Torre de sondeos petrolíferos en Villamartín, 1936
Revista Estampa. Biblioteca Nacional
Por Esperanza Cabello
Es una verdadera delicia sumergirse en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España y dedicarse a leer artículos centenarios en los que se puede aprender muchísimo de la vida diaria de nuestros abuelos.
Hoy le ha tocado el turno a la revista "Estampa", una revista muy popular entre 1928 y 1938, y que ya hemos citado en varias ocasiones en este blog, puesto que se refiere a Ubrique algunas veces.
El número en concreto es además de una fecha muy señalada, el 18 de julio de 1936. Ironías de la vida, la publicación no sobrevivió a la Guerra Civil.
Toda la información y las imágenes de esta entrada son de la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional.
Y en esta revista encontramos, entre otros, un artículo de José Aracena titulado "Petróleo", en el que confirma que él mismo ha visto el petróleo en los pozos petrolíferos de Villamartín. Habíamos sabido de la fiebre petrolífera en la Sierra por el artículo de nuestro amigo José María Gavira (en este enlace), pero ahora hemos tenido acceso a todo el escrito de José Aracena, que transcribimos a continuación:
¡En Grazalema ha nacido un volcán!—dice uno.
No hay tal cosa, responde un ciudadano escéptico, que
le busca al pretendido fenómeno cualquier explicación pintoresca.
Pero que sí, que no, se aguza la curiosidad y allá
vamos, camino adelante, para descubrir qué es lo que puede haber de cierto en
lo que dicen que sucede en la Sierra de Grazalema, donde los volcanes, por lo
visto, nacen tan fácilmente, con la esperanza de encontrarnos uno auténtico y
recién estrenado, en plena erupción, arrojando lava candente, soberbiamente
empenachado por una nube de gases y dispuesto a destruir pueblos y caseríos.
Lo primero que hemos encontrado es un puente en la
carretera de Jerez a Ronda, que se ha resentido con los últimos terremotos y no
permite el paso.
Dejen la carretera a la izquierda, nos contesta un
campesino a quien preguntamos, sigan por la orilla del río y encontrarán el
vado. Efectivamente, lo hallamos y el río se dilata ante nuestro coche, que
avanza entre las aguas. Pero, de improviso, aparece un hombre que nos grita
desde la orilla opuesta:
—Esperen, ¡Que no es por ahí!...
Y metiéndose en la corriente hasta medio muslo, nos
alcanza. Sin pedir permiso se encarama al estribo, coge el volante y ordena:
¡Acelere más! ¡A la derecha! Despacio. Ahora.
Pilotados de esta manera llegamos hasta las piedras de la orilla opuesta, y ya
en terreno firme, surgen las explicaciones:
El puente, nos dice, estaba denunciado hace dos años;
pero se transitaba por él. En enero, con las avenidas, se resintió un pilar,
y... aquí estamos unos obreros parados de Villamartín que enseñamos a pasar por
el vado a los automovilistas. Hemos arreglado estos carriles por nuestra
cuenta. Claro está que los turistas nos pagan dos pesetas y tres los camiones.
Son muchos los coches que han podido perderse por intentar hacer lo que ustedes
han tratado de hacer.
¡Pagamos las dos pesetas!
¡NI HUMO!
Lo del volcán debe de ser una chufla, porque en
Villamartín, industrioso y alegre, nadie sabe palabra del acontecimiento.
El dueño de un garaje nos habla de los terremotos que
se han sentido hasta allí.
—De haber algo—conjetura—debe de estar por la Sierra del
Pinar.
Pero ni en Ubrique, ni en El Bosque, donde hablan de
no sé qué misterioso fenómeno acaecido hacia Grazalema, ni en la pintoresca
quebrada de Villaluenga, nos cuentan otra cosa que lo ocurrido con frecuentes
corrimientos de tierra, masas de rocas desprendidas, socavones abiertos en la
montaña. Un terremoto intenso, pero que no produjo, por fortuna, grandes daños.
Grazalema, sin embargo, ha sufrido bastante con los seísmos. Acaso son barrios
enteros de casas, cuyas paredes están apuntaladas o inician una curva peligrosa
sobre la calle.
Los terremotos han sido tan frecuentes, que los
vecinos han llegado a familiarizarse con ellos. Ha habido días en los que se
han registrado cinco y seis temblores de tierra. Especialmente por la noche.
