martes, 23 de octubre de 2012

El refino de Abuela Antonia: el costurero de antaño

Costurerito de niña de los años sesenta
Fotografía: Luis Eduardo Rubio


 Por Esperanza Cabello

Al hablar de la camisería de Fernando Corrales Cordón   ha venido a nuestra memoria un pequeño tesoro que guardamos desde hace cuarenta años, pero cuyo interior  debe de tener ya más de cien años.
Nuestra bisabuela Antonia Rivera tenía un refino en el Portichuelo. Era un pequeño negocio en el que vendía paños (sus padres tenían un batán), hilos, pasamanería, encajes, tiras bordadas, botones y mil y un detalles para las costureras. En aquella época (nos referimos al principio del siglo pasado) toda la ropa se confeccionaba a mano en las casas, por lo que se hacían imprescindibles todos los utensilios de costura para cada familia.





 El costurero contiene cajitas e hilos del refino



El refino del Portichuelo estuvo funcionando hasta finales de los años veinte, época en que nuestro abuelo Leandro consiguió montar su propia empresa y toda la familia se mudó a la calle Real.
Más tarde nuestros bisabuelos se mudaron a la calle San Pedro con su querida Teresa, y allí, en el soberado de la casa, donde tantos buenos ratos pasamos en nuestra niñez, se acumularon todos los hilos, botones y cintas sobrantes del negocio en cajitas y latas muy bien ordenados en los estantes.
Aquel era el paraíso de todos los niños de la familia, no solo porque a veces jugábamos entre la pequeña azotea y las escaleras de madera, sino porque nuestra tía Teresita, con su infinita paciencia y su infinita bondad, nos dejaba trastear entre aquellos tesoros y elegir pequeñas cosas que después nos permitía quedarnos.


Carretes de hilo
Su madera se convertía en unos mágicos tacones


 Pasamos muchas tardes, muchos días, mirando en aquellas cajas con Teresita, a veces aparecían cosas de nuestros tíos o de nuestra madre. A veces eran folletos de propaganda del cine. Otras eran fotografías familiares. Otras muchas eran cositas brillantes (botones, lentejuelas) que nos encantaban y Teresa nos regalaba para una caja de costura que abuela Julia nos había regalado.
Para aquellas manos infantiles cualquier cosa era un tesoro. De vez en cuando salía rodando un carrete de los de madera, ya vacío, que convertíamos en tacones cortándolos por la mitad. Unas vez cortados los pegábamos con "super" en las suelas de nuestros zapatos y jugábamos a ser mayores.


Carretes de hilo de colores


Una vez conseguimos tener tacones todas las primas, y nos fuimos corriendo a la petaquería para que nos ayudaran a hacernos los zapatos de tacón. después organizamos un desfile de modelos por los pasillos de la casa de abuela, dando vueltas alrededor de las cristaleras.
Otra vez conseguimos tener varios carretes, pero estaban sin estrenar, y no servían para hacer tacones, y sin estrenar llevan más de cuarenta años.


 Un original sobre de agujas
Muy elegante



Agujas de "La exposición Sevillana"
Cada sobre valía 1´50 (bastante caritas, la verdad)


Y hoy, al hablar de la camisería del "Catalán" y buscar unos gemelos para la entrada. Hemos recordado todos aquellos tesoros que acumulamos con aquella ilusión infantil y hemos querido rescatarlos por un minuto de sus cajitas y latas en las que están cuidadosamente guardados desde hace tanto tiempo. 
Así que por un día estos modestos instrumentos de costura se convierten en los protagonistas de nuestro blog, sabiendo que ya han adquirido, casi todos ellos, la categoría de centenarios:



Un puñado de botoncitos de azabache



Un puñado de botoncitos de cristal



Un puñado de botoncitos de nácar



Un puñado de botoncitos de madera



Un puñado de botoncitos de pasta




Borlones para pasamanería



Botones forrados de hilo y de tela







 Un botón de luto, para el ojal



 Este botón es mucho más moderno, de septiembre de 1971
Perteneció a nuestro padre




 Borlones de seda natural


Un pisacuellos simple



 Unos gemelos de metal



 Punzones y agujas de hueso
Antes era habitual ir al "moriero de los burros" a recoger huesos
para hacer utensilios y herramientas para la costura y la marroquinería



Dos huevos de madera para zurcir calcetines
Uno perteneció a "las Piñeritas", el otro a nuestra abuela Natalia




En aquel soberado quedan aún mil y un tesoros, que otras generaciones de niñas exploraron después que nosotras. A Teresita le encantaba que su nieta Elisa fuera una de las exploradoras y admiradoras del refino de nuestra besabuelas. Y seguro que estará feliz pensando que dentro de poco nacerá su bisnieta o su bisnieto, y en pocos años una nueva generación de "exploradores", la quinta, volverá a subir los escalones de madera para admirar los "tesoros" de la "retatarabuela" Antonia.

1 comentario:

Rafael Domínguez Cedeño. dijo...

Impresionante Esperanza, sin duda un recuerdo del ayer único, y cargado de historia,un auténtico tesoro, saludos.