jueves, 18 de junio de 2026

La historia de Mateo, por Juan Mateos Orellana

 

Juan Mateos Orellana recogiendo su premio con el primer teniente de alcalde, José Antonio Bautista

 

 

 

 La semana pasada pudimos leer la noticia en Radio Ubrique (en este enlace) del resultado del séptimo concurso de relatos y cuentos que convoca el ayuntamiento de Ubrique. Mas tarde, en el canal de Youtube de Canal Sierra de Cádiz (en este enlace), tuvimos la ocasión de oír, de boca de los propios protagonistas, los cinco relatos ganadores.

Nuestra amiga Mariángeles López, que había formado parte del jurado, nos comentó que el nivel había sido muy bueno, y que los relatos merecían la pena.

Entonces  pensamos que sería una buena idea hablar con los premiados y pedirles que nos dejaran publicar sus relatos en el blog. Hoy nos ha ayudado la profesora Quiteria García, que, puesta en contacto con Juan Mateos Orellana, ha obtenido el permiso para publicar su precioso relato.

Juan pertenece, en el concurso de cuentos, a la primera categoría, los más pequeños, y es alumnos del CEIP Benfelix. 

¡Enhorabuena, Juan, por este relato tan bien escrito y tan bien contado! Es precioso.

 


 

 

 

LA HISTORIA DE MATEO

Por Juan Mateos Orellana, CEIP  Benafelix

 

Ubrique, mi pueblo, está rodeado de montañas y hace años los ubriqueños tenían miedo a los derrumbes que pudieran destruir sus casas.

Por eso, los abuelos de mis abuelos pusieron tres cruces bien derechas alrededor del pueblo, para que nos protegieran de derrumbes y estar seguros.

Se cuenta que hace años a un niño llamado Mateo, que vivía por El Carril le encantaba subir por Ubrique Alto a jugar con las caleras y a buscar piedras.

Un día, empezó a llover muchísimo y Mateo pudo ver una de las cruces, la Cruz del Tajo, torcida, y entonces escuchó un trueno muy fuerte dentro de la sierra.

Mateo salió corriendo y gritando: “¡La cruz se mueve, la cruz se mueve!”. De momento todos los vecinos de Mateo subieron al Tajo con cuerdas y faroles, y cuando llegaron vieron cómo las piedras salían rodando hacia el pueblo.

En ese instante entendieron cuál era la solución. Ataron unas cuerdas a la cruz y entre todos colocaron la cruz bien derechita. En ese mismo instante, las piedras dejaron de rodar, sin provocar daños en el pueblo.

Desde ese día, la gente cuenta cómo Mateo, un niño ubriqueño de diez años, ayudó a salvar el pueblo y que las cruces siempre sigan bien derechas, salvaguardando a nuestro pueblo, UBRIQUE. 

 

 Nota: todos los relatos ganadores están publicados en la página del ayuntamiento de Ubrique (en este enlace) y se pueden descargar en PDF. 

miércoles, 17 de junio de 2026

Aromas y sabores de mi niñez, por Amelia Casillas Lara

 


 

 La semana pasada pudimos leer la noticia en Radio Ubrique (en este enlace) del resultado del séptimo concurso de relatos y cuentos que convoca el ayuntamiento de Ubrique. Mas tarde, en el canal de Youtube de Canal Sierra de Cádiz (en este enlace), tuvimos la ocasión de oír, de boca de los propios protagonistas, los cinco relatos ganadores.

Nuestra amiga Mariángeles López, que había formado parte del jurado, nos comentó que el nivel había sido muy bueno, y que los relatos merecían la pena.

Entonces  pensamos que sería una buena idea hablar con los premiados y pedirles que nos dejaran publicar sus relatos en el blog. Hablamos con Amelia Casillas que, muy amable, nos dijo que no tenía inconveniente y nos mandó su texto, que ahora les invitamos a leer, pues es realmente entrañable, cercano, amable, y nos lleva a otros tiempos en los que la vida estaba llena se sabores.

