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martes, 5 de diciembre de 2023

Un segundo fray Diego José de Ubrique

 


 El convento de capuchinos de Ubrique

Fotografía de Francisco García Parra

 

Por Esperanza Cabello

 

Pues resulta que, además del beato Diego José de Cádiz (fallecido en 1801), hemos descubierto al menos dos frailes ubriqueños que habían tomado el mismo nombre, Diego José. Un fray Diego José de Ubrique fallecido en 1823 y otro fray Diego José de Ubrique fallecido en 1890, ambos constan en el libro de Fray Sebastián de Ubrique.

No conocemos en absoluto la manera de tomar nombre eclesiástico de los monjes capuchinos, nos falta nuestro tío Pepe 💜 para explicarnos esos intrincados vericuetos de la vida religiosa, pero imaginamos que debían de tomar el nombre de algún santo o algún venerable padre.

Quizás fuera una manera de dejar atrás la vida laica, o es posible que, como los papas, cambien de nombre para cumplir con los designios que les son encomendados.

El caso es que llevamos unos días leyendo obras de capuchinos, buscando a fray Diego José de Ubrique, el que según fray Sebastián había muerto en 1823 y que estaba enterrado en el coro bajo del convento, pero nos hemos encontrado con un segundo Diego José de Ubrique, éste muerto en 1890 y que también, según fray Sebastián, está enterrado en el coro bajo del convento. 

Hay muchas curiosidades a propósito de este segundo fray Diego José de Ubrique. Se llamaba Francisco Carrasco y Carrasco (un apellido muy ubriqueño), fue el último fraile exclaustrado de nuestro convento y no pudo vivir la vuelta de los capuchinos a Ubrique.

Este fray Diego José de Ubrique escribió una "Historia del convento de Ubrique" que no hemos podido localizar todavía, aunque nos hemos puesto en contacto con el archivo de capuchinos de Sevilla, a ver qué resultado obtenemos.

También había dejado su testamento, al final de su vida hacía muchos años de la exclaustración del convento y fray Diego José vivía en el pueblo, tenía cierto patrimonio y mantenía sus relaciones familiares, sobre todo con su hermana.

Con el permiso de fray Sebastián hemos reescrito el capítulo de su libro "Historia de la villa de Ubrique", de 1945.

 

 

El acueducto de Ubrique

Postal de los años 20

 

 

CAPÍTULO XXVIII

 Sucesos varios

 

"El día 22 de junio de 1890 murió santamente el R. P. Diego José de Ubrique, capellán que fue desde el tiempo de la exclaustración del convento de capuchinos.

A él debemos la salvación y conservación de este venerable monumento, el culto ininterrumpido a Nuestra Señora de los Remedios, a la que equipó de andas, mantos y alhajas, y a cuyos pies quiso ser enterrado.

Toda su vida fue capuchino de corazón, y conservó el espíritu seráfico y afecto, a la Orden y su santo hábito, para que le sirviera de mortaja.

No alcanzó a ver la restauración del convento y la vuelta de la comunidad, de la que hubiera sido el alma, pero dejó sembrada la buena semilla.

Asistió al reconocimiento de los restos del entonces venerable y hoy beato Diego José de Cádiz, en 1867, y de él conservamos una carta, relatando el milagro del sudor de sangre de los huesos, que después fue aprobado por la Sagrada Congregación de Ritos y fue uno de los dos presentados para su solemne beatificación. De este milagro conservaba un pañuelo, mojado en la sangre de los huesos, bajo cristal y marco, que legó a mi tío, don Sebastián Cobeñas Macías, Presbítero y que fue bárbaramente quemado por las turbas en 1956.

 

 

 

Grupo de acción franciscana 

en la plazuela del convento. 1934

Fotografía de Francisco García Parra


 

Consérvase la copia de su testamento que logré recoger medio chamuscada del archivo del convento, cuando los vandálicos hechos de 1936. Dice así:

Don Francisco Carrasco y Carrasco, presbítero exclaustrado de la Orden de capuchinos, donde fui conocido y nombrado por Fr. Diego José de Ubrique.       

Estando competentemente autorizado, en virtud de rescripto pontificio, expedido en Roma, a 15 de febrero de 1851, para adquirir, poseer y testar, y visado el dicho rescripto por el diocesano de Málaga, como en él se previene, y, facultándome el mismo prelado para que hiciese uso de las gracias en él concedidas, procedo a otorgar mi testamento, después de la fórmula de costumbre, del modo siguiente:     

1ª Nombro por albacea testamentario para el exacto cumplimiento del bien de mi alma a don Francisco Corrales González, presbítero, natural y vecino de esta villa.

2ª Se aplicarán por mi alma cuarenta misas. Su limosna, ocho reales.

3ª Es mi voluntad que mi cuerpo sea sepultado en el coro bajo del convento de capuchinos, junto al altar mayor de nuestra iglesia, al lado opuesto de otra que se encuentra en el lugar citado.      

4ª Es mi expresa y última voluntad que mi prima, doña Ana Montero Jiménez, si me sobrevive, sea mi única heredera usufructuaria, todo el tiempo de su vida, y de todos mis bienes que a mi fallecimiento se reconozcan de mi propiedad.

