martes, 22 de febrero de 2011

Candelaria la zapatera

 Candelaria Chacón Quero y su hija



Por Esperanza Cabello

Hace algunas semanas se puso en contacto con nosotros  una historiadora de Sanlúcar que estaba preparando una especie de itinerario por Ubrique en los que los hitos fueran mujeres y hombres que hubieran luchado por las libertades y la igualdad por si podíamos facilitarle algunos datos. 
Nos pusimos rápidamente manos a la obra y encontramos, casi sin esperarlo, una historia fantástica, original y muy humana que protagonizaba una zapatera ubriqueña nacida en el siglo XIX. Esta zapatera era la abuela de nuestra compañera Candelaria Fernández, que ha sido quien realmente nos ha contado una parte de su historia.
Como nos ha entusiasmado esta historia y creemos que es una de las que de verdad no debe perderse para la memoria de todos  en Ubrique, recuperamos los datos de que disponemos hasta el momento para que la vayamos conociendo, aunque realmente todos la conocen y sólo hay buenas palabras para recordarla.



Candelaria Chacón y Sebastián Fernández





Se llamaba Candelaria Chacón Quero, nació en 1888 en Ubrique.
Su marido, Sebastián Fernández Cobos, era carbonero, se casaron un poco mayores para la época, y recogieron a una niña, pensando que no tendrían hijos. Más tarde tuvieron cinco hijos propios.

La característica fundamental de Candelaria era su generosidad, su amor por los libros y su amor por la lectura, además de que no hacía distingos entre nadie, ella enseñaba a leer (sin ser maestra) a todo el que lo necesitaba, sobre todo a los jóvenes que trabajaban en su taller que iban a hacer su servicio militar, para que pudieran escribir a sus familias.
Era zapatera, la única mujer que, al mismo tiempo que su hermana Manuela, se ha dedicado a ese oficio en el pueblo, y se la conoce como "Candelaria, la zapatera". Candelaría vivía en el San Juan, cerca del también zapatero José Esquivel, padre de la maestra Isabel Esquivel.
Preparaba las letras para las murgas de carnaval, haciendo crítica social, sus letras eran divertidas y chispeantes, aunque ella era una persona muy seria.
También escribía artículos para revistas y periódicos de su época. Cuando escribía utilizaba un seudónimo: "Concha del Aria Can" (una alteración de su propio nombre).

Candelaria era una mujer preocupada por los suyos, con las ideas muy claras y de esas a las que no doblegaba nada por la fuerza. Una prueba de ello la tenemos en la siguiente historia:

Cuando entraron las tropas sublevadas en 1936 en Ubrique empezaron al asalto. Entraron por la zona del convento y subieron la calle San Francisco arriba. Todos los vecinos recuerdan con terror cómo iban entrando en las casas arrasando con todo y llevándose lo que les apetecía. Después  ellos mismos fueron repartiendo una parte del botín a los niños que iban encontrando.

Al llegar al San Juan repartieron botellas de vino a los niños y ella tuvo el tremendo valor de asomarse al balcón a decirles "Granujas, que a los niños no hay que darles vino, sino libros".

Murió en agosto de 1981, con 93 años, siendo una mujer querida y respetada por todo el pueblo.
 
 
 


En febrero de 2003 la chirigota “Las Marías” le dedicó  esta letra a Candelaria:


Yo no lo puedo olvidar
Quehace algunos años ya
De nosotros te marchaste.
Siempre te recordaré
Por tu barrio del San Juan
Con la tijera en la cintura
Esa que nunca dejaste.
Porque siempre te negaste
A ese plano secundario
De jocifas y sartenes
Reservao a las mujeres
Al que tú te rebelaste.
Fuiste un ejemplo
Poetisa de cantares
Escribiendo nuestra historia
En clave de carnavales.
Fina ironía
Arte, gracia y picaresca
Coplas con doble sentido
Llenaban todas tus letras.
Tú estarás
Siempre que llegue febrero
Presente en el carnaval
Y estas que aquí te cantamos
Nunca te defraudarán
Y lo que tú comenzaste
Con orgullo seguirán
Porque tú nos abriste el camino
Te vamos a dedicar
Estas coplas que cantamos
Y te queremos nombrar
En estos carnavales
Candelaria Chacón Quero
Tú que pusiste la antorcha
Zapatera prodigiosa
¡Musa de los Carnavales!

Febrero 2003. Las Marías.


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5 comentarios:

Aurora García Flores dijo...

Me ha encantado la vida de esta mujer, parece sacada de una novela.(Por cierto sería estupendo escribir un libro sobre ella). Este tipo de mujeres nos enseñan que se pueden hacer miles de cosas aunque la realidad sea adversa.Pero claro , pocas personas tienen esa valía.

singuango dijo...

