El Rodezno de Ubrique: agua,
industria, memoria y vida en el corazón histórico del pueblo
Pocos lugares de Ubrique concentran tanta historia, tanta
memoria colectiva y tanta identidad cultural como la zona conocida como El
Rodezno. Situado junto al nacimiento de la Cornicabra, muy cerca del antiguo
convento de Capuchinos y de los tradicionales caminos de entrada al pueblo,
este enclave constituyó durante siglos uno de los principales motores
económicos y humanos de la localidad.
El Rodezno fue mucho más que un paraje pintoresco o un simple
conjunto de molinos y tenerías. Allí se desarrolló una auténtica civilización
del agua. El nacimiento alimentó molinos harineros, curtidurías, lavaderos,
huertas, canales, fábricas y sistemas de abastecimiento que hicieron posible la
vida cotidiana de generaciones enteras de ubriqueños.
La historia de este lugar resume, en gran medida, la propia
evolución histórica de Ubrique: desde las antiguas técnicas artesanales
heredadas del mundo medieval y andalusí hasta la llegada de la electricidad y
la modernización industrial del siglo XX.
Gracias a las investigaciones de Manuel Cabello Janeiro y
Esperanza Izquierdo, así como a numerosos testimonios orales y documentos
históricos, hoy es posible reconstruir la importancia extraordinaria de este
espacio donde convivieron trabajo, agua, pobreza, progreso, convivencia y
memoria popular.
El Nacimiento : origen de la vida
La existencia de El Rodezno está inseparablemente ligada al Nacimiento
(con mayúsculas), uno de los manantiales más importantes de Ubrique.
Desde tiempos antiguos, las aguas que brotaban de la sierra
descendían formando pequeños cauces y saltos naturales que permitieron
aprovechar la energía hidráulica de manera continua. En una época en la que la
fuerza del agua era uno de los grandes motores económicos del mundo rural,
disponer de un nacimiento abundante suponía una auténtica riqueza.
El agua de la Cornicabra permitió durante siglos mover
molinos, alimentar tenerías, abastecer fuentes, llenar pilares, regar huertas,
accionar batanes, lavar ropa, limpiar y curtir pieles, y posteriormente generar
electricidad. El Rodezno nació
precisamente gracias a esa combinación perfecta entre agua abundante y
aprovechamiento humano.
Las investigaciones históricas describen el lugar como un
espacio lleno de acequias, albercas, compuertas, tajeas elevadas y pequeños
canales que organizaban cuidadosamente el recorrido del agua para aprovechar
hasta la última gota. Nada se desperdiciaba. El agua circulaba constantemente
por el paisaje y daba vida a toda una red de actividades económicas y sociales.
El significado del nombre “El Rodezno”
El propio nombre del lugar revela su esencia histórica. “Rodezno”
es un término tradicional relacionado con los molinos hidráulicos. Se refiere a
la rueda horizontal que transformaba la fuerza del agua en movimiento mecánico.
El sistema era ingenioso: el agua caía con fuerza sobre el rodezno y hacía
girar el mecanismo conectado a las piedras de moler. La importancia de este
elemento fue tan grande que terminó dando nombre a toda la zona. El topónimo
refleja, por tanto, el carácter profundamente hidráulico e industrial del
enclave. Desde siempre, el sonido del agua golpeando los rodeznos forma parte
inseparable del paisaje sonoro de Ubrique.
Los antiguos molinos hidráulicos
Uno de los elementos fundamentales de El Rodezno fueron sus
molinos, existieron varios aprovechamientos hidráulicos dedicados
principalmente a la molienda de cereales, especialmente trigo.
Los molinos eran esenciales para la economía tradicional, producían
harina, abastecían a los panaderos, permitían alimentar animales, de hecho, el
lejío estaba a la izquierda del molino, y generaban una importante actividad
comercial.
La tecnología hidráulica utilizada era completamente
artesanal pero extraordinariamente eficaz. El agua era conducida mediante
canales elevados hasta caer sobre el rodezno con suficiente fuerza para mover
todo el sistema. Muchos de estos molinos permanecieron activos durante siglos y
algunos fueron adaptándose a nuevas funciones industriales con el paso del
tiempo.
El molino del Nacimiento o molino de Cotrino
El más importante de todos fue el conocido como molino del
Nacimiento, también llamado posteriormente molino del Rodezno o molino de
Cotrino. Este edificio simboliza perfectamente la evolución histórica del
lugar. Inicialmente funcionó como molino harinero tradicional, pero más tarde
acabaría convirtiéndose parcialmente en fábrica de electricidad. Durante el día
molía trigo y por la noche utilizaba la fuerza del agua para generar energía
eléctrica. Pocas imágenes resumen mejor el paso del mundo tradicional al
moderno.
