domingo, 26 de julio de 2015

Antonia García Aguilera: Hasta siempre, abuela Antonia

Antonia García Aguilera en su barriada


Por Esperanza Cabello


Hoy la familia está de luto, ayer recibimos una de las peores noticias que una persona puede recibir en la vida: la noticia de la muerte de un ser querido, algo siempre inesperado, siempre triste, que nos deja, de nuevo, desolados.
Ha muerto Antonia García Aguilera, la madre de Mari Carmen, de Antonio y de Rafael.
Antonia había nacido en Ubrique hace ochenta y ocho años, en noviembre de 1927.
Fue la quinta hija de una familia muy numerosa. Su padre, Antonio García Yuste, y su madre, Francisca Aguilera Morales, ubriqueños, fundaron en nuestro pueblo el hogar en el que Antonia nació.
Era una familia muy humilde, Antonio era carbonero, pero todos fueron arrimando el hombro para que la casa funcionara bien, permanecieron unidos, siempre en un ambiente familiar de armonía, que Antonia aprendió desde pequeña y mantuvo en su propio hogar.
Antonio y Francisca tuvieron siete hijos: 
María, Pepa, Joaquina, Paca, Antonia, Pedro e Isabel. Vivían en la calle Los Morales.
Su hermana Paca nos ha contado que cuando eran muy pequeñas se pusieron a trabajar, y que no pudieron ir a la escuela, solo tenían ocasión de aprender algunas noches, en clases particulares, porque durante el día tenían que trabajar.
Con ocho o nueve años empezaron a trabajar en Alfa. Alfa era la firma de marroquinería de Pedro Viruez, en la calle Nevada.
Siendo ya una jovencita Antonia trabajó en otra fábrica, en la calle San José, en lo de Piña y Carrasco. En aquellos tiempos ya conoció al que después sería su marido, su compañero de toda la vida, Cristóbal Oliva.
Antonia y Cristóbal  se casaron en 1958. Habían comprado una casita en la Barriada Nueva, en la calle Sebastián Pulido Soto, que sería el hogar familiar para siempre.
Al casarse Antonia dejó de ir a la fábrica, pero no dejó de trabajar como marroquinera, era una trabajadora fina y meticulosa, y le traían a casa la tarea para que forrara los estuches de los Longines.
Pronto la familia sería bendecida con su primera hija, María del Carmen, que vendría a llenar de alegría a sus padres, y en los años siguientes nacieron Antonio y Rafael, los dos hijos varones.
A partir de entonces la vida de Antonia se transformó, dedicó todo su tiempo y toda su energía en criar a sus hijos, queriendo, sobre todo, hacer de ellos buenas personas. 
Se dedicó a su familia en cuerpo y alma, sus hijos y su marido han sido para ella lo más importante...
Hasta que llegaron los nietos. La recordamos emocionada y nerviosa con la llegada del primer chiquitín, Francisco José. Fue entonces  cuando descubrimos en ella a la mujer cariñosa, prudente, dispuesta y trabajadora que ha sido siempre.
También la recordamos vistiendo amorosamente a María, su segunda nieta. Era la abuela más feliz del mundo. Cuando coincidían las dos familias ella siempre estaba atareada con los nietos, aunque no perdía la ocasión de mostrar su cariño y su interés por todos.
Al poco tiempo llegó Patricia, y abuela Antonia tuvo que empezar a dividirse para dar cariño a todos sus nietos, era una mujer realmente feliz al verse rodeada de sus nietecitos, a los que se unió muy pronto Antonio, el cuarto. Antonia debía de sentirse muy feliz al saber que su nieto tenía el mismo nombre que su padre.
Pero la vida aún le deparaba dos maravillosas sorpresas más, los hijos de su Rafael: David y Rafael. Quizás ya no se podía pedir más.