5ª Nombro por mi heredero fideicomisario, con facultad de sustituir, al licenciado don Francisco García Pérez y Romero, natural de Grazalema y vecino de Jerez de la Frontera, para que a mi fallecimiento y el de mi expresada prima, doña Ana Montero Jiménez, proceda a la distribución de mis bienes, conforme a las instrucciones que le tengo comunicadas o le comunicare. Para ello le faculto ampliamente para que entre y se apodere, después de mi muerte, y de la de mi referida prima, de todos mis bienes, muebles e inmuebles, efectivo, derechos y acciones, y todo cuanto me pertenezca o pueda pertenecer; los venda o conserve, según creyere más conveniente, autorizándole para ello, sin limitación alguna. Y es mi voluntad que, para el desempeño de su cometido, de heredero fideicomisario se tome todo el tiempo que considere oportuno y necesario a su juicio y discreción.

También es mi expresa y terminante voluntad, que nunca ni por ninguna autoridad eclesiástica ni civil, ni militar, ni de ninguna clase, ni por mis parientes, ni por el fisco, ni Estado se pidan cuentas ni se intervenga en nada la administración y distribución de mis bienes, que hiciere el heredero fideicomisario que nombro o el que le sustituyere; a quien le faculto con poder bastante y amplias facultades para obrar conforme le dicte su conciencia y las instrucciones reservadas que le tengo, dadas, las cuales no será obligado nunca a declarar ni manifestar por ningún concepto o motivo. Ubrique y octubre 15 de 1872.

Francisco Carrasco y Carrasco

 

Jesús, María y el señor san José

 

Fotografía de 1935

 

 

 

MEMORIA, en la que expreso mi última voluntad, para que se practique y cumpla por mis herederos fideicomisarios, don Francisco García Pérez, don José García Sarmiento y don Francisco Romero y Romero, el primero natural de Grazalema, el segundo de Antequera y el último de Jerez de la Frontera.       

Disposiciones de mi última voluntad.

A mis sobrinos, hijos de mi único hermano, mil reales a cada uno, si es posible, según los bienes que resulten libres, después de pagar los créditos que puedan aparecer contra mí y cumplir el bien de mi alma.

A los hijos de Francisco Montero Jiménez, mi primo, 250 reales a cada uno, siendo posible, como digo antes.

A Antonia Domínguez Barrera, que, desde el once de enero de 1877 tiene el cargo de mi asistencia personal y de cuanto a mis intereses corresponde, con todo el esmero y exactitud que desearse puede, le dejo la casa de mi morada en usufructo hasta su fallecimiento, con todo el menaje de la misma, excluyendo de él lo que después anotaré.

A su hermana Josefa se le entregarán mil reales, porque también está a mi servicio, para cuanto es necesario dentro y fuera de la casa. A la misma se le dará el cubierto de plata de mi uso y a su hermana Antonia otro ídem.

Otro a mi sobrina Isabel Montero García, con las iniciales de M. M. y J.

Otro idem a Mariquita Carrasco Guerrero, hija de Manuel y de Josefa, y, a su falta, para su hermana Ana, si le sobrevive.

Otro ídem, con las iniciales de mi nombre y apellido, para mi sobrina Ana Carrasco Barrera, hija de Alonso y de Ana, porque el designado de mi uso para Josefa Domínguez no lo está.

La entrega de los expresados cubiertos ha de ser reservada entre las personas agraciadas y las que no lo sean, para evitar quejas que tan común es en materia de intereses.

 A mi sobrina Ana Carrasco, primera hija de mi sobrino Alonso, se le darán trescientos reales; a Mariquita Carrasco Rubiales, hija de Francisco mi sobrino, igual cantidad de trescientos.

A mi ahijado y sobrino, José Yuste Carrasco, hijo de mi sobrina Isabel, quinientos, y, siendo muerto antes de que su madre, a ella se le entregarán además de los mil que tiene señalados. (Ha muerto el citado José Yuste, y solo los puede percibir su madre) (Nota).

 

 

El convento nevado en 1983

Fotografía gentileza de Fernando Oliva

 

Han de aplicarse por mi alma e intención cien misas. Su limosna seis reales por cada una, que celebrarán sacerdotes capuchinos. Y si de otra Orden estuviesen instalados en este convento de Ubrique; mitad para que sean aplicadas por ellos y las demás para mis hermanos capuchinos. También una Iimosna de quinientos reales para la comunidad que exista o para el culto de nuestra iglesia de capuchinos o prendas de necesidad en la misma. También se me aplicarán las misas de san Gregorio por el prelado de la comunidad que exista, aunque no sea de capuchinos. Su limosna: 10 reales.

En el día de mi fallecimiento se me aplicarán misas. Su limosna: de 10 reales.

Las fincas que a mi muerte existan serán administradas por mis herederos fiduciarios, con excepción de la casa de morada, todo el tiempo que permitan las leyes, para que con sus rentas se cubran los créditos que contra mí pueden presentarse.