El molino del Duque y los aprovechamientos señoriales
La tradición oral ubriqueña también recuerda el llamado
molino del Duque, relacionado con antiguos aprovechamientos vinculados a los
señores de la villa. Durante siglos, buena parte de las aguas, tierras y
molinos estuvieron bajo control de grandes propietarios o instituciones
señoriales. Los duques de Arcos, señores históricos de Ubrique, mantuvieron
importantes derechos sobre numerosos recursos económicos del territorio. Aunque
la documentación concreta sobre este molino es fragmentaria, su recuerdo permanece
asociado a la memoria popular del Rodezno y a la antigua organización señorial
del agua y la producción.
El Rodezno y el crecimiento urbano de Ubrique
La importancia del nacimiento de la Cornicabra no fue
únicamente industrial. El agua del Rodezno resultó esencial para el propio
crecimiento urbano de Ubrique. Antes de la llegada de las modernas redes de
abastecimiento domiciliario, gran parte del pueblo dependía directamente de
este sistema hidráulico. Las investigaciones históricas describen antiguas
conducciones, alcubillas y canalizaciones que transportaban el agua hasta fuentes
públicas, pilares, depósitos, huertas, batanes, curtidurías y determinadas
viviendas.
El Rodezno funcionó durante generaciones como uno de los
grandes centros abastecedores de la localidad. En una época en la que disponer
de agua limpia era un privilegio, este nacimiento constituyó uno de los bienes
más valiosos de Ubrique.
Las curtidurías: el origen de la industria de la piel
La relación entre Ubrique y la industria de la piel tiene
raíces muy profundas, y El Rodezno fue uno de sus escenarios fundamentales. Las
tenerías necesitaban enormes cantidades de agua limpia, por ello se instalaron
tradicionalmente junto a nacimientos y arroyos. El proceso del curtido era
extremadamente complejo y laborioso, lavado de las pieles, eliminación de
restos orgánicos, tratamiento con cal, raspado manual, curtido vegetal mediante
taninos, extraídos del zumaque o de los alcornoques, aclarado, secado y suavizado
final. Muchas de estas operaciones conservaban técnicas heredadas del mundo
medieval e incluso andalusí.
Las investigaciones sobre los curtidos árabes y medievales de
Manuel Cabello muestran que la tradición marroquinera ubriqueña no apareció de
forma repentina, sino como resultado de siglos de transmisión artesanal. La
abundancia de agua del Rodezno permitió mantener esa actividad durante
generaciones.
Las últimas tenerías tradicionales
Todavía en pleno siglo XX permanecían activas algunas
tenerías tradicionales en el Rodezno. Los testimonios describen un paisaje
industrial hoy desaparecido, pilas de curtido, muros húmedos, herramientas
manuales, y trabajadores especializados realizando tareas heredadas de sus
antepasados.
Entre las curtidurías más recordadas estuvo la de Ángel
Janeiro Rubiales, cuyo utillaje histórico fue posteriormente recuperado para el
Museo de la Piel. Aquellas tenerías representan el origen directo de la actual
industria marroquinera de Ubrique. Sin comprender el Rodezno resulta imposible
entender cómo surgió la fama mundial de la piel ubriqueña.
El Rodezno en los años cincuenta
Las reconstrucciones históricas realizadas a partir de
fotografías y testimonios, sobre todo de los hermanos Román, los últimos
habitantes del molino, permiten imaginar cómo era El Rodezno en los años
cincuenta. Todavía conservaba entonces buena parte de su actividad tradicional.
El lugar aparecía lleno de vida, lavanderas trabajando junto al agua, curtidores
manipulando pieles, niños bañándose y jugando en verano, animales de carga
cruzando caminos, molinos todavía en funcionamiento, huertas llenas de frutales.
El sonido del agua era, y es, continuo.
Acequias y canales atravesaban el paisaje formando pequeños
saltos y corrientes. Era un espacio profundamente humano y popular. Sin
embargo, aquellos años representaban también el comienzo de la transformación
definitiva. La modernización industrial, la electrificación general y los
nuevos sistemas urbanos acabarían alterando radicalmente aquel mundo
tradicional.
