Por Esperanza Cabello
La Plaza de las Petaqueras
Corresponde al nuevo espacio urbano situado frente a la zona de El Rodezno y junto al antiguo convento de Capuchinos, inaugurada en 2024 como parte de la renovación del entorno histórico y turístico de esta zona de Ubrique y con motivo de la primera feria “Bajo la piel”
La Plaza de las Petaqueras es una pequeña placita moderna construida sobre la cubierta de un depósito de agua, aprovechando un espacio técnico que hasta entonces no tenía uso urbano. Su creación tiene además un fuerte simbolismo, porque vuelve a unir dos elementos esenciales de la historia ubriqueña, el agua y la industria de la piel.
No es casual que se sitúe precisamente junto al Rodezno, uno de los lugares históricos donde convivieron nacimientos de agua, tenerías, molinos y talleres artesanales.
La plaza de las Petaqueras posee un carácter mucho más visual, turístico y conmemorativo.
Se trata de un espacio abierto y despejado, pensado como pequeño mirador y punto de encuentro dentro de las rutas patrimoniales del municipio. Desde allí se obtiene además una perspectiva muy interesante del entorno del convento de Capuchinos y de la entrada histórica hacia la zona del Rodezno, por debajo del depósito de la Cornicabra.
Uno de sus elementos más llamativos es la reproducción decorativa de la ermita de San Antonio, concebida como estructura escenográfica y lugar para fotografías. Esta pequeña recreación se ha convertido rápidamente en uno de los rincones más fotografiados por visitantes y vecinos, especialmente durante actividades culturales y rutas turísticas. La elección de la ermita no es casual, ya que San Antonio constituye uno de los referentes patrimoniales y devocionales más queridos de Ubrique.
En el centro de la plaza se sitúa además un gran monolito vertical con una fotografía histórica de una fábrica de artículos de piel, funcionando como homenaje visual a la memoria industrial de Ubrique y especialmente al trabajo de las petaqueras.
La imagen recuerda aquellas antiguas fábricas donde durante generaciones trabajaron centenares de mujeres cosiendo, repasando, pegando o terminando piezas de marroquinería destinadas a firmas nacionales e internacionales. De este modo, la plaza no homenajea únicamente el oficio en abstracto, sino la memoria concreta de las trabajadoras de la piel, auténticas protagonistas silenciosas del desarrollo económico ubriqueño.
El propio nombre de la plaza tiene un enorme valor simbólico. Mientras la expresión “petaquero” suele utilizarse de manera general para el oficio marroquinero, el término “petaqueras” visibiliza específicamente el papel femenino dentro de la industria local. Durante décadas, miles de mujeres ubriqueñas sostuvieron buena parte de la economía familiar trabajando desde fábricas, talleres o incluso desde sus propias casas.
Muchas realizaban labores minuciosas y perfectas, como el cosido manual, el pegado, el repasado, la preparación de piezas, los remates finales y el control de calidad.
Su trabajo fue esencial para el prestigio internacional de la piel de Ubrique, aunque históricamente recibió menos reconocimiento público que otras figuras del sector.
Por eso esta plaza posee también un sentido de reparación histórica y homenaje colectivo.
El hecho de que esté construida sobre un depósito de agua añade además una lectura muy interesante desde el punto de vista patrimonial. Igual que ocurría históricamente en El Rodezno, bajo este espacio siguen conviviendo simbólicamente el agua y la industria de la piel: dos elementos fundamentales para comprender la historia de Ubrique.
La plaza forma ya parte de diversos itinerarios culturales y rutas urbanas relacionadas con la historia de la marroquinería, la memoria de las mujeres trabajadoras, el patrimonio industrial y los espacios históricos del entorno de Capuchinos y El Rodezno.
Aunque pequeña y muy reciente, la Plaza de las Petaqueras se ha convertido rápidamente en un lugar cargado de significado para muchos ubriqueños, porque representa la unión entre patrimonio, memoria obrera, identidad femenina y renovación urbana.
Es, en cierto modo, una plaza construida sobre la memoria del agua y del trabajo.
El convento desde la sierra
Fotografía de Manolo Cabello
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