 Pero, habiendo necesidad de metálico, para el bien de mi alma y legados, desde luego se pondrá en venta el medio molino de mi propiedad, conocido en esta ribera por el de las dos paradas; pero sin violencia para que no haya rebaja de su verdadero valor. En cuyo caso, con rentas se irá pagando lo más urgente, primero que los legados. De cualquier modo, ha de conservarse la huerta del Moral, para que los señores fideicomisarios puedan distribuir sus rentas del modo siguiente:

Quinientos reales cada año a la antes citada Antonia Domínguez Barrera, y otros quinientos para su hermana Josefa, si queda viuda, y si no trescientos, hasta el caso primero, que entonces serán los quinientos. Pero de cualquier modo serán los quinientos, encontrándose necesitada. Y lo demás, hasta el completo de la renta, pagada la contribución que a ella le corresponde y la de la casa en usufructo a la citada Antonia Domínguez, es mi voluntad que una parte se entregue de limosna a la comunidad que sea instalada en este convento, y la otra en misas por mi intención.

Advierto que la citada huerta la lleva en arrendamiento mi sobrino Alonso Carrasco Jaén en la cantidad de dos mil setecientos reales. Y a mi falta, quedará en ella de colono su hijo Juan, si la quiere y cumple exactamente el pago de su renta (se entiende la falta de su padre). Y en caso de venta un día serán preferidos los sobrinos, con la baja de dos mil reales de su valor y a plazos racionales, siéndoles imposible hacer el pago en el acto, aunque la venta se haga entre dos o más de ellos.

Lo que prevengo respecto de la huerta debe entenderse también de otras fincas de mi propiedad.

El menaje, cuadros y demás que exista en la casa quedará tal como está, hasta el fallecimiento de la usufructuaria Antonia Domínguez, con las excepciones siguientes:

Los libros y papeles curiosos se entregarán a una comunidad de capuchinos, si no están instalados en este convento; y si alguno de mis sobrinos elige el estado eclesiástico, para él serán, ayudándole a sus gastos, siempre que su vocación sea verdadera.

Los atavíos de la Divina Pastora de Capuchinos, por mí costeados, se le quedan a Antonia, para que su hermana Josefa vista y adorne a la Señora en los días de costumbre.

También los frontales y manteles, con el mismo fin, recogiéndolo todo después del servicio en nuestra iglesia.

 

El convento de Ubrique en los años 20

 

La Divina Pastora de mi oratorio será colocada en el altar, que ha de colocarse o hacerse en el coro bajo de capuchinos por don Francisco García Pérez, para acomodar los restos de sus señores padres y hermana, guardados o conservados en tres urnas; y, si no tiene efecto el referido altar, es mi voluntad permanezca en la casa de mi morada hasta la muerte de Antonia Domínguez, para que otro día la comunidad que exista la coloque decentemente para que se le dé el debido culto.

Los cuadros de lienzo: San Ildefonso, como titular de nuestra iglesia de capuchinos, será en ella colocado con solo el uso, reservándose el dominio de propiedad mis herederos y a condición de ser la comunidad de capuchinos porque, siendo de otro orden, expresaré lo que haya de hacerse.

El señor san Sebastián para colocarlo en mi iglesia de capuchinos y los relicarios de Roma para don Francisco García Pérez, y, a su falta, para su hijo Juan. El crucifijo, colocado en mi habitación, ha de ser para don Francisco Romero y Romero, mi heredero fiduciario. El Vía Crucis, para colocarlo en capuchinos, donde mejor convenga, habiendo comunidad.

El patriarca señor san José para don José García Sarmiento, como recuerdo de un verdadero amigo.

El V. P. Fr. Diego José de Cádiz, con el árbol genealógico, para mi sobrino Alonso Carrasco, y a su falta para su hija Ana, y a falta de ella para Mariquita Carrasco, hija de mi sobrino Francisco, a condición de que no ha de ser enajenado, por ser de nuestra familia el citado venerable.

 

El convento. Fotografía actual

Gentileza de Leandro Cabello

 

Santa Verónica de Juliani, capuchina, y san Ildefonso permanecerán en casa hasta la muerte de Antonia Domínguez; y después, no siendo colocados en la iglesia de capuchinos, la santa ha de ser para mi sobrina María Carrasco Rubiales, san Ildefonso para el citado antes mi sobrino Alonso, y a su falta sorteado entre sus dos hijas, María y Ana María Carrasco Rubiales, hija de Francisco y Antonia.

La casa de mi morada que dejo en usufructo a Antonia Domínguez, será vendida después de su muerte. Mitad de su valor para misas y limosnas, teniendo en cuenta las necesidades de la comunidad, con preferencia a otras: y la otra mitad para mis sobrinos o sus hijos. Y en caso de no haber comunidad en este convento, será destinado para la de otro, a voluntad de mis herederos fiduciarios, o para mis sobrinos, que por ser todos pobres ha de ser para ellos.

Advierto que, si alguno de ellos ha muerto antes de percibir los mil reales que tienen consignados, se les entregarán a sus hijos; entendiéndose quedan suprimidas otras cantidades que en otro escrito expresaba.

A los hijos de mi sobrino Alonso, a cada uno, doscientos reales, con excepción de su Ana, que son trescientos. A Ricarda Soto Carrasco doscientos reales, y a cada uno de sus hermanos cien reales. A los hijos, digo, para Francisco Carrasco Rubiales y su hermana Rafaela, a cada uno doscientos reales. Declaro además que la casa que vive Juan de Soto y su esposa Rafaela Carrasco, mi sobrina, en la calle Nueva, es de su propiedad, aun cuando tengo título de propiedad por necesidad que ocurrió. Repito que no es mía y sí de los citados sobrinos.

