Gracias a aquellos documentos podemos reconstruir cómo era el tejido económico y humano de aquel Ubrique que empezaba ya a convertirse en un pequeño centro industrial serrano.
Los anuarios nos permiten comprobar que, ya en 1864, Ubrique era un pueblo extraordinariamente activo. Había fabricantes de curtidos, jabones, aguardientes, petacas, sombreros, tejidos y calzado. Existían fondas, cafés, farmacias, herrerías y pequeñas industrias familiares que eran el auténtico motor económico de la localidad. Y lo más emocionante para nosotros es descubrir que muchos de aquellos apellidos continúan hoy ligados a Ubrique y a su memoria colectiva.
Uno de los nombres que más emoción nos produce encontrar es el de nuestro tatarabuelo Manuel Janeiro López. Aparece ya en los registros del siglo XIX relacionado con la almona de jabón que regentaba junto a su esposa, Ana Córdoba Leytón. Aquellas almonas eran establecimientos fundamentales en una época en la que el jabón se elaboraba artesanalmente utilizando grasas, cenizas y aceites reciclados. El olor del jabón cocido formaba parte del paisaje cotidiano de muchas calles. En nuestra familia siempre se habló de aquellos negocios modestos pero muy trabajadores, donde cada miembro ayudaba en lo que podía.
También nos emociona encontrar los primeros cafés y fondas de Ubrique. En el Anuario Riera de 1904 aparece Manuel Janeiro como propietario de uno de los cafés del pueblo. Aquellos cafés eran mucho más que simples negocios de hostelería: eran centros sociales donde se hablaba de política, se cerraban tratos comerciales y se compartían noticias llegadas de Cádiz, Gibraltar o América. En casa siempre hemos escuchado historias sobre el famoso “Café de Janeiro”, relacionado con los cafés que enviaban nuestros tíos desde Camagüey, en Cuba, y cuyo aroma se tostaba en la plaza de la Verdura para deleite de medio pueblo.
Los anuarios también muestran con claridad la enorme importancia de la industria del curtido. A finales del siglo XIX y comienzos del XX aparecen constantemente los Corrales, Mancilla, Reguera, Rubiales o Parra como fabricantes de curtidos y suelas. Aquellas familias fueron construyendo poco a poco el prestigio peletero de Ubrique. Sus talleres eran todavía pequeños, muchas veces instalados junto a patios, huertas o nacimientos de agua, porque el curtido dependía absolutamente de los manantiales y lavaderos del pueblo.
Cuando vemos esos apellidos sentimos que estamos leyendo el origen mismo de la Ubrique marroquinera actual. Muchos descendientes de aquellos curtidores continúan hoy vinculados al sector de la piel. Otros emigraron, cambiaron de oficio o desaparecieron, pero todos ayudaron a levantar una tradición artesanal que terminaría haciendo famoso al pueblo en todo el mundo.
Los zapateros y fabricantes de calzado ocupan también un lugar importantísimo. En aquellos años aparecen nombres como Gaspar Cabezas, Francisco Parra, Diego Viruez o Juan Núñez. Algunos de ellos estaban emparentados con antiguos curtidores, porque en Ubrique el cuero generaba toda una cadena económica: curtidores, zapateros, petateros, talabarteros y comerciantes dependían unos de otros.
Especial emoción nos produce leer el nombre de Antonio Villalobos, uno de los primeros fabricantes de petacas y padre de Juan Villalobos, creador posteriormente de la marca Hispania. Aquellos pioneros de las petacas y pequeños artículos de piel fueron fundamentales para la evolución posterior de la marroquinería ubriqueña. Lo que comenzó como modestos talleres familiares terminaría convirtiéndose en una industria de prestigio internacional.
Otro aspecto fascinante de los anuarios es comprobar la cantidad de pequeños negocios que existían. Había fabricantes de mantas, de sombreros, de paños, de tapones de corcho y hasta hilados de lana. En 1904 encontramos comercios textiles, librerías y ferreterías que hoy casi nadie recuerda. Nombres como Rafael Cobeñas, Bartolomé Vegazo o Manuel Romero aparecen continuamente relacionados con distintos negocios y actividades económicas, reflejando cómo muchas familias diversificaban sus ingresos para sobrevivir.
Nos llaman mucho la atención también las fondas y posadas. La fonda de José Benítez o la Posada Rosario nos hablan de un Ubrique lleno de viajeros, arrieros y comerciantes que atravesaban la sierra transportando mercancías. Antes del ferrocarril y de las carreteras modernas, el pueblo vivía conectado a través de caminos de mulas y diligencias. Los animales descansaban en las pilas y abrevaderos mientras los viajeros comían o dormían en aquellas fondas humildes.
Y junto a comerciantes e industriales aparecen los médicos, farmacéuticos, maestros y abogados que daban forma a la vida cotidiana del pueblo. Nos emociona especialmente encontrar al maestro Francisco Fatou, figura muy querida todavía en la memoria de muchas familias ubriqueñas. O al boticario Fermín Sánchez, antepasado de personas que aún hoy forman parte de nuestra vida cotidiana.
Lo más hermoso de estos anuarios es precisamente eso: descubrir que la historia no está formada únicamente por grandes acontecimientos, sino por personas corrientes que trabajaron, levantaron negocios y sacaron adelante a sus familias en tiempos muy difíciles. Muchos eran analfabetos o apenas sabían firmar, pero poseían un conocimiento inmenso de los oficios tradicionales.
Cuando publicamos estas listas en el blog solemos recibir mensajes emocionados de vecinos que reconocen a sus abuelos, bisabuelos o tíos lejanos. A veces alguien descubre por primera vez que su familia tuvo una fábrica de sombreros, una tienda de tejidos o una pequeña tenería junto al río. Y entonces comprendemos que estos documentos no son simples registros comerciales: son fragmentos de memoria colectiva.
Quizás por eso sentimos tanta responsabilidad al compartirlos. Porque cada nombre representa una vida entera. Detrás de cada anuncio antiguo hubo ilusiones, esfuerzos y sacrificios. Muchos de aquellos comerciantes jamás imaginaron que, más de ciento cincuenta años después, alguien volvería a pronunciar sus nombres con cariño y gratitud.
Y sin embargo aquí siguen, sobreviviendo en las páginas amarillentas de los anuarios y en la memoria de un pueblo que todavía conserva, entre sus calles y sus apellidos, la huella profunda de aquellos primeros comerciantes e industriales que ayudaron a construir la historia de Ubrique.

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