Montse Mancilla Solano leyendo su relato
Imagen de Canal Sierra de Cádiz
La semana pasada pudimos leer la noticia en Radio Ubrique (en este enlace)
del resultado del séptimo concurso de relatos y cuentos que convoca el
ayuntamiento de Ubrique. Mas tarde, en el canal de Youtube de Canal
Sierra de Cádiz (en este enlace), tuvimos la ocasión de oír, de boca de los propios protagonistas, los cinco relatos ganadores.
Nuestra
amiga Mariángeles López, que había formado parte del jurado, nos
comentó que el nivel había sido muy bueno, y que los relatos merecían la
pena.
Entonces
pensamos que sería una buena idea hablar con los premiados y pedirles
que nos dejaran publicar sus relatos en el blog. Hoy traemos el relato de Montse Mancilla Solano, una increíblemente bien trazada historia de cómo debieron de sentirse las personas desplazadas de sus casas durante el tren de borrascas de este invierno y cómo los ubriqueños, todos a una, fueron dando lo mejor de sí para luchar contra el agua que iba invadiendo las calles y las casas de nuestro pueblo.
¡Enhorabuena, Montse!💜
Montse recibiendo su premio de manos del primer teniente de alcalde, José Antonio Bautista.
Imagen de Canal Sierra de Cádiz
¿Cómo meto mi casa en una maleta?
Siempre
he escuchado que vivir en un pueblo entre montañas era un privilegio que muy
pocas personas conservan hoy en día. Y sí, vivo inmersa en un privilegio. Vivo
en Ubrique, un rincón blanco escondido entre la sierra, donde las calles
estrechas guardan historias en cada esquina y donde el olor a cuero forma parte
de nuestra vida desde que nacemos. Aquí crecemos escuchando el sonido de las
patacabras trabajando el cuero desde temprano, un ruido tan cotidiano que acaba
convirtiéndose en la banda sonora de nuestras vidas. Vivimos rodeados de
personas trabajadoras, humildes y cercanas, de esas que siempre encuentran
tiempo para preguntar cómo estás o para ayudarte sin esperar nada a cambio.
Vivir
aquí es felicidad. Es conocer a todo el mundo, salir a la calle y sentirte
acompañado, aunque vayas solo. Es crecer viendo a generaciones dedicar su vida
a la marroquinería, el trabajo que ha hecho conocido a nuestro pueblo en tantos
lugares del mundo. Es acostumbrarte a las tardes de lluvia viendo cómo la
niebla baja por la sierra y creer que aquí la vida siempre está a salvo.
Quizá
ese es el error de quienes vivimos rodeados de naturaleza: terminamos creyendo
que la conocemos. Aprendemos a mirar la sierra para saber cuándo viene lluvia,
el color que toma en invierno y la forma en la que el viento recorre las calles
vacías. Pensamos que las montañas nos protegen, que el paisaje siempre estará
ahí siendo refugio. Pero la naturaleza nunca pertenece del todo a nadie. A
veces basta una noche para recordarnos lo pequeños que somos frente a ella.
Pero
nadie imagina una tragedia hasta que le toca vivirla.
Aquel
enero comenzó como empiezan muchos inviernos en la sierra de Grazalema: lluvia,
frío y calles mojadas. Al principio incluso resultaba agradable escuchar el
agua caer mientras el pueblo seguía con su rutina. Las patacabras seguían
sonando en los talleres, los vecinos seguían entrando y saliendo de los
comercios y todos pensábamos que sería otro enero más.
Sin
embargo, poco a poco la lluvia empezó a ser distinta. El cielo parecía haberse
roto sobre nosotros y el agua caía sin descanso, golpeando las ventanas y
corriendo por las calles como si no fuera a detenerse nunca. Recuerdo mirar por
la ventana y sentir miedo de verdad por primera vez. Las calles comenzaron a
llenarse de agua y barro. Las alcantarillas ya no podían soportar tanta lluvia
y las plantas bajas empezaban a inundarse mientras las sirenas resonaban por
todo el pueblo.
Fue
entonces cuando escuché aquello que jamás pensé que escucharía:
—¡Hay
que desalojar el edificio!
Ese
fue el momento exacto en el que comprendí cuánto pesa una vida. Entré en mi
habitación completamente bloqueada y abrí una maleta encima de la cama. La miré
durante varios segundos sin saber por dónde empezar. ¿Cómo se supone que metes
tu casa en una maleta? ¿Cómo decides qué parte de tu vida merece salvarse y
cuál debe quedarse atrás?
Todo
lo que veía me parecía importante. Las fotografías familiares, la ropa guardada
desde hacía años, las cartas olvidadas en un cajón, los apuntes que había
tomado a lo largo de mi carrera, los regalos de cumpleaños, los recuerdos de
personas que ya no estaban. Todo tenía historia. Todo significaba algo.