A mi sobrino José Carrasco Rubiales lego trescientos reales, y se le entregarán algunos libros, proporcionados a su clase.

Y de lo perteneciente al ministerio sacerdotal, que es de mi uso y propiedad, se conservará en poder de Antonia Domínguez, como son albas, una casulla blanca con galón dorado, amitos, cíngulos buenos, especialmente uno de tisú y borlas doradas y otros tres; y, a su falta, si hay comunidad, se le entregará todo, y, si no la hay, para mis sobrinos, con mis tres albas clásicas. La ropa de mi uso particular para mis sobrinos más pobres a voluntad de mis herederos fiduciarios.

A Antonia Domínguez se le ha de entregar, además de la cantidad que yo le adeudo, la de tres mil reales, que le corresponden por sus servicios. De todo presentará documento particular por mí firmado.

El cuadro de san Francisco, colocado en mi cuarto del convento, ha de ser para la comunidad de capuchinos. También el reloj que está en el mismo. Los libros que se reconozcan son del convento, como parte de la librería, que se conserva en una celda.

 

 

Jardines del convento. 2017

Gentileza de Manolo Cabello


 

El reloj de pesas, que está en mi casa, donado por doña Cecilia García Romero, hermana de don Francisco, si no está ya en la sacristía de capuchinos, se colocará en ella o en otro punto que mejor acomode.

El otro mayor, de mi propiedad, y al servicio de la casa, permanecerá en ella hasta la muerte de Antonia Domínguez, que será entregado a la comunidad capuchina, a condición de dar el reloj del muñeco, para que se entregue a mi sobrina Ana Carrasco Barrera, o a María Carrasco Rubiales, si no existe la primera.

A mi sobrina María Carrasco Rubiales, lego en propiedad la casa que compró a mi sobrina Isabel Carrasco Jaén, que le será entregada cuando ella muera, con cuya condición se la compró, para que durante su vida tuviese dónde vivir. A la misma sobrina María Carrasco Rubiales se le entregarán además algunos libros curiosos, así como a Ana Carrasco Barrera, hija de mi sobrino Alonso, a voluntad de mis herederos fiduciarios.

Para mi sobrino Juan Carrasco Jaén, además de mil reales, se le entregará el Almendral, si ya es de mi propiedad, y a sus tres hijos cien reales a cada uno.

El crucifijo que está en mi cuarto del convento, es para Josefa Domínguez Barrera.

Las misas que han de aplicarse por la venta de la casa, a la muerte de Antonia Domínguez, por mitad de su valor han de ser aplicadas por mi intención por los padres capuchinos de la comunidad o de otra, a falta de la primera, instalada en el convento de Ubrique.

El cuadro del Papa Pío IX será para mi sobrina María Carrasco Rubiales, después de la muerte de Antonia Domínguez, y el de León XIII para colocarlo en la sacristía de capuchinos.

El cuadro de los papas y genealogía de la Santísima Virgen, para los capuchinos, a falta de la citada Antonia Domínguez.

El retrato del cura Sarmiento con el crucifijo para doña Micaela Salas Sevillano.

El otro cubierto con las iniciales M. M. y J. ha de ser para. María Carrasco Rubiales al fallecimiento de Antonia Domínguez, quedándose al servicio de la casa con otros de níquel y un cucharón de níquel o de plata rul, son dos, que en su día serán entregados por mis herederos fiduciarios a mis sobrinos por suerte.   

Si después de cuanto he dicho me ocurre tener que hacer alguna reforma o variación, pondré nota de cuanto sea necesario expresar.

Ubrique y abril 3 de 1883”

 

El convento de capuchinos 

en el libro de fray Sebastián

Fotografía de Francisco García Parra


Hemos insertado este testamento, por ser del último capuchino exclaustrado y por los datos curiosos que contiene, referentes al convento.

De las disposiciones testamentarias quedan dos copias, una anterior y otra repetida posterior. Nos hemos atenido a la que parece la última.

La urna de la Pastora pequeñita, que se decía del beato Diego o bendecida por él, estuvo siempre en la sala de recibir de mi tío don Sebastián Cobeñas, después trasladada al convento, y quemada bárbaramente en 1936. Era preciosa y de cara finísima.

El retrato de época del beato Diego José de Cádiz, de medio cuerpo, en que el siervo de Dios representa unos cincuenta años, destrozado por las turbas, fue salvado por el autor de esta obra y está restaurado.

El P. Diego José de Ubrique fue de mi familia, pues llevaba mi apellido y se firmaba Fr. Diego Carrasco y Carrasco.

Está sepultado en el coro bajo del convento de capuchinos, con la inscripción siguiente:   

 


    


 El convento de capuchinos en 1942

Fotografía de Augusto Vallmitjana

 

 

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lunes, 4 de diciembre de 2023

Fray Diego José de Ubrique, ese gran desconocido

 


Historia de la villa de Ubrique, 1945


Por Esperanza Cabello

 

Hace un par de semanas anunciábamos el descubrimiento de una copia del manuscrito de don Juan Vegazo. En él leíamos, mientras hablábamos del acueducto romano que daba agua a Ocurris, que el don Diego José de Ubrique, guardián del convento de Málaga, había confirmado a don Juan Vegazo que él mismo había visto uno de los atanores que servían para mantener la estructura.