Las lavanderas de El Rodezno: la memoria femenina del agua
Entre todos los recuerdos asociados a El Rodezno, quizá
ninguno posee tanta carga humana y emocional como el de las lavanderas. Las
investigaciones y testimonios recopilados por Esperanza Izquierdo y Manuel
Cabello Janeiro permiten reconstruir con enorme sensibilidad la vida de
aquellas mujeres que durante generaciones hicieron del agua su espacio de
trabajo, convivencia y supervivencia.
Los textos publicados en torno al documental La mujer y el
agua establecen un emocionante paralelismo entre las mujeres de la India
contemporánea y las ubriqueñas de hace apenas unas décadas. En El Rodezno, el
agua era mucho más que un recurso natural: era el centro de la vida cotidiana
femenina. Cada mañana, desde primeras horas del día, numerosas mujeres
descendían hacia el nacimiento cargadas con paneras, tablas de lavar, jabón
casero, cenizas para la colada, cántaros, y enormes cestos de ropa.
Muchas procedían de familias humildes y trabajaban lavando
para otras casas más acomodadas. A cambio recibían cantidades mínimas de
dinero, pero suficientes para ayudar al sustento familiar.
Una de las historias más conmovedoras conservadas por la
memoria oral es la de María Avelino, lavandera ubriqueña de los años veinte,
cuya vida simboliza perfectamente la dureza de aquel trabajo. Cada día recogía
ropa por las casas y acudía al Rodezno o al lavadero del Benalfí para realizar
la colada. El proceso era agotador y complejo; primero se enjabonaba la ropa,
luego se colocaba en grandes canastos cubiertos con paños bastos y se vertían
sobre ella cenizas calientes mezcladas con agua. Después se dejaba reposar
durante horas antes del lavado definitivo.
El relato más impresionante, una historia contada por
Isabelita Álvarez, explica cómo María, embarazada y madre de numerosos hijos,
comenzó a sentir los dolores del parto mientras preparaba una colada en el
Rodezno. Se apartó unos momentos, dio a luz y, tras acomodar al recién nacido,
regresó inmediatamente a terminar el trabajo para no perder el jornal de aquel
día.
Historias como esta permiten comprender la extraordinaria
dureza de la vida de las mujeres populares ubriqueñas.
Otra figura recordada es Paca Gómez García, que con apenas
nueve años tuvo que abandonar la escuela para hacerse cargo del lavado de la
ropa familiar. Bajaba diariamente al Algarrobal cargando ropa y jabón, ocupando
durante horas su pequeño espacio entre las lavanderas adultas. Aquella niña
pasó su infancia entre agua, ropa mojada y largas jornadas de trabajo físico.
Pero el Rodezno no fue solamente un lugar de sufrimiento.
También constituyó un importante espacio de convivencia femenina.
Mientras lavaban, las mujeres compartían noticias del pueblo,
consejos, canciones, recetas, confidencias, historias familiares, y hasta
pequeñas celebraciones cotidianas.
El lavadero funcionaba como una especie de gran plaza pública
femenina donde circulaba la memoria oral de Ubrique.
Las fotografías históricas de principios del siglo XX
muestran grupos de lavanderas trabajando junto al agua bajo la sombra de
enormes álamos y chopos.
Las investigaciones de la familia Cabello recuerdan además
que muchas casas de Ubrique no tuvieron agua corriente hasta bien entrado el
siglo XX. Antes de ello, mujeres y niñas eran responsables de transportar el
agua desde fuentes y pilares hasta las viviendas. Algunas recorrían diariamente
largas distancias cargando cántaros de quince o veinte litros.
Por eso el agua marcó profundamente la vida femenina de
Ubrique. No resulta exagerado afirmar que gran parte del funcionamiento
cotidiano del pueblo descansó durante siglos sobre el trabajo invisible de
estas mujeres.
El Rodezno fue así un territorio de agua y de memoria
femenina, un espacio donde el esfuerzo, la pobreza y la solidaridad convivieron
diariamente.
Hoy, cuando los arroyos han perdido el bullicio de antaño, el
recuerdo de las lavanderas continúa siendo una de las imágenes más poderosas y emotivas
de la historia de Ubrique.
Lo mejor de todo es que hemos sabido muy recientemente que una de nuestras amigas más queridas, María del Carmen Toro, nació justamente en el Rodezno, hasta ahora pensábamos los miembros de la familia Román habían sido los últimos habitantes del molino. Pero no, la familia Toro Rincón también vivió allí y allí nació Mari Carmen, con ella incidimos aún más en el importantísimo papel de la mujer en la historia de nuestro pueblo, pues forma parte de una dinastía de mujeres fuertes, trabajadoras, honestas y discretas, que siempre, con gran energía y fortaleza, han hecho bandera del trabajo y la familia.