 Antonia y sus seis queridos nietos en la puerta de su casa


La vida le jugó una terrible mala pasada en 2001, cuando murió su querido Cristóbal. Superó como pudo su pérdida, rodeada y apoyada por sus hijos y sus nietos. Y desde entonces a ellos ha dedicado su existencia.
A menudo pensamos que el mayor tesoro de unos padres es, por descontado, la familia. Y Antonia ha debido de sentirse, siempre, privilegiada. Porque su familia ha estado siempre unida, sus hijos se entienden de maravilla, se han organizado para cuidarla, para acompañarla, para ocuparse de que nunca le faltara ni gloria.
Y los nietos sienten un grandísimo respeto y un gran amor por su abuela. Han vivido en sus casas ese amor y ese respeto desde siempre. Hoy hemos podido verlos a todos como siempre, unidos, cercanos.

Los últimos momentos de Antonia han sido como toda su vida: felices, discretos, silenciosos y con sus hijos. La muerte le ha sorprendido en casa, y nos ha dejado a todos un poco más solos, un poco más abandonados.
Las personas buenas dejan un hueco difícil de colmar, y Antonia ha sido toda su vida una persona buena y cariñosa.
Hoy será un día triste. El entierro tendrá lugar a las doce y media, y tendremos la ocasión de despedirnos de esta mujer que ha sido un ejemplo y un modelo a seguir toda su vida.
Te echaremos de menos, abuela Antonia, siempre has sido y serás una mujer muy querida. 



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2 comentarios:

JMRG dijo...

Cariño, esa era su palabra preferida cuando veía a alguno de sus sobrinos después de cogerle su cara entre sus manos y plantarle dos besos en cada mejilla. Hoy me coge lejos y no podré estar acompañándola en su último viaje. Sólo decirles a mis primos que se va un trozo importante de nuestra vida y quiero dejar un recuerdo imperecedero en mi memoria y que dice mucho de la persona que fue. Corría el año 64 o así Antonio, su hijo eran un polvorilla, no paraba quieto un momento, en la habitación que está al entrar a la izquierda de la vivienda de que has hablado en tu precioso recordatorio y presidida por una foto de nuestro común abuelo Antonio (por cierto la única foto como esa que tiene la familia), había una de las primeras televisiones que hubo en Ubrique y en el centro de la alcoba una mesa de camilla y un braseros de picón.
Yo me aficiones a irme allí todos los sábados, porqué retransmitían un deporte que era poco conocido en aquella España de entonces, pero que a mí me fascinaba, el rugby, el torneo Cinco Naciones, a Antonio, aquello le iba al pairo. Yo tendría 7 años y él algunos menos, lo que quería era jugar me incitaba a ello, yo más pendiente de aquel Inglaterra-Francia (podría ser), perdí de vista a mi primo y cayó sobre las faldas de la mesa camilla, estas cedieron y él cayó de bruces con las dos manos sobre el carbón en ascuas, no había dando ni tiempo a mi tía de poner el enjugador y Antonio se abrasó las manos, yo era un niño y mi sentimiento de culpa y visto el revuelo que se formó en la casa hizo que saliera de allí a escape...pasados unos días fui con mi madre a ver como iba mi primo y a enfrentarme a mis fantasmas... Mi tía Antonia como una buena matriarca, me cogió en sus faldas y sólo hizo que consolarme, ningún reproche, ningún gesto de contrariedad hacia mí, diciéndome sólo, que eso eran cosas de niños y que mi primo se recuperaría, que no debía de dejar de ir, pero para mí el Cinco Naciones ya estaba de más, seguí llendo, pero mi cuidado hacia el polvorilla fue casi enfermizo, no podía permitir que se repitiera otro accidente, pero ese zagal parecía que tenía azogue... Gracias tita por ser como fuiste...un beso muy grande allá donde estés, te recordaremos siempre.

E. Cabello, Las Cumbres de Ubrique dijo...

Leyendo tus primeras palabras ha sido como si la viera, Juan Manuel, con sus nietos, con mis hijos, diciéndoles cariño o alma mía, inclinada hacia ellos y con las dos manos en su cara. Siempre cariñosa, siempre agradable.
Ha dejado una preciosa estela tras ella.