En ese primer momento pensamos que se trataba de un lapsus de don Juan, que había querido decir Diego José de Cádiz (que no fue beatificado hasta abril de 1894, por León XIII), y que, por conocerlo del pueblo -téngase en cuenta que fueron coetáneos, pues Diego José nació en 1743 y murió en 1801-, lo había llamado "de Ubrique".

Pero, releyendo el libro de fray Sebastián, "Historia de la Villa de Ubrique", buscando información sobre el presbítero Francisco Guerrero a raíz de una conversación con nuestra amiga María Rosado, nos topamos con el escrito que inicia esta entrada.

¡Existió un fray Diego José de Ubrique! Un fraile capuchino que había muerto en el convento de Ubrique en 1823 y que estaba enterrado en el coro bajo del propio convento.

Un fraile capuchino que había sido guardián del convento de Málaga, tal y como apuntaba don Juan Vegazo.

Por consiguiente debemos desdecirnos del comentario que hacíamos sobre el lapsus de don Juan Vegazo, el lapsus ha sido nuestro, y resulta que don Juan, el Beato Diego de Cádiz y fray Diego José de Ubrique fueron habitantes del pueblo en la segunda mitad del siglo XVIII.

Imaginamos que fray Diego José de Ubrique, más joven que su paisano, tomó su nombre en homenaje a fray Diego José de Cádiz, José Francisco López-Caamaño y García Pérez, hijo de la ubriqueña María García Pérez de Ocaña.

Una ubriqueña singular, no cabe duda, en este artículo de José María Gavira podemos saber más sobre doña María.

En el libro "Historia de la villa de Ubrique", fray Sebastián escribe lo siguiente sobre fray Diego José de Ubrique:


 

El muy reverendo padre Diego José de Ubrique

En el año de 1823 murió en este convento el MRP Diego José de Ubrique

Fue hombre de mucho talento y disposición. Ganó por oposición el título de lector en teología, y transcurrido el tiempo de su magisterio, fue guardián de los conventos de Málaga, Granada y Ubrique, y elegido en definidor provincial. En este elevado cargo, se interesó por la restauración del convento, convaleciente con los estragos de la Guerra de la Independencia con su predicación y limosnas por él recogidas. 

Su nombre figura con honor en la crónica del convento de capuchinos. Fue muy devoto de Nuestra Señora de los Remedios.

Está enterrado en el coro bajo del convento de capuchinos, y su lápida dice así:

 

AQUÍ YACE EL M.R.P. FR. DIEGO JOSÉ DE UBRIQUE

EX-LECTOR DE  SAGRADA TEOLOGÍA, GUARDIÁN QUE 

FUE DE LOS CONVENTOS DE MÁLAGA, GRANADA Y UBRIQUE.

DEFINIDOR 2º DE LA PROVINCIA

MURIÓ EL 9 DE FEBRERO DE 1823 R.I.P.

 

 

Ya solo nos queda aprender algo más de nuestro paisano fray Diego José de Ubrique. El pobre está desaparecido por el momento, pues todas las referencias y los recuerdos se van hacia el beato, pero seguro que en las crónicas capuchinas encontramos más datos sobre él, al menos quién era, cómo se llamaba "en el siglo" (en la vida secular), cuál era su familia. Estamos realmente interesados.

 

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miércoles, 15 de noviembre de 2023

Antigüedades de Ubrique descubiertas por el señor don Juan Vegazo. Texto completo

 

Archivo Histórico Provincial de Granada



Texto completo en español normalizado escrito por Esperanza Cabello

 

 


ANTIGÜEDADES DE UBRIQUE DESCUBIERTAS POR EL SEÑOR DON JUAN BEGASO EN EL AÑO DE 1792 Y SIGUIENTES.

 

Juan Marín Reyna

 

J.M.R. Ubrique octubre 17/1808

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Copia del manuscrito que me ha facilitado, sobre las antigüedades del Benafi Alto, a media legua de esta villa, el señor don Juan Begaso, dueño de aquella posesión.

 

Año de 1792, en 12 de noviembre, compré a Nicolás de Gálvez y a su hermano Ignacio de Gálvez y Calvo, en cantidad de 3221 reales, las tierras de Benafis el alto, que habían heredado de doña Isabel de Flores. La compra la hice movido de curiosidad, por verse allí algunos vestigios de obras antiguas que en parte se descubrían.

Observé que a la subida de la montaña estaba una casa pequeña bovedada: a la entrada se ven paredes, como de haber tenido pórtico, uniéndose estas paredes a la casa anterior: la puerta es arqueada; la altura total de esta bóveda es como de 7 varas, hecha de argamasa, y la fachada de cantería. Hay varios nichos pequeños de media vara de altura y centro, y una tercia de ancho; a la entrada uno a cada lado contra la puerta. Un poco más adentro hay dos a cada lado, de la misma figura y medidas que los anteriores, con la diferencia que estos nichos tienen una losa que los divide. En el comedio hay dos nichos grandes de dos varas y cuarta de alto, dos de largo y una y media de ancho. Un poco más adentro están otros dos nichos iguales, pequeños, con la separación de la losa, y al frente están otros dos, cada uno en su lado, como los primeros; y en medio está otro nicho grande, frente de la puerta y sin la altura, anchura ni fondo que los dos anteriores, solo demuestra como repisa en su altura. Circunda esta obra una moldura de piedra, labrada en su comedio, y desde cerca de esta moldura hasta el techo en el testero de enfrente se ven cuatro gradas como de vara de anchura: su techo es ovalado de argamasa. Esta casa es llamada por los naturales Mesquita. Yo la llamo Baño, porque habiéndola desocupado del destrozo que la gente y el tiempo han hecho vi en su centro cuatro gradas que descienden para abajo, cuadradas, ocupando la mayor parte del centro de esta casa, y rematando como estanque en forma de limón, con 1 ½ varas de hondo, circundando ese hoyo las anteriores gradas.

