miércoles, 6 de junio de 2018

Los hinojos







Por Esperanza Cabello

Tenemos la suerte de poder regresar a casa cada mediodía dando un paseíto por la antigua Calzada de Las Cumbres, y en esta época del año es un verdadero lujo, pues nos encontramos de verdad en un perfecto paraíso natural. 
A pesar de que la calzada fue completamente asfaltada en los ochenta ("Subo la calzá, toda encementá" así comenzaba la canción de una agrupación carnavalesca de la época), en primavera siempre las plantas se van haciendo camino por entre las piedras, y mires donde mires ahí hay flores de todo tipo, margaritas, campanillas, amapolas, panecillos, vincas, perritos y, sobre todo, hinojos.
Cada vez que vemos una planta de hinojo nos acordamos de nuestra abuela Julia. Cuando íbamos al campo familiar, a La Cerca (donde ahora está Mirasierra), nos sentábamos en una sillita baja a su lado y ella, que se movía con dificultad porque tenía problemas en las piernas, pedía a nuestros hermanos que le trajeran hinojos, explicándoles antes cómo tenían que cortar la parte de arriba.
Con las matas de hinojo en la falda, iba cogiendo tallo a tallo y nos explicaba cómo había que pelarlos, después pelaba unos cuantos y nos los íbamos comiendo: uno para ella, otro para su nieta. También nos ayudaba a enlazar las vincas para hacer guirnaldas y collares, o nos explicaba cómo con los "candilitos" podíamos jugar a las casitas. A veces, dando un paseíto por La Cerca nos iba contando historia de la familia, como que aquellas dos palmeras tan grandes que tantos dátiles daban las había plantado nuestra bisabuela.
Debía de ser en los años 66 o 67, la recordamos respondiendo con paciencia a nuestras preguntas y satisfecha de que nos gustaran los hinojos como a ella.
Hoy día, cincuenta años más tarde, no podemos evitar coger un tallo de hinojo en cada uno de nuestros paseos que, al probarlos, nos hacen  recordar, como aquella magdalena de Proust, tantos  momentos enternecedores de nuestra infancia.






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