Gracias, Amelia💜 

 

 


Aromas y sabores de mi niñez

Cuando evoco los sabores de antaño, me asaltan matices agrios, salados, dulces e incluso empalagosos; cada uno de ellos envuelto en un sudario de recuerdos. Son retazos de una infancia remota que el reloj de arena, implacable, se empeña en sepultar bajo el polvo del tiempo.

La niñez posee el don de transfigurar la realidad con un halo de fantasía, convirtiendo lo cotidiano en un cuento donde la memoria siempre escribe el mejor final. Esos recuerdos conservan la esencia pura de mis raíces: el alma de mi pueblo, un rincón de belleza serena situado en el corazón de la Sierra de Cádiz.

Hablo de Ubrique, ese enclave único donde las fiestas genuinas huelen a tradición y se saborean a través de una gastronomía que parece detenida en el tiempo. Todo este universo —mi mirada de niña, las leyendas del pueblo y la luz de una época que ya no vuelve— es lo que da vida a esta memoria.

Paloduz

A falta de Coca-Cola, el paloduz en remojo era su sustituto. Esa materia reblandecida y ese sabor del agua a un «yo qué sé» se convertían en un brebaje de color negro, pasando a ser nuestro refresco particular. Nos acompañaba en las tardes de verano, sentados en el escalón de casa con nuestras tacitas de plástico; era nuestra vajilla más bonita.

Como atuendo, nuestro bañador (en mi caso azul marino) que solo se remojaba en la pila de mis vecinas, Aurora y Salomé. Eran dos chicas adolescentes que, junto a su familia, habían emigrado a Barcelona y regresaban al pueblo todos los veranos. Mis tres hermanos pequeños, Carmen, Alejandro y Seba, eran mi pandilla. Ellos, junto a los vecinos y amigos, componían el elenco de la función de tarde.

Volviendo a nuestra pócima y a su fórmula, su preparación consistía en lo siguiente: previamente teníamos que ir guardando los paloduces diarios de cada uno para recolectar una cantidad respetable. De esta manera, una vez troceados y remojados, llenaban el frasco elegido. Al menos debía estar en torno a una semana macerando antes de la degustación. Nos reuníamos en aquellas tardes de calor para jugar a «las casitas» con nuestro peculiar refresco. Es verdad que pasaba el carrito del heladero, una alternativa mucho más atractiva, pero no había opción a cucurucho todas las tardes. Lo sabíamos. Solo mamá decidía el día en que la varita mágica actuaba y teníamos uno entre las manos.

Eso sí, el gran dilema era decidirse por uno de los sabores: fresa, nata, chocolate o vainilla. En tiempos de estrecheces, con cuatro mocosos demandando golosinas, aquello era toda una osadía para la pobre mamá.

 

Caramelos, manzanas y algodón de azúcar

Pared con pared con mi casa vivía mi vecina Leonor, la dulce guardiana encargada de alimentar mi alma golosa que, ya desde la tierna infancia, apuntaba maneras. Era su hogar el jardín de las delicias; y no precisamente el que pintara el Bosco (un lienzo del que yo, a mis tiernos años, ignoraba su existencia).

Leonor era un ser único, una ráfaga de luz en el barrio. Mujer de risa fácil, espíritu afable y un corazón bondadoso que siempre lograba arrancar carcajadas a grandes y pequeños con sus ocurrencias. La vida no la trató del todo bien; pasó por un calvario de vicisitudes y estrecheces, pero allí se plantaba ella, erguida, para desafiar a la tormenta. Su camarilla —como entonces se nombraba a la prole— debía salir adelante a toda costa. Fruto de su pasado bajo las carpas ambulantes, Leonor poseía una sabiduría mágica para la confitería. Cuando encendía los fogones, el barrio entero sucumbía al hechizo: las calles se inundaban de un aroma exquisito que envolvía el vecindario en una densa niebla de azúcar tostada.