 

Subí la montaña y se descubre una fuerte muralla de cantos labrados, cortando todo el frente de la haza. Entré por ella y como a las 8 varas vi cuadros de casas, paredes, argamasas, pedazos de tejas romanas y en fin vestigios de población y fortaleza capaz, en ese sitio alto, alegre y vistoso por descubrirse multitud de tierras y montañas escarpadas, que hay en esas inmediaciones. Se ve el castillo de Cardela, el de Armara (sic), el peñón de San Cristóbal, villa de Benaocaz[1], peñón del Berrueco. También en ese peñón se descubren vestigios de romanos: tiene una mina en su centro y casi está hueco, por la puerta apenas puede entrar uno, se ven adentro como salas y varias cuevas.

En fin, se descubre de la eminencia del Benafis esta villa de Ubrique y el convento de Padres Capuchinos que está a su entrada y allí en lo más hondo de la sierra hay un nacimiento copiosísimo y de agua sumamente sabrosa y delicada. Se ven otros nacimientos, montes y prados donde la vista divertida descansa de la molestia de la subida.

En este año por san Andrés empecé a poner árboles frutales: en los hoyos se encontraban cantos, ladrillos, pedazos de platos, de cristales, huesos y demás que se encuentran en poblaciones destruidas.

 

[2]En el año de 1793 pensé poner viña para con los hoyos, cavas y labores correspondientes poder descubrir lo que debajo de tierra pudiera haber. En efecto próximo a la entrada descubrí cuadros de casas no muy grandes: un poco más arriba a la izquierda un cuadro de 2 varas y en cada esquina una columna de ladrillo y el centro lleno de argamasa fina. En ese sitio estaba una estatua con el casco de Proserpina de medio cuerpo y sin cabeza, con el ropaje airoso, de la cintura le salen dos áspides hasta el pecho, en él tiene un rostro que le rodean otros dos áspides, las orejas parecen dos alas de pájaro, y en la cabeza salen otros dos áspides rematando esta figura en el extremo del pecho: en donde correspondía tener la cabeza tiene un hoyo de cuatro dedos de hondo algo labrado, le falta algo de su hombro y donde demuestra el brazo izquierdo tiene un perno de hierro embutido donde quizás tendría alguna tarjeta, que no se ha encontrado.

Cerca de ese sitio, a las 8 varas está una pared de 8 varas de largo y dos de alto: procuré ver este cuadro y descubrí ser un aljibe y lo restante de la demás obra era una casa. Contra esta obra baja del cerro una escalera de cantería: como a las 8 varas baja otra escalera, formada en las mismas piedras del cerro. Toda esta parte de sierra estuvo poblada de casas por los cimientos y paredes que se manifiestan. En lo más alto descubrí un grande aljibe de hondo 6 varas, 4 de largo y una y media de ancho.

 

En el año de 1794 seguí mis tareas en un llano frente a la entrada, como de 100 varas, poniendo vides y encontré tejas romanas y demás fragmentos, un aljibe, un caño fortísimo cubierto de losas, tinajillas, porrones, pedazos de columnas, basas, capiteles de piedra basta bien labrados y algunas monedas: a corta distancia se descubre un horno hundido, por verse el principio abovedado, y los ladrillos quemados, y paredes próximas de cantería, y procurando desenvolver este terreno encuentro monedas, plomo, hierro y metales, todo de poco valor, hasta que cansado de tanto gasto, lo dejé, aunque mi deseo era excavar todo el terreno de esta tierra para dar alguna noticia a la nación.

Próximo a uno y otro lado del horno que figuro, hay dos grandes majanos de cantos y piedras y advirtiendo a la mano derecha entre las piedras verse la tierra negra quemada y en esta, mocos de herrero con abundancia, hierrecillos como si en otro tiempo hubiese habido fragua.

Vuelvo a porfiar con nuevos gastos y reparo que 11 hombres que trabajaban acudían con afán a recoger monedas, de que algunos llenaron las faltriqueras. Recogí algunas y me costó el gratificarles por conservar las bellas figuras que demostraban, y por su antigüedad. En ese sitio me persuado[3] había fundición, por encontrarse moneda por acuñar, pedazos de metal, cobre, plomo, hierro, acero, escorias condensadas del fuego, un garfio de metal, muchas pesas de hierro de a cuarta, pedazos de calderas, varios trozos de cuchillos u otros instrumentos cortantes: todo corroído del tiempo.

