La semana pasada pudimos leer la noticia en Radio Ubrique (en este enlace) del resultado del séptimo concurso de relatos y cuentos que convoca el ayuntamiento de Ubrique. Mas tarde, en el canal de Youtube de Canal Sierra de Cádiz (en este enlace), tuvimos la ocasión de oír, de boca de los propios protagonistas, los cinco relatos ganadores.
Nuestra amiga Mariángeles López, que había formado parte del jurado, nos comentó que el nivel había sido muy bueno, y que los relatos merecían la pena.
Entonces pensamos que sería una buena idea hablar con los premiados y pedirles que nos dejaran publicar sus relatos en el blog. Hablamos con Amelia Casillas que, muy amable, nos dijo que no tenía inconveniente y nos mandó su texto, que ahora les invitamos a leer, pues es realmente entrañable, cercano, amable, y nos lleva a otros tiempos en los que la vida estaba llena se sabores.
Gracias, Amelia💜

Aromas y sabores de mi niñez
Cuando evoco los sabores de antaño, me asaltan matices
agrios, salados, dulces e incluso empalagosos; cada uno de ellos envuelto en un
sudario de recuerdos. Son retazos de una infancia remota que el reloj de arena,
implacable, se empeña en sepultar bajo el polvo del tiempo.
La niñez posee el don de transfigurar la realidad con un
halo de fantasía, convirtiendo lo cotidiano en un cuento donde la memoria
siempre escribe el mejor final. Esos recuerdos conservan la esencia pura de mis
raíces: el alma de mi pueblo, un rincón de belleza serena situado en el corazón
de la Sierra de Cádiz.
Hablo
de Ubrique, ese enclave único donde las fiestas genuinas huelen a tradición y
se saborean a través de una gastronomía que parece detenida en el tiempo. Todo
este universo —mi mirada de niña, las leyendas del pueblo y la luz de una época
que ya no vuelve— es lo que da vida a esta memoria.
Paloduz
A
falta de Coca-Cola, el paloduz en remojo era su sustituto. Esa materia
reblandecida y ese sabor del agua a un «yo qué sé» se convertían en un brebaje
de color negro, pasando a ser nuestro refresco particular. Nos acompañaba en
las tardes de verano, sentados en el escalón de casa con nuestras tacitas de
plástico; era nuestra vajilla más bonita.
Como
atuendo, nuestro bañador (en mi caso azul marino) que solo se remojaba en la
pila de mis vecinas, Aurora y Salomé. Eran dos chicas adolescentes que, junto a
su familia, habían emigrado a Barcelona y regresaban al pueblo todos los
veranos. Mis tres hermanos pequeños, Carmen, Alejandro y Seba, eran mi
pandilla. Ellos, junto a los vecinos y amigos, componían el elenco de la
función de tarde.
Volviendo
a nuestra pócima y a su fórmula, su preparación consistía en lo siguiente:
previamente teníamos que ir guardando los paloduces diarios de cada uno para
recolectar una cantidad respetable. De esta manera, una vez troceados y
remojados, llenaban el frasco elegido. Al menos debía estar en torno a una
semana macerando antes de la degustación. Nos reuníamos en aquellas tardes de
calor para jugar a «las casitas» con nuestro peculiar refresco. Es verdad que
pasaba el carrito del heladero, una alternativa mucho más atractiva, pero no
había opción a cucurucho todas las tardes. Lo sabíamos. Solo mamá decidía el
día en que la varita mágica actuaba y teníamos uno entre las manos.
Eso
sí, el gran dilema era decidirse por uno de los sabores: fresa, nata, chocolate
o vainilla. En tiempos de estrecheces, con cuatro mocosos demandando golosinas,
aquello era toda una osadía para la pobre mamá.
Caramelos,
manzanas y algodón de azúcar
Pared con pared con mi casa vivía mi vecina Leonor, la
dulce guardiana encargada de alimentar mi alma golosa que, ya desde la tierna
infancia, apuntaba maneras. Era su hogar el jardín de las delicias; y no
precisamente el que pintara el Bosco (un lienzo del que yo, a mis tiernos años,
ignoraba su existencia).
Leonor era un ser único, una ráfaga de luz en el barrio.