Su herencia feriante convertía aquella humilde cocina en un palacio de alquimia: de allí brotaban piruletas de cristal, bastoncillos de dos colores, manzanas bañadas en rubí y nubes de algodón rosa... ¡Umm, cuántas dulces provocaciones para un alma que apenas contaba seis primaveras! Sabores eternos que, desafiando al olvido, quedaron cincelados para siempre en las paredes de mi memoria.

 

Miel y Meloja

Cuando el burrito cargado de cántaros asomaba por el barrio, se desataba una auténtica fiesta infantil. Manuel «el de la miel», como todos le conocían, lo guiaba con paso firme por aquellas calles empinadas y pedregosas.

—¡A la buena miel y meloja! —pregonaba con su peculiar cantinela, que anunciaba la entrada triunfal de semejantes manjares.

Había que andarse con tiento. El animal venía escoltado por una nube vibrante de abejas, celosas guardianas del néctar que les había sido arrebatado. Más de una picadura nos llevamos como medalla de guerra mientras aguardábamos nuestro turno. A mí siempre me fascinó la meloja. Aquellos trozos de cidra, sumergidos en una miel oscura y fluida, eran un verdadero manjar de dioses. Con nuestro jarrillo de lata en ristre, hacíamos cola esperando que Manuel lo colmara. Se nos hacía la boca agua imaginando el momento en que mamá untara aquella densa capa sobre la rebanada de pan a la hora de la merienda.

Aquella tarde, sin embargo, nos aguardaba una aventura imprevista. Como bien se sabe, en la mente de un niño cualquier percance se transforma en la gran epopeya del día. Juanita, la burrita de Manuel, estaba inquieta. El calor apretaba y al enjambre de abejas se le habían sumado los tábanos, (moscas cojoneras como solía llamarlas mi padre). De pronto, sin saber muy bien cómo, el animal empezó a ponerse nervioso y a lanzar coces al aire. Quizás el acoso de los insectos terminó por quebrar su paciencia y la pequeña burra se desbocó.

Manuel intentaba apaciguarla aferrando las cinchas y acariciando su lomo, pero fue en vano: las cántaras salieron despedidas por los aires. Aquella tarde nos quedamos con los jarrillos vacíos y sin el dulce bocado. La miel y la meloja quedaron amalgamadas contra el suelo empedrado durante días, sirviendo de banquete a un ejército de insectos que acudieron a devorar nuestro frustrado festín.

 

Batido de frutas y pastelitos diversos

En aquellos tiempos, la cocina de aprovechamiento estaba a la orden del día. Nada se tiraba, como siempre repetía mamá. Pepe el frutero ofrecía a sus clientes lotes de fruta muy madura que ya estaban a punto de ser desechada para los animales por su corta vida útil para el consumo humano. A cambio de un buen precio, aquello se convertía en una fuente invaluable de vitaminas. Nuestra madre, excelente administradora de finanzas y doctorada en nutrición sin título oficial, nos preparaba la ración diaria en forma de batido. Recuerdo que a Seba no le gustaba ese puré; era el más pequeño de los cuatro y prefería algo más dulce. Otro goloso sin remedio.

Pero papá siempre le guardaba un secreto en los bolsillos. Su trabajo lo llevaba de casa en casa y, palustre en mano, realizaba chapuzas de albañilería para ganar el jornal y sacar adelante a la familia.

Una de sus clientas era Remedios, una señora bondadosa y muy aficionada a la repostería. Sabiendo la prole que Pedro tenía en casa, siempre lo despedía con un surtido de dulces: pastelitos de almendra, de coco, gañotes y pestiños. Seba, a pesar de ser tan pequeño, conocía de sobra el plan B de papá y esperaba impaciente aquellos bolsillos repletos de gloria.

 

Castañas asadas

Llegaba el otoño y, con él, las castañas, las nueces y las bellotas. Nos convertíamos en ardillas roedoras, ávidas de los frutos de la estación. En el patio trasero de nuestra pequeña casa —aquella que nuestro padre había levantado con sus propias manos—, los juegos se interrumpían de golpe por un estruendo metálico.