Hay cerca otro majano de mucha piedra y, aunque quité parte de ella, viendo tanto gasto seguí más al centro del llano y se encuentran cuadros de casas todo de cantería, que para cada hoyo de vid se necesitaban barras, escardillones y armaina[4], estando las casas tan unidas que todo este sitio era un escollo para los trabajadores y pérdida para mí. Sin embargo, deseoso de descubrir alguna cosa notable, continúo y doy en un recinto ovalado de piedras labradas: mandé traer espuertas y que se profundizara hasta dar en los cimientos. A las 2 varas se descubre un enlosado de piedras jabalunas[5] bruñidas, tan unidas que a fuerza de armainas y barras se quebrantó una, para poder ir moviendo las demás. Cuando a las 8 varas de tierra que se había meneado con espuertas en dicho llano se descubre una piedra por la espalda de 2 varas de largo y ¾ de ancho, labrada. Junté 14 hombres y con la mayor delicadeza se fue meneando con palancas, y con arte a fuerza de mucho trabajo se puso derecha descubriéndosele letreros. Este gran pedestal estaba sobre otra pieza muy labrada. El pedestal no es de piedra muy sólida. Algunas letras están corroídas. Al fin se copiará la inscripción.

Siguen sacando losas de ¼ de grueso y vara en cuadro, otras de uno y medio, otras de dos y otras de dos y medio, y en fin saqué lo suficiente para mi lagar y mantillo. Inmediata a la pieza anterior se descubre otro pedestal igual, aunque con letreros distintos. Procuré conducirlos ambos con bastante trabajo junto al camino, para mayor vista. Después observé en un hoyo una pieza labrada, que se halló ser un hombre, tronco sin cabeza, manos ni pies, de alabastro blanco como la leche, con ropaje en la espalda de piel de león y el pecho labrado. Tuvo la desgracia que al sacarlo le rompieron parte del hombro y pecho. Demuestra como si hubiese tenido alguna tarjeta a los pies. Hallé una mano sin dedos.

Los trabajadores conceptuaron que debajo de esta figura habría algún tesoro o cosa de valor, y así profundizaron hasta ser preciso hacer escaleras en el hoyo para vaciar con espuertas la tierra. Solo se encontraron cantos y columnas, unas de a 2 varas y otras en pedazos, medio capitel de alabastro, un pedazo de moldura de jaspe, pedazos redondos de alabastro, como de columna, del grueso de un brazo, muchas losas partidas delgadas de alabastro y de jaspe, y lo principal, un canto de piedra flexible que apenas se sacó cuando se deshizo. Tenía letras y se percibió decía liviae[6]. Lo demás se obscureció. Debajo de este se encontró otro canto lleno de molduras, infiriéndose estaba el busto sobre estas dos piezas señoreando el sitio, por lo que consentí sería esto algún templo.

No satisfechos los trabajadores con lo ya sacado se empeñan en ahondar más, y como a las 3 varas y media, después de sacar los escombros de esta población encuentran tierra limpia y sin fragmentos de obra, ni cantos, y como a la vara de más profundidad se vuelven a encontrar otros nuevos fragmentos de mezclas, cantos, ladrillos, platos quebrados, cristales y en fin ruinas cuasi evidentes de otra población más antigua que la descubierta primero.

Como en partes el terreno forma declive, y en parte llano, no es extraño que con los dilatados siglos que han pasado haya corrido la tierra, y se haya ocultado esta primitiva población, bien de cartagineses, fenicios u otros, y así como se ha perdido la memoria de la población romana, pues parece que ningún autor habla de ella, así y con más razón se ignorará la primera.

Si se ahondase este terreno, así como más inmediato a la superficie se han encontrado medallas e inscripciones que hablan de los emperadores romanos Comodo, Antonino, Adriano, Trajano, Teodosio y otros, no sería mucho que más profundo se hallasen algunas lápidas o monedas que diesen alguna luz sobre los primeros habitantes, pero yo he hecho más gastos de los que podía.

 

El año de 1795 continué completando el plantío de viña en todo este llano, y se encontraron distintas paredes de cimientos de cantería muy sólida, un aljibe o baño en una casa casi redondo, sus esquinas eran redondas y poco hondo en su medio. Esta casa estaba enladrillada con ladrillos como de 4 dedos, todos de puntas. Se halló un pedazo de letrero en piedra jabaluna que parece dice Caesari Adriano dedicatione; media pilita de mármol, como una taza, más lositas de mármol, medio capitel de alabastro y un pedazo de moldura de jaspe y de columnas, varios enladrillados chicos unos de llano y otros de punta: otra casa con figura de flor, por tener un ladrillo pequeño en medio y cuatro a los lados de forma de diamante.

En fin, donde pensé hacer la casa para mi habitación costó trabajo limpiar el terreno, descubriéndose una casa superior por el terreno que ocupa. En una parte formé sobre los muros que descubrí, y deseoso de ver el plano, admiro la tapicería de piedras que, formando tableros de damas de diversos colores causaba admiración y recreo a quien lo miraba: en seguida estaba formada una maceta saliendo de su centro un tronco con ramos, flores y lirios de varios colores tan delicados, que al tacto y vista casi no se encontraban cuando los quité, por tener que rebajar el terreno.

Este cerro en su mayor altura está lleno de cantos y demás fragmentos, y en una casa de estas encontré vestigios de otra fragua. Al fin de esta tierra estaba un almacén de cantos y piedras, y una era redonda de mampuesto. Como me dijeron que sonaba hueco cuando trillaban, la hice romper por tres sitios y encontré un caño que la atravesaba y estaba lleno de una masa como de cenizas condensadas: en esas roturas hallé como si hubiesen vaciado algunos crisoles, y un zarcillo o arete de oro con una como lágrima de pendiente su peso 26 reales.

