sábado, 3 de junio de 2023

El refino de bisabuela Antonia. Recuerdos

 

Cosiendo con adornos de más de cien años


Por Esperanza Cabello


De vez en cuando, como con la magdalena de Proust, se me vienen a la memoria recuerdos que creía perdidos, no solo con olores o sabores, sino mientras estoy sumergida en alguna actividad que requiere mi atención.

Hace poco, mientras intentaba coser a máquina dos trozos de un material plástico para un toldo sin conseguirlo, se me vino a la memoria mi querida Teresita que, cariñosamente como siempre, me regañaba "Esperancita, no puedes coser bien ese dobladillo si antes no le haces un hilván", y, efectivamente, después del hilván la costura fue muy fácil.

 

Ahora, preparando una cortinilla para la cocina, y buscando adornos y puntillas para adornarla un poco, abrí la caja de los lazos y toda mi infancia de pequeña costurera vino a mi memoria.

Mi bisabuela Antonia (Antonia Rivera Vázquez, en este enlace) era una mujer muy peculiar. Nacida en Grazalema, era la mayor de diez hijos, y sus padres se trasladaron a Ubrique, donde instalaron un batán, cerca del puente de Carlos III, en el que ella trabajó desde los diez años.

Más adelante se casó con Francisco Rivera, un arriero cuya familia había llegado desde Ataquines, en Valladolid, y que se dedicaba a transportar mercancías con sus mulas desde cientos de kilómetros. Ella puso un refino (una mercería) en el Portichuelo, la casa en la que nació nuestro abuelo Leandro. Y aprovechaba los viajes a Sevilla o a Jerez de los arrieros para ir con ellos y buscar bordados, encajes, puntillas, botones o abalorios (así además controlaba un poco la economía familiar, que era lo suyo).

 Antes de la Guerra Civil nuestros bisabuelos se trasladaron a la calle Real, con nuestro abuelo y su familia, y entonces cerraron aquel refino.

Nuestra tía Teresita guardaba en el soberado de su casa, en la que cuidó de nuestra bisabuela con mucho cariño y trabajo (que abuela Antonia era una mujer de armas tomar), todos los restos de aquella mercería ordenados primorosamente en cajitas y botes.

Aquel soberado fue el paraíso de varias generaciones, desde tito Leandro en los cincuenta hasta Elisa en los noventa. Teresita, con tanto amor, nos dejaba registrar entre aquellos tesoros y nos regalaba muchos de los aderezos que encontrábamos.

 

 

 

Cordoncillo verde  marca El As. "Alta novedad". Diez metros



Yo fui atesorando algunos de aquellos abalorios, y guardándolos con mucho cuidado, en este enlace podemos ver aquella caja de costura que era un verdadero cofre del tesoro.

Y casi nunca los he utilizado. A pesar de haber heredado una parte de aquella tradición costurera (todas mis mayores eran unas excelentes costureras, modistas y bordadoras), mi costura siempre ha sido más de andar por casa, y no merecía la pena utilizar aquellas maravillas.

Pero hoy, al buscar cintas para esta cortina, me he encontrado un par de encajes  de abuela Antonia y he pensado que ya era el momento de utilizarlos. Casi cien años después de haber estado expuestos en el refino de mi bisabuela, estas cintas están adornado una tela que, por desgracia, dista mucho de la calidad de los tejidos de entonces.

 

 


 

Y al coser, los recuerdos han ido fluyendo a borbotones. Bisabuela Antonia desmotando la lana (en este enlace), el ajuar (en este enlace), la primera caja de costura que me regaló abuela Julia en el 69; las clases de costura con la señorita Mari Gloria Janeiro, Teresita ayudándonos a hacer hilvanes y sobrehilados; abuela Natalia enseñándonos los primeros pasos del croché, mamá y tita Reme con el punto; tita Carmen haciendo jerséis en tiempo récord; María Teresa bordando con aquellas puntadas milimétricas; las canastillas de tita María Romero; los primeros trajes de Antonia Mari...

Aquellas veladas con nuestras primas Antonia María y María Teresa, que son las auténticas herederas de esta saga costurera y con las que compartimos tantos recuerdos entrañables; aquellas larguísimas tardes de verano haciendo mantelerías a punto de cruz y aquellos puntos de lana que se nos iban y se nos perdían para siempre, o el punto "muy apretao" con aquellas grandes agujas metálicas y aquellas manitas pequeñas en la azotea de abuela Natalia.

 

Mi bisabuela Antonia murió en el verano del 69,  había cerrado su tienda a principios de los años treinta, y ahora, más de noventa años después, yo estoy cosiendo con sus cintas y sus lazos... nostalgia asegurada y, como dijo Esperanza ayer:  

"Coser con encajes de tu bisabuela, eso es un punto". 💜💜💜



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