¿Qué hacía papá destrozando una vieja olla de hojalata? Sin comprender nada, nos tapábamos los oídos mientras él, ajeno a nuestro asombro, golpeaba el fondo del metal con una puntilla y un martillo. Solo repetía:

—Preparaos para el postre de hoy. Es Tosantos y vamos a hacer un tostón; un cliente me ha pagado en especie.

Así se decía cuando el dinero no alcanzaba y el trabajo se cobraba en huevos, garbanzos, pollos o lo que el huerto criara. Aquella vez, el pago fueron castañas.

Cuando el fondo de la olla quedó convertido en un colador, echamos los frutos a los que mamá Teresa, ya había herido con un corte preciso. Las pusimos al fuego sobre el poyo de la cocina, usando aquel butano que era todo un privilegio en tiempos de escasez. Cuando por fin estuvieron listas, nuestras pequeñas manos desafiaban al fuego por la impaciencia de pelarlas.

Aquello era la verdadera fiesta. Un Tosantos cargado de sabores y de unos olores que, todavía hoy, me devuelven a esos momentos únicos.

 

Dulce de cidra

Entonces llegó el gran cambio: la mudanza a una nueva casa, también construida por papá que trastocó nuestro paraíso. Dejar atrás el barrio, los amigos y nuestro parque temático estacional no entraba en nuestros planes. Aquello fue una auténtica tragedia.

La casa nueva era más grande, hermosa y cómoda, pero allí no estaban nuestra pandilla, los aromas familiares ni las noches de verano jugando al fresco. Nos tocaba hacer amigos, estrenar colegio y aprender a corretear por calles más llanas; toda una odisea. Además, la prole no tardó en aumentar: Emma y Jimena llegaron para estrenarnos en el papel de hermanos mayores.

Pero volvamos a los sabores, esta vez en un escenario diferente.

Papá era un auténtico fanático del dulce de cidra —o "cabello de ángel", como también se le llamaba—, el origen indiscutible de nuestros genes y de la vena golosa que compartimos casi todos en la familia. Los pagos en especie seguían llegando, y aquella vez se materializaron en dos hermosas calabazas de cidra.

Al principio creíamos que eran sandías un tanto imperfectas por no ser del todo redondas, y nos reíamos con papá diciéndole que lo habían engañado.

En la tercera planta de la casa teníamos una azotea y un lavadero con una pequeña chimenea donde montábamos nuestra fábrica de confituras. El trabajo se repartía de forma matemática: los mayores troceábamos la cidra y las pequeñas quitaban las pepitas. La cocción en la chimenea quedaba reservada a los padres. Cidra, agua, azúcar y el constante "meneli, meneli", como repetía papá. Conseguir el punto exacto de cocción costaba un sinfín de salpicones y alguna que otra quemadura. Finalmente, el dulce pasaba a los botes, que guardábamos herméticamente cerrados y boca abajo.

Quedaba así listo para rellenar empanadillas, untar en el pan como mermelada o, simplemente, devorarlo a cucharadas a escondidas de mamá.

Aquellos manjares envolvían nuestra infancia en un abrazo de aromas y sabores. Eran tiempos difíciles, de estrecheces, pero la solidaridad mandaba: el pan de unos saciaba el hambre de otros. Fuimos niños y niñas felices porque la fantasía lo transformaba todo.

No alcanzábamos a comprender por qué los helados no eran diarios, por qué a papá le pagaban con un saco de garbanzos o por qué la feria duraba solo un día. Nada de eso importaba: Leonor siempre guardaba retales de caramelos para nosotros y Remedios nos alegraba el día con sus pastelitos. Crecimos sin carencias —una verdadera hazaña para la época— arropados por unos padres jóvenes que se dejaban la piel trabajando. Aquel hogar carecía de lujos, pero rebosaba alegría, amor y recuerdos imborrables.

 

 

¡Magnífico, Amelia, enhorabuena! 

 Nota: todos los relatos ganadores están publicados en la página del ayuntamiento de Ubrique (en este enlace) y se pueden descargar en PDF.