La Plaza a principios de siglo
Por Esperanza Cabello
Con un poquito de IA
La plaza del Ayuntamiento de Ubrique: arquitectura, poder y memoria
Nos encontramos en el corazón histórico de Ubrique, en la actual plaza del Ayuntamiento, un espacio que, más que una simple plaza, debe entenderse como el verdadero centro estructurador de la vida urbana tradicional. Aquí confluyen, de forma casi ejemplar, los tres grandes ejes del poder en la sociedad del Antiguo Régimen y la Edad Contemporánea: el poder civil, el religioso y el control de los recursos básicos.
El edificio del Ayuntamiento ocupa una posición central en este espacio, rodeado por dos calles cuyos nombres son ya documentos históricos: la calle Consistorio —antigua callejuela de la Cárcel— y la calle del Agua, que conserva la memoria de los torrentes invernales por los que discurría el nacimiento de Ubrique el Alto. Adosada al ayuntamiento, la pila de la plaza completa este sistema funcional. Hay además una fuente ornamental en el centro de la plaza, cuyo diseño correspondió al alcalde Manuel Janeiro Carrasco, y que ha estado muchos años en los almacenes municipales hasta que ha sido felizmente recuperada durante la presente legislatura.
Al otro lado de la plaza se alza la fachada principal de la iglesia parroquial; en su lateral, en torno a la Puerta del Perdón, se abre la plazuela de Francisco Fatou, configurando junto a esta plaza un conjunto articulado en torno al templo, con dos ámbitos diferenciados, pero íntimamente relacionados.
La plaza en 1965
Fotografía de Federico López Salas
Un edificio entre la Ilustración y la historia
El Ayuntamiento de Ubrique no es una arquitectura espontánea, sino probablemente el resultado de un proyecto académico ilustrado. Su posible autor, Francisco Antonio Quintillán y Lois, arquitecto vinculado a la órbita de Ventura Rodríguez y a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, diseñó en 1786 un edificio que debía albergar tanto las casas consistoriales como la cárcel pública. En este enlace está toda la información.
Este doble uso no es anecdótico: refleja una concepción del poder en la que administración y control social se ejercen desde un mismo espacio. La planta baja acogía calabozos y dependencias judiciales, mientras que la planta principal se reservaba para el gobierno municipal.
El edificio que hoy vemos es el resultado de ese planteamiento, pero también de su historia posterior. Fue destruido en gran parte en 1810 durante la Guerra de la Independencia, cuando las tropas napoleónicas incendiaron la villa, provocando además la pérdida del archivo municipal. Posteriormente fue reconstruido y ampliado, integrando nuevas edificaciones y generando una arquitectura heterogénea, aunque de apariencia clásica.
En su fachada, además, existió durante largo tiempo un elemento de gran carga simbólica: el escudo real, documentado al menos desde comienzos del siglo XIX y visible aún en fotografías de los años veinte. Este escudo fue sustituido posteriormente por el escudo municipal con corona mural, reflejando los cambios políticos del país .
La propia fachada del Ayuntamiento, por tanto, no solo es arquitectura: es también un reflejo de los distintos regímenes políticos que se han sucedido.
Los relojes de la Plaza
Hay un detalle que suele pasar desapercibido.
Mirando hacia la fachada de la iglesia, encontramos un reloj de sol.
Antes de que existieran los relojes mecánicos, el tiempo se medía así: con la luz del sol. Era un sistema sencillo, pero muy eficaz. Marcaba las horas del día y organizaba la vida cotidiana.
Por un lado, el reloj de sol en la iglesia, que representa una forma antigua, natural, casi ligada al ritmo del día y a la vida religiosa.
Por otro, el intento del Ayuntamiento de instalar un reloj mecánico en el siglo XIX, como símbolo de modernidad y control del tiempo civil. Y aunque ese reloj no cupo en la fachada y terminó en la Ermita de San Antonio, la intención era clara. Aquí, en este mismo espacio, convivieron distintas formas de medir el tiempo.
Y eso nos dice algo muy interesante, igual que el agua se canaliza, y la justicia se organiza, el tiempo también se controla.
Primero por el sol y después por la máquina y las campanadas.
La pila de la plaza: ingeniería, materia y memoria
En la fachada del Ayuntamiento se sitúa la fuente de los Cuatro Caños, conocida como “la pila de la plaza”, construida en 1727, pero cuya historia comienza mucho antes. No es una obra aislada, sino el resultado final de un proceso hidráulico complejo y prolongado en el tiempo.
Desde finales del siglo XVII, el agua del manantial del Benalfí ya era conducida hasta el convento de Capuchinos. En una primera fase, el sistema era rudimentario pues tenía conducciones mediante tajeas descubiertas y canales de madera para salvar el Arroyo Seco.
Posteriormente, la intervención del fraile capuchino Fray Pedro de Teba, considerado un “eminente ingeniero” entre los capuchinos, transformó completamente el sistema: introdujo conducciones más estables, con la construcción de la pila de los Nueve Caños (terminados en 1723), y desarrolló una red hidráulica más eficiente.