Desde el 20 de abril al 25 de mayo, apenas han pasado veinticuatro horas sin
que el terremoto haya hecho temblar las viejas viviendas, muchas de ellas
ruinosas.
Uno de los últimos días de abril, a la caída de la
tarde, el fenómeno revistió tal aparato, duración y estruendo como en ninguna
otra ocasión. Un pastor que guiaba sus ganados por el camino del Hondón vio
cómo se desprendía de lo alto de los montes una inmensa masa de rocas que se
desmoronaban arrastrando las encinas corpulentas como si fueran pavesas. La
sierra entera parecía haberse puesto en movimiento, y las piedras enormes
rodaban al fondo de los abismos levantando nubes de polvo, que al pastor le
parecieron densas columnas de humo que surgían de las entrañas de la tierra.
De aquella visión apocalíptica surgió la leyenda de la
aparición del volcán. De aquella visión y de otras semejantes. Porque no fue
sólo allí, sino también por otros lugares y por tierras de Málaga, donde la
gente aseguraba que habían aparecido cráteres llameantes, verdaderos volcanes.
Pudo ser posible, inclusive, que el pastor viera
llamas y columnas de humo alzándose sobre la tierra, y que las nubes de polvo
fueran algo más que lo que los incrédulos afirman. Camino de Grazalema, el guía que nos ha conducido
por aquellos andurriales va contando historias y más historias, de las que
constituyen las preocupaciones de los que viven aislados en el campo. Entre
ellas nos refiere lo que ocurre con las piedras de fuego. Pastores y rancheros
de la sierra calientan sus chozos y guisan en sus cocinas con unas “piedras”,
así las denomina él, que arden con llama azulada y que arrancan a flor de
tierra en el campo. Y, a veces, hacen arder simples pellas de barro. —
¿Petróleo? preguntamos.
—Petróleo, sí, señor. En Grazalema hay petróleo. Y el
que sabe bastante de eso es don Ramón.
Y vamos en su
busca.
Don Ramón Villalobos es un viejecito pulcro, atildado
y amable, que retirado de los negocios gasta su tiempo y sus rentas sin otro
entretenimiento que una partida de tresillo y el recuerdo de los buenos tiempos
de Grazalema. Pudo ser el hombre más rico de España.
—En 1916—nos cuenta—estuvo haciendo estudios
geológicos aquí el ingeniero don Juan Gavala, y en toda la sierra pudo
comprobar que existían vestigios petrolíferos. Vino en 1921 a Grazalema otro
ingeniero, don Luis Rodríguez Caso acompañado de geólogos, que acreditaron la
existencia de un abundante yacimiento de pizarras bituminosas en una finca de
mi propiedad: la llamada el Rancho de la Santa. Se obtuvieron muestras, que
enviamos a distintos países. Los análisis arrojaban un diez por ciento de
petróleo en las obtenidas en la superficie, y más de un catorce por ciento en
las extraidas a dos o tres metros de profundidad. Asi nació la concesión minera
Jesús. Yo esperaba que aquello fuera un río de oro. Pero, después de mucho
papeleo: planos, memorias, visitas de ingenieros, informes, etc., de lo que me
convencí fue que mis pizarras constituían una fortuna. Pero hacía falta otra
fortuna para explotarlas. Sin carreteras, sin maquinaria, sin un capital
fuerte, nada se podría lograr. Me desesperé viendo cómo se perdía una enorme
riqueza para mi pueblo y para mí. Porque los informes de los técnicos son
concluyentes: En esta sierra existen yacimientos de petróleo riquísimos. No
sólo en pizarras bituminosas, sino en petróleo liquido. ¡Petróleo liquido y en
cantidades fabulosas!
Cualquier día
un terremoto hará reventar una bolsa de nafta, y entonces resultará que todo el
mundo sabía que había petróleo aquí.
NUEVA PENSILVANIA
La historia del petróleo en España no es nueva; pero
quizá la ignoren la mayoría de los españoles. En 1894 se descubrió por primera
vez. En Conil, un pueblecito de la costa, donde se exploraban yacimientos de
azufre que llamaron extraordinariamente la atención por sus cristalizaciones,
se encontró petróleo. El hecho no pasó de una curiosidad científica, aunque
otras investigaciones parecieron confirmar la existencia de grandes
yacimientos. Los trabajos tuvieron que abandonarse por falta de dinero. En
Villamartin, en 1906, cuando se agrandaba el caz del Molino del Picapedrero, se encontró
también petróleo liquido. Los dueños del terreno efectuaron trabajos y
obtuvieron muestras, que, analizadas, dieron un resultado concluyente.