En el almacén de piedras arriba dicho descubrí un gran estanque y junto a este más bajo otro pequeño, que infiero comunicaría el agua por un agujero que tiene en el fondo al extremo de la era, para alguna fragua por los escombros que se demuestran. Este estanque grande sigue por un lado; y contra la era una como mina bovedada, hasta al parecer salir de la era. Está caída y llena de piedras y picaduras, salen de ella varias paredes por los dos extremos unas rectas y otras de varias figuras.

Por el otro extremo descubrí un aljibe con el techo en su centro, con grandes y vistosas molduras con distintos charolados de colores.

Esta montaña estuvo murallada desde la fábrica por los baños que están a la subida, por ir por aquel cerro pedazos de paredones que se ven en varios sitios, pareciéndome con evidencia que en esta altura estaba la fortaleza y los que gobernaban, y al pie de ella el centro de la ciudad llamada Ocuritano, descubriéndose en el día a distancia de un cuarto de legua las obras de cantería y fragmentos que no dejan duda de la extensión y que sería población grande y magnífica[7].

 

Más no olvidándome de la Mesquita o Baño que está a la subida y discurriendo de dónde o cómo podría venir el agua para purificarse y subir al templo a ver a sus dioses, descendí a la tierra de labor llamada puerto de Pedro Rodríguez y encuentro toda la falda de esta sierra llena de fragmentos, mucha cantería desconcertada, y en lo más llano varios pedestales de piedra. A distancia corta, atravesando estas tierras, y siguiendo con rectitud a otra vecina, a distancia de tiro de bala, escarpada y tan áspera que perdí la esperanza de averiguar el rumbo de los arcos de acueducto y su principio. Me retiré con bastante disgusto y reiteré nueva subida al Baño y tendiendo la vista a la sierra del frente, cotejé su igualdad y me encaminé a ella hasta dar con el punto que me propuse, llevando un conocido del terreno que me condujese. Ya cansado, conseguí por fin ver obras de romanos, frente a frente del Baño. Parece increíble y de todos ignorado cómo condujeron el agua por aquellas montañas cortando las sierras y bajando, según me he informado, de un nacimiento o manantial llamado El Castril, cerca de la villa de Benaocas.

Volví tercera vez y llegando al primer descubrimiento de la cañería seguí su giro según podía conservar; ya se pierde, ya la descubro; y en fin cansado y fatigado entre estos riscos logré hallar salida, llevando el giro cierto, hasta dar en un sitio llamado los Paredones, junto a una cabreriza que dicen de los Pérez, pasando y girando nuevamente a otra sierra más encumbrada, junto al camino de Benaocas.

Aquí ya casi llegué a perder las esperanzas; pero preguntando a varios sobre la cañería que buscaba, me informaron, según la tradición de sus mayores, que bajaba del nacimiento o manantial del Castril una cañería de Gentiles a la sierra del Benafis alto. Otros me dijeron iba a dar al edificio que ellos llaman Mesquita, y es Baño Romano. En fin, para informarme mejor, habiendo pasado a Benaocas pregunté a los ancianos y convinieron en lo dicho, y hallándose predicando allí la cuaresma el reverendo padre Guardián de Capuchinos de Málaga, don Diego José de (Málaga)[8] Ubrique[9], me dijo que había visto un atanor[10]de plomo que habían sacado unos cabreros de entre un tallisco[11], de la cañería de los romanos.

Aunque en las excavaciones que llevo referidas se han encontrado bastantes monedas, las he ido repartiendo entre varios sujetos curiosos, y aún conservo algunas pocas, pero todavía se hallan en las labores que se dan a la viña. No hago más descubrimientos formales cansado de tanto gasto.

En el fondo de la haza es probable se encontrarían muchas cosas, pues sin mayor diligencia al cavar las cepas se han hallado pedazos de tazas con algunas letras y flores y una tenía gravado de relieve una figura vestida a la romana.

En el terreno contiguo a la sierra del Benafis se descubren ruinas, cuadros de casas y muchos fragmentos, cantos y hasta el cerro llamado de la Llave, donde entre los olivos se ven restos de la población que sería populosa. Las piedras que se han encontrado en las excavaciones unas parecen de las canteras de Morón, distante 9 leguas, otras de Marchena, distante 13 leguas. El busto o trozo de estatua parece de Carrara, en el Genovesado.



[1] Encontramos Benaocaz y Benaocas indistintamente en el texto.

[2] Aquí comienza Fray Sebastián

[3] Aquí se afirma que había una ceca: “me persuado”. En la versión de Fray Sebastián dice “me parece”.

[4] Martillo de grandes proporciones para partir piedras.

[5] Piedra caliza de color oscuro, como el del jabalí, cuando está mojada. RAE

[6] De la luz.

[7] Hasta aquí en el libro de Fray Sebastián

[8] Tachado en el texto.

[9] Fray Diego José de Ubrique, muerto en 1823, fue guardián de Málaga, Granada y Ubrique

[10] Cañería para conducir el agua

[11] Una pequeña zanja entre cortados de piedra.