La mirada romántica de Frasquita Larrea
Uno de los testimonios más valiosos para comprender la
importancia histórica y paisajística del Rodezno es el de la viajera gaditana
Frasquita Larrea, que visitó Ubrique en 1824.
Aunque en aquel momento el espacio no recibía aún la
denominación actual de “Rodezno”, su descripción transmite la fascinación que
le produjo aquel paisaje lleno de agua, vegetación y actividad humana coincide en
el entorno del nacimiento de la Cornicabra, el convento de Capuchinos y los
primeros aprovechamientos hidráulicos del lugar.
Su testimonio constituye una de las primeras miradas cultas
sobre este paisaje, y ofrece una imagen extraordinariamente viva del entorno en
época preindustrial, demostrando además que este rincón ya era considerado uno
de los lugares más bellos y pintorescos de la Sierra de Cádiz mucho antes de
que existiera una conciencia moderna de patrimonio.
“Al pie de este peñasco (que llaman también el salto de la
Mora, por motivo de una tradición que supone a una mora arrojándose de esa
altura huyendo de los cristianos) sale el manantial que surte al pueblo y que,
pasado el Convento, fluye por un acueducto a través de cuyos arcos se ven las
huertas. Entre este acueducto y un guardalado, debajo del cual se ven las
mujeres lavando con el agua del otro nacimiento que sale por el molino, corre
una calzada hasta entrar en las calles del pueblo. Un grandísimo y frondoso
álamo negro sombrea a las lavanderas, y más arriba del molino se ven grupos de
olmos y chopos en derredor del manantial y a sus espaldas suben peñascos hasta
las nubes.”
Esta descripción resulta de enorme valor porque confirma
varios elementos esenciales del paisaje histórico del Rodezno, la existencia
del nacimiento como origen del abastecimiento urbano, la presencia del convento
como referencia espacial, el sistema de acequias y acueductos que distribuían
el agua, la actividad de las lavanderas como parte cotidiana del paisaje
humano, la presencia de vegetación de ribera (álamos, olmos y chopos), y la
espectacular topografía del entorno, con peñascos cerrando visualmente el
valle.
El texto de Larrea permite así reconstruir con gran fidelidad
cómo era este espacio antes de la industrialización del siglo XIX y XX,
mostrando un paisaje donde naturaleza y actividad humana ya estaban
profundamente entrelazadas.
Su mirada romántica no solo describe un lugar bello, sino
también un sistema de vida completo basado en el agua, que con el tiempo daría
origen a molinos, tenerías, lavaderos y, finalmente, a la compleja estructura
industrial del Rodezno.
Frente a la imagen árida que muchos viajeros románticos
tenían de Andalucía, el entorno ubriqueño le pareció un espacio
excepcionalmente fresco, verde y abundante en agua.
El convento de Capuchinos, rodeado por nacimientos y
vegetación, contribuía además a crear una imagen casi idílica. El sonido
continuo del agua descendiendo por canales y tajeas formaba parte esencial de
aquella atmósfera que tanto impresionó a la viajera.
Las palabras de Frasquita Larrea poseen hoy un enorme valor
histórico porque permiten reconstruir cómo era el paisaje del Rodezno a
comienzos del siglo XIX, antes de las transformaciones urbanas e industriales
posteriores.
La fábrica de electricidad: la llegada de la modernidad
Uno de los capítulos más fascinantes de la historia del
Rodezno es su papel en la llegada de la electricidad. A finales del siglo XIX y
comienzos del XX, el antiguo molino del Nacimiento comenzó a utilizarse
parcialmente como central hidroeléctrica. La fuerza del agua movía generadores
eléctricos capaces de abastecer los primeros puntos de luz pública del pueblo.
El ingeniero francés Jean Pierre Prouvat de Guéry participó
en algunos de los contratos relacionados con este suministro eléctrico.
Gracias a esta pequeña central se iluminó parte del
Ayuntamiento, algunas calles y determinados espacios públicos. La
transformación fue enorme.
El Rodezno se convirtió así en símbolo del paso entre dos
épocas, el mundo artesanal tradicional y la modernidad industrial.
La misma agua que durante siglos había movido piedras de
molino empezó a producir electricidad.
Un pequeño polígono industrial tradicional
En conjunto, El Rodezno funcionó durante mucho tiempo como
una especie de polígono industrial tradicional, puesto que en un espacio
relativamente reducido coexistían molinos, tenerías, lavaderos, almacenes,
talleres, batanes, huertas, y sistemas hidráulicos. Todo dependía directamente
del agua. La actividad debía de ser constante.