Habían
encontrado petróleo lampante, tan rico, que hubo hasta una peregrinación de
incrédulos que acudieron a visitar los sondeos, llevándose muestras y llenando
inclusive el tanque de sus automóviles. Se fundó una sociedad, la Compañía
Petrolífera de Villamartín, que a diversas profundidades hizo explorar el
terreno, encontrando petróleo liquido y margas impregnadas a diferentes
profundidades. Los medios de extracción fueron, sin embargo, rudimentarios, y
la sonda no se llevó más allá de los ciento treinta y siete metros de
profundidad. Hay que tener en cuenta que se calcula que las bolsas de petróleo
de aquella región deben hallarse a unos quinientos metros.
El Molino del Picapedrero, en Villamartín
Otro ingeniero inglés logró encontrar en 1913 algunos
yacimientos copiosos, descubriendo petróleo líquido, muy puro y con bastantes
rendimientos, al llegar a los ciento cuarenta metros de profundidad. La guerra
puso fin a sus trabajos.
Al señor Mac Donald sucedió en 1924 otro ingeniero
inglés, míster Batle, que continuó los trabajos sobre el antiguo pozo de la
Compañía Petrolífera. En el curso de ellos surgió una fuerte emanación de
gases, que costó la vida a un obrero, José Salas, que trabajaba en un pozo
excavado a diez metros. Míster Batle se arrojó heroicamente para salvarle, y él
mismo hubiera perdido la vida sin el auxilio del guarda de la finca. El
episodio puso fin al intento de explotación.
En Arcos de la Frontera se hallaron también vestigios
petrolíferos. Y un notable ingeniero de minas, el señor Víctor Petit, que
dirigía antes de la guerra las explotaciones de nafta de Galitzia, afirmaba en
1911: “Por la composición de las capas, Arcos presenta un interés del más vivo,
porque debajo de estas capas se han encontrado en Galitzia masas enormes de
petróleo. Esto, justamente, puede repetirse en Arcos." Y terminaba su
informe: "Las manifestaciones gaseosas y petrolíferas que se han
encontrado en un pequeño sondeo a mano son una prueba evidente de que
yacimientos de petróleo deben existir en
profundidad. Repitiendo lo que ya he dicho a propósito de los terrenos de
Conil: no puede haber manifestaciones petrolíferas en la superficie si no hay
yacimientos de petróleo en profundidad, en los cuales estas manifestaciones
tienen su fuente.”
Petrolífera de Pambanco, en Lebrija. 1910
¡PETRÓLEO!
Ni en este lugar, ni en Pambanco, situado en las
marismas del Guadalquivir, cerca de Lebrija, donde existe una fuente de agua
salada que parece que es característica en los yacimientos de nafta, y en donde
se encontraron gases muy ricos, y se instaló una sonda para utilizarlos; ni en
Vejer de la Frontera, Rota, Jerez, Bornos, Barbate y Ronda, en cuyos términos
sería fácil hallar petróleo, se ha hecho ningún trabajo serio.
Pero yo he visto
petróleo. En la fábrica de harinas de don Francisco Romero, dueño del antiguo
Molino del Picapedrero y de los terrenos donde se hicieron los primeros
trabajos de exploración, nos dieron una guía cierta. Vadeamos el arroyo de
Sarracín, pasamos el Guadalete, hasta llegar a la actual fábrica de
electricidad, donde antes estaba el viejo Molino. Aún se conserva el caballete
de la maquinaria que instaló don Bernardo Ríos. Llegamos a un punto donde se
eleva el brocal de ladrillos, cerrado por una tapia de hierro. Uno de los pozos
que abrió míster Mac Donald. En el fondo hay petróleo. La sonda sube a la superficie
un líquido de color ambarino, que arde con azules llamaradas. Ese pozo se llama
Pensilvania.
¿Por qué no se explota el petróleo en España?
JOSÉ ARACENA
Nota: existe un magnífico trabajo sobre el petróleo en nuestra zona realizado por Cándido Martínez Fernández, en Dialnet. Recomendamos su lectura: