Abel Gallego leyendo su relato durante la entrega de premios
Imagen de Canal Sierra de Cádiz
La semana pasada pudimos leer la noticia en Radio Ubrique (en este enlace)
del resultado del séptimo concurso de relatos y cuentos que convoca el
ayuntamiento de Ubrique. Mas tarde, en el canal de Youtube de Canal
Sierra de Cádiz (en este enlace), tuvimos la ocasión de oír, de boca de los propios protagonistas, los cinco relatos ganadores.
Nuestra
amiga Mariángeles López, que había formado parte del jurado, nos
comentó que el nivel había sido muy bueno, y que los relatos merecían la
pena.
Entonces pensamos que sería una buena idea hablar con los premiados y pedirles que nos dejaran publicar sus relatos en el blog.
El relato de Abel es fantástico, y nos ha inspirado para el podcast de esta semana, que podremos oír en este enlace: "Las casas de Ubrique hace cien años".
Gracias, Abel, por hacer este recorrido por Ubrique con tu abuelo Manuel, y por habernos hecho recordar historias de nuestro pueblo.
“Las historias que guarda Ubrique”
Siempre he pensado que los abuelos son
como libros antiguos. Algunos hablan poco, pero cuando empiezan a contar
historias, parece que el tiempo se detiene. Mi abuelo Manuel es así. Cada vez
que habla de Ubrique, lo hace con una mezcla de orgullo y nostalgia, como si
todavía pudiera ver el pueblo de hace cincuenta años delante de sus ojos.
Todo comenzó una tarde de abril. Yo había
salido del instituto y decidí acompañarlo a pasear. A él le gusta caminar
despacio por las calles del casco antiguo, saludando a todo el mundo. A veces
parece que conoce a cada persona del pueblo.
—Antes Ubrique era más pequeño —me dijo
mientras subíamos una cuesta llena de macetas—. Pero también era más ruidoso.
Yo me reí.
—¿Más ruidoso? Si ahora siempre hay coches
y motos.
Mi abuelo negó con la cabeza.
—No hablo de ese ruido. Hablo del sonido
de la gente. Las vecinas hablando desde los balcones, los niños jugando en las
calles, las puertas abiertas... Había vida en cada rincón.
Miré alrededor intentando imaginarlo. Las
casas blancas seguían ahí, igual que las calles estrechas y las montañas
rodeando el pueblo, pero debía de ser muy distinto sin móviles, sin auriculares
y sin tantas prisas.
Seguimos andando hasta llegar cerca de la
Iglesia de Nuestra Señora de la O. Mi abuelo levantó la vista hacia la torre.
—Esa iglesia ha visto crecer a
generaciones enteras. Cuando yo era pequeño, las campanas marcaban la vida del
pueblo. Todos sabíamos la hora sin mirar relojes.
La iglesia me parecía impresionante, sobre
todo al atardecer, cuando el sol iluminaba las paredes y las piedras antiguas
parecían doradas.
—Ubrique tiene muchísima historia
—continuó—. Aunque mucha gente no se de cuenta.
Entonces empezó a hablarme de Ocuri, el
antiguo yacimiento romano situado en las montañas cercanas. Yo había escuchado
ese nombre en clase de Historia, pero nunca me había interesado demasiado hasta
ese momento.
—Hace siglos ya vivía gente aquí —me
explicó—. Los romanos construyeron murallas, casas y caminos. Imagínate todo lo
que habrá pasado en estas tierras.
Pensé en la cantidad de personas que
habrían caminado por aquellos lugares mucho antes de que existieran los coches,
las farolas o incluso España como país.
Mi abuelo siguió contándome historias
mientras avanzábamos lentamente por las calles.
—Pero si hay algo que ha dado fama a
Ubrique, ha sido el cuero.
Eso sí lo sabía. Desde pequeño he
escuchado hablar de la marroquinería. Muchas familias del pueblo trabajan
todavía haciendo bolsos, carteras o cinturones.
—Cuando yo era joven —me dijo—, casi todas
las casas tenían relación con ese oficio. El sonido de las máquinas de coser se
escuchaba por todas partes. La gente trabajaba muchísimo.
Mi abuelo también trabajó en eso durante
muchos años. Me contó que antes todo se hacía más artesanal y que cada producto
llevaba horas de trabajo.
—No era fácil —dijo—, pero la gente se
sentía orgullosa de lo que hacía.
Ahora muchas empresas de Ubrique trabajan
para marcas famosas de otros países, y eso hace que el pueblo sea conocido en
muchos lugares del mundo. A veces no valoramos suficiente lo importante que es
eso.
Mientras caminábamos, saludaba a personas
mayores que parecían conocerlo desde siempre. Algunos se paraban a hablar unos
minutos y terminaban recordando anécdotas antiguas.
—Antes todos se conocían —me dijo
después—. Éramos como una gran familia.