Mientras
las autoridades repetían que teníamos que salir rápido, yo daba vueltas por la
habitación incapaz de decidir. El tiempo corría y el agua seguía subiendo.
Recuerdo sentirme ridícula sosteniendo objetos sin saber si meterlos o volver a
dejarlos en su sitio. Desde la calle llegaban gritos, sirenas y el sonido de
puertas golpeándose con fuerza. Había vecinos intentando sacar muebles a toda
prisa, otros achicando agua con cubos bajo la lluvia, familias enteras
corriendo sin saber muy bien hacia dónde ir. Y, aun así, yo seguía paralizada
frente a aquella maleta, incapaz de entender cómo se supone que una vida cabe
ahí dentro.
Al
final cogí algo de ropa, documentos importantes y algunas fotos. Y, aunque hoy
me avergüence reconocerlo, también cogí el cargador del móvil. Todavía sigo
preguntándome por qué el miedo nos hace actuar de manera tan absurda a veces.
Quizá el miedo no nos vuelve absurdos; quizá simplemente nos vuelve humanos.
Salí de casa con lágrimas en los ojos y cerré la puerta sin saber que aquella
sería la última vez que la vería igual.
Fuera
todo era caos. El agua seguía avanzando y muchos vecinos intentaban sacar lo
poco que podían de sus viviendas y negocios. Personas mayores llorando,
familias enteras empapadas, niños asustados sin entender qué estaba ocurriendo.
Recuerdo mirar a mi alrededor y sentir una mezcla entre miedo, tristeza e
impotencia imposible de explicar.
Y
entonces ocurrió algo que jamás olvidaré: las patacabras dejaron de sonar.
El
ruido constante de las herramientas trabajando el cuero, ese sonido que
representa el trabajo, el esfuerzo y la identidad de Ubrique, desapareció por
completo. Los talleres cerraron y el pueblo cambió las mesas de trabajo por
botas de agua, escobas y cubos. Durante días enteros dejamos de preocuparnos
por producir, vender o trabajar para dedicarnos únicamente a ayudarnos unos a
otros. Y fue ahí donde entendí realmente el lugar en el que vivo.
Vi
a jóvenes pasar horas achicando agua en casas que ni siquiera conocían. Vi a
vecinos sacar barro de comercios destrozados mientras intentaban animar a
quienes lo habían perdido todo. Vi a personas mayores preparar café y comida
caliente para quienes llevaban todo el día limpiando sin descanso. Vi familias
abrir las puertas de sus casas para acoger a otras que no sabían dónde iban a
dormir aquella noche. Nadie preguntaba quién eras ni cuánto necesitabas.
Simplemente ayudaban.
Los
días siguientes fueron agotadores. Nos levantábamos temprano para limpiar
calles enteras cubiertas de barro y, horas después, parecía que todo volvía a
empezar. La humedad lo llenaba todo, el cansancio se acumulaba y la
incertidumbre pesaba cada vez más. No sabíamos cuánto habíamos perdido ni
cuándo podríamos recuperar algo de normalidad. Había vecinos que se habían
quedado sin casa, negocios familiares completamente destruidos y personas que
habían visto desaparecer en una noche el esfuerzo de toda una vida.
Y,
aun así, nadie se rindió porque, cuando el agua parecía habernos quitado todo,
el pueblo decidió sacar lo mejor de sí mismo.
Hoy
todavía pienso en aquel momento frente a la maleta y sigo haciéndome la misma
pregunta. Aunque con el tiempo he comprendido que es imposible meter una vida
entera ahí dentro, porque una casa no son solo muebles, fotografías o paredes.
Una casa son las cenas en familia, las risas que se quedan grabadas en una
habitación, las voces de quienes ya no están y también las personas que
aparecen para ayudarte cuando todo se derrumba.
La
lluvia nos quitó muchas cosas, pero también nos recordó quiénes somos. No
enseñó que lo material puede desaparecer en cuestión de minutos, mientras que
la solidaridad permanece incluso en los peores momentos. La naturaleza nos
recordó lo pequeños que somos frente a ella, pero también todo lo que somos
capaces de sostener juntos.
Aquel
enero las patacabras dejaron de sonar, pero el pueblo entero empezó a hacerlo
por ellas: escobas golpeando el suelo, cubos llenándose de barro, puertas
abriéndose para quien no tenía dónde dormir.
Y fue entonces cuando entendí que una vida nunca podrá
guardarse en una maleta y que quizá un pueblo sea eso: un lugar donde, incluso
cuando todo se derrumba, siempre aparece alguien dispuesto a sostenerte.
. Nota: todos los relatos ganadores están publicados en la página del ayuntamiento de Ubrique (en este enlace) y se pueden descargar en PDF.
.