Mujer de risa fácil, espíritu afable y un corazón bondadoso que siempre lograba
arrancar carcajadas a grandes y pequeños con sus ocurrencias. La vida no la
trató del todo bien; pasó por un calvario de vicisitudes y estrecheces, pero
allí se plantaba ella, erguida, para desafiar a la tormenta. Su camarilla —como
entonces se nombraba a la prole— debía salir adelante a toda costa. Fruto de su
pasado bajo las carpas ambulantes, Leonor poseía una sabiduría mágica para la
confitería. Cuando encendía los fogones, el barrio entero sucumbía al hechizo:
las calles se inundaban de un aroma exquisito que envolvía el vecindario en una
densa niebla de azúcar tostada.
Su
herencia feriante convertía aquella humilde cocina en un palacio de alquimia:
de allí brotaban piruletas de cristal, bastoncillos de dos colores, manzanas
bañadas en rubí y nubes de algodón rosa... ¡Umm, cuántas dulces provocaciones
para un alma que apenas contaba seis primaveras! Sabores eternos que,
desafiando al olvido, quedaron cincelados para siempre en las paredes de mi
memoria.
Miel y
Meloja
Cuando el burrito cargado de cántaros asomaba por el
barrio, se desataba una auténtica fiesta infantil. Manuel «el de la miel», como
todos le conocían, lo guiaba con paso firme por aquellas calles empinadas y
pedregosas.
—¡A la buena miel y meloja! —pregonaba con su peculiar
cantinela, que anunciaba la entrada triunfal de semejantes manjares.
Había que andarse con tiento. El animal venía escoltado por
una nube vibrante de abejas, celosas guardianas del néctar que les había sido
arrebatado. Más de una picadura nos llevamos como medalla de guerra mientras
aguardábamos nuestro turno. A mí siempre me fascinó la meloja. Aquellos trozos de cidra, sumergidos
en una miel oscura y fluida, eran un verdadero manjar de dioses. Con nuestro
jarrillo de lata en ristre, hacíamos cola esperando que Manuel lo colmara. Se
nos hacía la boca agua imaginando el momento en que mamá untara aquella densa
capa sobre la rebanada de pan a la hora de la merienda.
Aquella tarde, sin embargo, nos aguardaba una aventura
imprevista. Como bien se sabe, en la mente de un niño cualquier percance se
transforma en la gran epopeya del día. Juanita, la burrita de Manuel, estaba
inquieta. El calor apretaba y al enjambre de abejas se le habían sumado los
tábanos, (moscas cojoneras como solía llamarlas mi padre). De pronto, sin saber
muy bien cómo, el animal empezó a ponerse nervioso y a lanzar coces al aire.
Quizás el acoso de los insectos terminó por quebrar su paciencia y la pequeña
burra se desbocó.
Manuel
intentaba apaciguarla aferrando las cinchas y acariciando su lomo, pero fue en
vano: las cántaras salieron despedidas por los aires. Aquella tarde nos
quedamos con los jarrillos vacíos y sin el dulce bocado. La miel y la meloja
quedaron amalgamadas contra el suelo empedrado durante días, sirviendo de
banquete a un ejército de insectos que acudieron a devorar nuestro frustrado
festín.
Batido de
frutas y pastelitos diversos
En
aquellos tiempos, la cocina de aprovechamiento estaba a la orden del día. Nada
se tiraba, como siempre repetía mamá. Pepe el frutero ofrecía a sus clientes
lotes de fruta muy madura que ya estaban a punto de ser desechada para los
animales por su corta vida útil para el consumo humano. A cambio de un buen
precio, aquello se convertía en una fuente invaluable de vitaminas. Nuestra
madre, excelente administradora de finanzas y doctorada en nutrición sin título
oficial, nos preparaba la ración diaria en forma de batido. Recuerdo que a Seba
no le gustaba ese puré; era el más pequeño de los cuatro y prefería algo más
dulce. Otro goloso sin remedio.
Pero papá siempre le guardaba un secreto en los bolsillos.
Su trabajo lo llevaba de casa en casa y, palustre en mano, realizaba chapuzas
de albañilería para ganar el jornal y sacar adelante a la familia.
Una de sus clientas era Remedios, una señora bondadosa y
muy aficionada a la repostería. Sabiendo la prole que Pedro tenía en casa,
siempre lo despedía con un surtido de dulces: pastelitos de almendra, de coco,
gañotes y pestiños. Seba, a pesar de ser tan pequeño, conocía de sobra el plan
B de papá y esperaba impaciente aquellos bolsillos repletos de gloria.