A partir de este momento, el cabildo municipal dio un paso decisivo. En 1726 solicitó autorización a la comunidad capuchina para utilizar estas aguas y destinarlas a una fuente pública en la plaza, impulsando la traída de aguas hasta el centro del pueblo,
Para ello fue necesario: construir un acueducto arcado que salvase el desnivel del Rodezno y utilizar un sistema mixto de tajeas y atanores para conducir el agua hasta el centro urbano.
Es decir, la fuente no es solo un elemento ornamental: es el punto final de una auténtica obra de ingeniería hidráulica del siglo XVIII.
La casa de los azulejos de la Plaza
Fotografía de Leandro Cabello
Arquitectura y materialidad
La fuente fue construida “al gusto de la época”, siguiendo modelos comunes en la serranía: estructura de piedra arenisca labrada en su parte ornamental, pilastras laterales de orden sencillo, composición equilibrada y funcional, pila inferior tallada en una sola pieza de piedra caliza, probablemente de mármol rosado de la sierra.
Este dato es especialmente interesante:
La misma lógica material podría relacionar la fuente con el Ayuntamiento, formando un conjunto armónico, aunque hoy oculto bajo capas de cal en la fachada consistorial.
Además, la fuente originalmente contaba con elementos decorativos hoy desaparecidos, como los mascarones de los caños, eliminados en una restauración de comienzos del siglo XX.
La inscripción: verdad, error y tiempo
En el frontispicio de la fuente aparece la inscripción que conmemora su construcción en 1727, bajo el corregidor cuyo nombre figura como “Fernando Márquez Barreño”.
Sin embargo, sabemos hoy que el nombre correcto es Fernando Márquez Mancheño. El error no es original, sino producto de una restauración posterior, cuando el desgaste de la piedra llevó a reinterpretar incorrectamente el texto. En este enlace podemos leer todos los datos.
Este hecho convierte la fuente en un caso excepcional, no solo es una obra hidráulica, sino un documento histórico alterado, donde la piedra conserva… y al mismo tiempo distorsiona la memoria.
De la fuente pública al agua moderna
Durante siglos, esta fuente fue uno de los principales puntos de abastecimiento de la población. El agua se recogía aquí para el consumo doméstico, en una sociedad donde no existía red domiciliaria.
No será hasta el siglo XX cuando este sistema cambie radicalmente. En 1937, dentro de la llamada “Obra Nacional”, se desarrolló una nueva traída de aguas, con la captación de los manantiales del Benalfí y el Nacimiento, conducción mediante tuberías modernas, elevación mecánica del agua, almacenamiento en el depósito de la Cornicabra con más de 500.000 litros de capacidad.
Este nuevo sistema, pagado conjuntamente por todos los ubriqueños, permitió el abastecimiento generalizado de la población, relegando a la fuente a un papel más simbólico y tradicional.
La fuente ornamental
fotografía de Leandro Cabello
La plaza y sus nombres: el reflejo de la historia política
Uno de los aspectos más interesantes —y a menudo menos visibles— de este espacio es su cambio de denominación a lo largo del tiempo, que refleja con claridad los distintos momentos políticos de la historia de España.
En distintas épocas, la plaza fue conocida como:
- Plaza de Alfonso XIII, en el contexto de la monarquía de la Restauración.
- Con la llegada de la Segunda República Española, pasó a denominarse Plaza de la República, dentro de un proceso generalizado de cambio de nombres en el callejero.
- En otros momentos, también se vinculó al concepto de Plaza de la Constitución, reflejando la importancia simbólica del constitucionalismo en la vida pública.
Este fenómeno no es anecdótico:
El nombre de la plaza actúa como un auténtico termómetro político, donde cada régimen proyecta su identidad:
Monarquía, dedicada a Alfonso XIII
República, dedicada a la República
Liberalismo, dedicada a la Constitución
Dictadura, dedicada a Franco
Y, sin embargo, en el uso cotidiano, ha permanecido como “la Plaza”, lo que revela la fuerza de la memoria popular frente a los cambios oficiales.
Un espacio total: poder, agua y sociedad
Si contemplamos el conjunto en su totalidad, entendemos que no estamos ante elementos aislados, sino ante un sistema perfectamente organizado:
- el Ayuntamiento → poder civil y judicial
- la cárcel → control social
- la fuente → abastecimiento vital
- la iglesia → poder espiritual
- el nombre de la plaza → expresión del poder político en cada época
Todo ello configura un espacio donde la arquitectura, el urbanismo y el lenguaje (los nombres) participan de una misma lógica.
Fotografía de Leandro Cabello
La plaza es un lugar donde la historia se escribe, y se reescribe
La plaza del Ayuntamiento de Ubrique es mucho más que un conjunto arquitectónico. Es un lugar donde la historia se ha ido escribiendo —y reescribiendo— constantemente, en la piedra de la fuente, que conserva un error, en la fachada del ayuntamiento, que ha cambiado varias veces de escudo e imágenes, y que incluso estuvo a punto de contar con un gran reloj, tan grande que no se pudo colocar y tuvo que ser instalado en el San Antonio, y en el propio nombre de la plaza, que ha ido variando según el régimen político.
Aquí, el agua, la arquitectura y las palabras cuentan la misma historia, la de una comunidad que, a lo largo del tiempo, ha ido adaptando su espacio central a las transformaciones del poder sin perder nunca su identidad.
La plaza en feria, postal de Gustavo Herrera
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