Yo pensé que ahora eso todavía ocurre un
poco, aunque menos que antes. Hoy en día la gente pasa más tiempo mirando el
teléfono que hablando con los vecinos.
Seguimos paseando hasta llegar a una plaza
donde unos niños jugaban al balón. Mi abuelo los observó sonriendo.
—Nosotros hacíamos lo mismo. No
necesitábamos nada más para divertirnos.
Entonces empezó a contarme cómo era la
vida antes. Las noches de verano, por ejemplo, eran muy diferentes. Las
familias sacaban las sillas a la puerta de las casas para tomar el fresco
mientras hablaban durante horas. Los niños corrían de un lado a otro y las
calles permanecían llenas hasta tarde.
—Ahora casi todo el mundo se queda dentro
de casa viendo la televisión o mirando el móvil —comentó.
No lo dijo enfadado, sino con tristeza.
Después comenzamos a hablar de las fiestas
de Ubrique. Yo sabía que ese tema le encantaba.
—La Semana Santa siempre ha sido muy
importante aquí —me explicó—. Todo el pueblo se implicaba muchísimo.
Me habló de las procesiones, del sonido de
los tambores y del silencio de las calles durante algunos momentos. También me
contó cómo antes la feria era distinta, más sencilla, pero igual de alegre.
Sin embargo, cuando mencionó la Fiesta de
los Gamones, su cara cambió completamente. Sonrió como un niño pequeño.
—Eso sí que no existe en otro sitio igual.
Yo me reí porque sabía perfectamente de
qué hablaba. La Fiesta de los Gamones es una de las tradiciones más curiosas de
Ubrique.
Cada tres de mayo, las calles se llenan de
hogueras y personas llevando gamones, unas plantas silvestres que crecen en el
campo. Cuando se acercan al fuego y se golpean contra el suelo o una piedra,
explotan con un ruido seco y fuerte.
—¿Y cómo empezó esa tradición? —le
pregunté.
Mi abuelo se encogió de hombros.
—Hay muchas historias. Algunos dicen que
servía para espantar malos espíritus. Otros creen que celebraba la llegada de
la primavera o que simplemente comenzó como una costumbre entre vecinos. Lo
cierto es que lleva muchísimos años formando parte de Ubrique.
Yo recordaba haber ido varias veces con
mis padres. El olor a humo, las risas, las calles llenas de gente y el sonido
constante de los gamones explotando forman parte de mi infancia.
—Lo bonito de esa fiesta —continuó mi
abuelo— es que une a las familias y hace que las personas recuerden sus raíces.
Seguimos caminando mientras el cielo
comenzaba a ponerse naranja.
Mi abuelo me contó también que antes la
vida era mucho más dura. Muchas familias tenían pocos recursos y había personas
que se marchaban del pueblo buscando trabajo.
—Ahora los jóvenes tenéis más
oportunidades —me dijo—. Podéis estudiar, viajar y conocer otras cosas.
Yo asentí, aunque también pensé que muchas
veces no valoramos lo que tenemos.
—Pero también hemos perdido algunas cosas
—añadió.
—¿Como qué?
—La costumbre de escucharnos más unos a
otros.
Aquella frase se me quedó grabada.
Cuando llegamos cerca de casa, nos
sentamos un momento en un banco desde donde podían verse las montañas rodeando
el pueblo. El aire era fresco y se escuchaban algunas campanas a lo lejos.
—Abuelo —le pregunté—, ¿tú crees que
Ubrique era mejor antes?
Él tardó unos segundos en responder.
—No. Solo era diferente. Antes había menos
comodidades, menos tecnología y más dificultades. Pero también había más tiempo
para compartir. Ahora hay cosas mejores y otras peores. Lo importante es que el
pueblo no pierda nunca su historia.
Miré las calles iluminadas y pensé en todo
lo que me había contado. A veces creemos que vivir en un pueblo pequeño es
aburrido, pero en realidad lugares como Ubrique están llenos de recuerdos,
tradiciones y personas que han construido su historia poco a poco.
La Iglesia de Nuestra Señora de la O, las
calles blancas, la marroquinería, Ocuri, las montañas y la Fiesta de los
Gamones son mucho más que cosas antiguas. Son parte de la identidad del pueblo
y de las personas que viven aquí.
Aquella tarde entendí que las historias de
los abuelos no sirven solo para hablar del pasado. También sirven para que
nosotros aprendamos a valorar lo que tenemos hoy.
Antes de entrar en casa, mi abuelo me puso
una mano en el hombro.
—Nunca olvides de dónde vienes.
Y creo que tenía razón. Porque mientras
alguien siga contando las historias de Ubrique, el pueblo nunca perderá su
alma.
.
Nota: todos los relatos ganadores están publicados en la página del ayuntamiento de Ubrique (en este enlace) y se pueden descargar en PDF.