Castañas
asadas
Llegaba
el otoño y, con él, las castañas, las nueces y las bellotas. Nos convertíamos
en ardillas roedoras, ávidas de los frutos de la estación. En el patio trasero
de nuestra pequeña casa —aquella que nuestro padre había levantado con sus
propias manos—, los juegos se interrumpían de golpe por un estruendo metálico.
¿Qué
hacía papá destrozando una vieja olla de hojalata? Sin comprender nada, nos
tapábamos los oídos mientras él, ajeno a nuestro asombro, golpeaba el fondo del
metal con una puntilla y un martillo. Solo repetía:
—Preparaos para el postre de hoy. Es Tosantos y vamos a
hacer un tostón; un cliente me ha pagado en especie.
Así
se decía cuando el dinero no alcanzaba y el trabajo se cobraba en huevos,
garbanzos, pollos o lo que el huerto criara. Aquella vez, el pago fueron
castañas.
Cuando
el fondo de la olla quedó convertido en un colador, echamos los frutos a los
que mamá Teresa, ya había herido con un corte preciso. Las pusimos al fuego
sobre el poyo de la cocina, usando aquel butano que era todo un privilegio en
tiempos de escasez. Cuando por fin estuvieron listas, nuestras pequeñas manos
desafiaban al fuego por la impaciencia de pelarlas.
Aquello era la verdadera fiesta. Un Tosantos cargado de
sabores y de unos olores que, todavía hoy, me devuelven a esos momentos únicos.
Dulce de
cidra
Entonces llegó el gran cambio: la mudanza a una nueva casa,
también construida por papá que trastocó nuestro paraíso. Dejar atrás el
barrio, los amigos y nuestro parque temático estacional no entraba en nuestros
planes. Aquello fue una auténtica tragedia.
La
casa nueva era más grande, hermosa y cómoda, pero allí no estaban nuestra
pandilla, los aromas familiares ni las noches de verano jugando al fresco. Nos
tocaba hacer amigos, estrenar colegio y aprender a corretear por calles más
llanas; toda una odisea. Además, la prole no tardó en aumentar: Emma y Jimena
llegaron para estrenarnos en el papel de hermanos mayores.
Pero
volvamos a los sabores, esta vez en un escenario diferente.
Papá
era un auténtico fanático del dulce de cidra —o "cabello de ángel",
como también se le llamaba—, el origen indiscutible de nuestros genes y de la
vena golosa que compartimos casi todos en la familia. Los pagos en especie
seguían llegando, y aquella vez se materializaron en dos hermosas calabazas de
cidra.
Al principio creíamos que eran sandías un tanto imperfectas
por no ser del todo redondas, y nos reíamos con papá diciéndole que lo habían
engañado.
En
la tercera planta de la casa teníamos una azotea y un lavadero con una pequeña
chimenea donde montábamos nuestra fábrica de confituras. El trabajo se repartía
de forma matemática: los mayores troceábamos la cidra y las pequeñas quitaban
las pepitas. La cocción en la chimenea quedaba reservada a los padres. Cidra,
agua, azúcar y el constante "meneli, meneli", como repetía papá.
Conseguir el punto exacto de cocción costaba un sinfín de salpicones y alguna
que otra quemadura. Finalmente, el dulce pasaba a los botes, que guardábamos
herméticamente cerrados y boca abajo.
Quedaba así listo para rellenar
empanadillas, untar en el pan como mermelada o, simplemente, devorarlo a
cucharadas a escondidas de mamá.
Aquellos
manjares envolvían nuestra infancia en un abrazo de aromas y sabores. Eran
tiempos difíciles, de estrecheces, pero la solidaridad mandaba: el pan de unos
saciaba el hambre de otros. Fuimos niños y niñas felices porque la fantasía lo
transformaba todo.
No alcanzábamos a comprender por qué los helados no eran
diarios, por qué a papá le pagaban con un saco de garbanzos o por qué la feria
duraba solo un día. Nada de eso importaba: Leonor siempre guardaba retales de
caramelos para nosotros y Remedios nos alegraba el día con sus pastelitos.
Crecimos sin carencias —una verdadera hazaña para la época— arropados por unos
padres jóvenes que se dejaban la piel trabajando. Aquel hogar carecía de lujos,
pero rebosaba alegría, amor y recuerdos imborrables.
¡Magnífico, Amelia, enhorabuena!
Nota: todos los relatos ganadores están publicados en la página del ayuntamiento de Ubrique (en este enlace) y se pueden descargar en PDF.
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