En el artículo del BLC, publicado entorno a noviembre del año pasado daba cuenta, y comenté, que del taller de zapatería del Sr. Esquivel en la calle Real, salieron excelentes calzados artesanales. Del mismo modo, que del de Currito Sánchez de la calle del Agua, otros de finas hechuras.
Recordar -sin que los que no cité menoscabaran otros de mérito-a Candelaria en el San Juan. Dio oportunidad de estudios - también de magisterio - a su hija Inés.
A su vecino Juan María Mateos, en la calle S. Francisco, padre de Manuel, el último galardonado el “Día del petaquero” y del que se hizo eco, aquél blog.
El perfil ideológico y defensa de los derechos humanos del primero, son congruentes y patrimonio no exclusivo ni excluyente de otros. Pero esas son otras historias, para otros momentos, a medida que sus allegados y legitimarios directos vayan desvelando sus historias.
Con esta nueva aportación, se aprecia y agradece el buen trabajo conjunto de los blogs de nuestro pueblo. Gracias.

Esperanza Cabello dijo...

Leímos su comentario en Los Callejones cuando hicimos la entrada de Isabel Esquivel, y sigo pensando, como entonces, que estaría bien que alguien que conoce o recuerda ese mundo mejor que nosotros lo escribiera y nos lo contara a todos. Es verdad que había muy buenos zapateros en la zona. ¿Tiene más datos? Desde este blog podría, si quisiera, contarnos a todos algunas historias de los zapateros de Ubrique.
Gracias por los comentarios y un saludo

Rafa Vega dijo...

Llevo escuchando historias de mi bisabuela "Candelaria la zapatera" desde que era muy pequeño. Desafortunadamente esa fuente de información, que no era otra que esa niña que mis bisabuelos acogieron antes de tener a sus propios hijos, falleció recientemente llevándose con ella valiosos testimonios de primera mano. Les dejo una de esas historias como aperitivo:

Fue mi bisabuela a realizar la compra del mes en el autobús a alguna de las ciudades más próximas de ubrique -que ahora mismo no acierto a recordar-. Guardaba la compra en una canasta grande de mimbre que tapaba con un paño blanco de tela gruesa. Como el camino de vuelta era tedioso, el autobús realizaba una parada para descansar en la que todos los viajeros bajaban a estirar las piernas. Uno de estos viajeros era un clérigo que, ante la atenta y desesperada mirada del resto de hambrientos pasajeros, sacó de su zurrón una gran telera de pan y un queso... y venga pan... y venga queso... y venga vino. Y en "la época del hambre" imagínense ustedes lo que aquella visión causó en las retinas y glándulas salivares de los meros espectadores de aquel festín privado... por la gracia de Dios. Entonces, mi bisabuela pidió al conductor que le alcanzara su capacha que estaba en los altillos del coche y, me aventuro a decir que con el único objetivo de dar una lección al cura, repartió la compra del mes entre todos los pasajeros, dejando notablemente mermado el abastecimiento para los numerosos familiares que vivían en su propia casa durante ese mes.

Gracias por recordar de tan bella forma a mis bisabuelos. Saludos

Rafa Vega dijo...

Llevo escuchando historias de mi bisabuela "Candelaria la zapatera" desde que era muy pequeño. Desafortunadamente esa fuente de información, que no era otra que esa niña que mis bisabuelos acogieron antes de tener a sus propios hijos, falleció recientemente llevándose con ella valiosos testimonios de primera mano. Les dejo una de esas historias como aperitivo:

Fue mi bisabuela a realizar la compra del mes en el autobús a alguna de las ciudades más próximas de ubrique -que ahora mismo no acierto a recordar-. Guardaba la compra en una canasta grande de mimbre que tapaba con un paño blanco de tela gruesa. Como el camino de vuelta era tedioso, el autobús realizaba una parada para descansar en la que todos los viajeros bajaban a estirar las piernas. Uno de estos viajeros era un clérigo que, ante la atenta y desesperada mirada del resto de hambrientos pasajeros, sacó de su zurrón una gran telera de pan y un queso... y venga pan... y venga queso... y venga vino. Y en "la época del hambre" imagínense ustedes lo que aquella visión causó en las retinas y glándulas salivares de los meros espectadores de aquel festín privado... por la gracia de Dios. Entonces, mi bisabuela pidió al conductor que le alcanzara su capacha que estaba en los altillos del coche y, me aventuro a decir que con el único objetivo de dar una lección al cura, repartió la compra del mes entre todos los pasajeros, dejando notablemente mermado el abastecimiento para los numerosos familiares que vivían en su propia casa durante ese mes.

Gracias por recordar de tan bella forma a mis bisabuelos. Saludos