Los testimonios históricos hablan de un lugar lleno de
movimiento, sonidos, olores y trabajo.
El patrimonio hidráulico
Uno de los grandes valores históricos del Rodezno es su
patrimonio hidráulico.
Todavía hoy pueden identificarse restos de acequias,
albercas, tajeas, compuertas, canales, molinos, muros y conducciones. Todo ello
constituye un extraordinario ejemplo de ingeniería hidráulica tradicional.
Estas estructuras muestran cómo generaciones enteras
aprendieron a organizar y aprovechar el agua con enorme inteligencia técnica.
La decadencia del Rodezno
A partir de mediados del siglo XX comenzó la decadencia
progresiva del lugar.
Las causas fueron múltiples, en primer lugar, durante la
Guerra Civil fueron militarizadas las tenerías que aún se mantenían, también
los lavaderos públicos fueron dejando de utilizarse, pues había agua corriente
en casi todas las casas. A esto hay que añadir la industrialización moderna, el
abandono de molinos, la mecanización, el nacimiento de nuevas fábricas de
marroquinería que ya no necesitaban agua y podían construirse alejadas del río,
la urbanización creciente, los cambios sanitarios y sociales.
Las antiguas tenerías fueron cerrando poco a poco y muchas
estructuras quedaron abandonadas y acabaron deteriorándose. El silencio
sustituyó al bullicio de otros tiempos.
El Rodezno como paisaje emocional
Pese a ello, el Rodezno nunca desaparecerá de la memoria
colectiva ubriqueña. Para muchas personas sigue siendo uno de los lugares más
emocionales del pueblo.
Allí permanecen recuerdos de infancia y allí se crean nuevos
recuerdos entre el crujido de los gamones en mayo, los concursos de pintura y
la admiración por el agua pura manando constantemente. El Rodezno pertenece
tanto a la historia material como a la memoria sentimental de Ubrique.
El Rodezno pintado por Julia Janeiro Rubiales en 1919
El Rodezno en la fotografía y el arte
Numerosos artistas y fotógrafos se sintieron atraídos por
este paisaje.
Las fotografías históricas muestran lavanderas trabajando
bajo enormes álamos y chopos.
El pintor y fotógrafo Romero de Torres inmortalizó algunas
escenas en 1906.
Más tarde también lo haría Francisco García Parra.
Las imágenes conservan un mundo desaparecido, ropa tendida al
sol, mujeres arrodilladas junto al agua, niños jugando, reflejos sobre las
acequias, y viejas estructuras hidráulicas integradas en la naturaleza.
Actualmente podemos recordar decenas de cuadros pintados por
artistas locales y foráneos, el primer óleo que recordamos lo pintó Julia
Janeiro en 1919. Y, por supuesto, miles de fotografías y videos que tanto los
ubriqueños como los visitantes turistas a lo largo del año.
Un símbolo de la identidad ubriqueña
Hoy El Rodezno representa mucho más que un conjunto de ruinas
industriales. Es uno de los grandes símbolos de la identidad histórica de
Ubrique porque confluyen la cultura del agua, la memoria femenina, la tradición
molinera, el origen de la marroquinería, la ingeniería hidráulica, la llegada
de la electricidad, y la vida cotidiana de generaciones enteras. Pocos espacios
resumen de forma tan completa la evolución histórica de Ubrique.
El Rodezno constituye uno de los paisajes históricos más
importantes y evocadores de Ubrique, allí el agua modeló durante siglos la
economía, la tecnología, el trabajo y las relaciones humanas. Molinos,
tenerías, lavanderas, huertas y fábricas convivieron formando un universo
popular profundamente ligado a la naturaleza y al esfuerzo colectivo. Hoy
permanecen las ruinas, las acequias y el sonido constante del nacimiento.
Pero también permanece algo más importante: la memoria.
La memoria de las mujeres que lavaron ropa durante décadas.
La memoria de los curtidores que dieron origen a la industria
de la piel.
La memoria de los molineros que aprovecharon la fuerza del
agua.
La memoria de un pueblo que encontró en aquel rincón uno de
los motores fundamentales de su historia.
Por eso El Rodezno no es únicamente un lugar del pasado.
Es una parte esencial del alma histórica de Ubrique.
En Ubrique en Verde (en este enlace) nuestro hermano Manolo siempre hablaba de esta zona, él fue quien nos enseñó a reconocer el arroyo del Búho, y quien hizo del agua de Ubrique toda una serie de publicaciones.