Una de las inscripciones romanas antes de ser "aserrada" de su pedestal
Fotografía que había pertenecido al sacerdote antequerano Francisco García Sarmiento
Por Esperanza Cabello
En 1944, fray Sebastián de Ubrique publicaba su "Historia de la villa de Ubrique", primer libro fundamental en nuestra historia. Dos ubriqueños más, Serafín Bohórquez y Francisco García Parra, se ocuparon tanto de las ilustraciones como de la documentación para este libro, pues el fraile estaba interesado fundamentalmente por la historia religiosa.
En los últimos meses, el yacimiento romano de Ocurris está de enhorabuena, las visitas diarias son cada vez más frecuentes y el número de visitantes no para de crecer. Además, tenemos la suerte de contar con un equipo de la Universidad de Granada que ha realizado, hasta el momento, dos excavaciones en la zona y sigue en proyecto continuar con el estudio del yacimiento.
Puesto que el libro de fray Sebastián es cada vez más difícil de encontrar, hemos pensado en transcribir el capítulo del Ubrique Romano, para facilitar la tarea de aquellos que estén interesados. Advertimos que se trata de un texto muy extenso.
En esta otra entrada hemos publicado las páginas digitalizadas.
CAPÍTULO III
UBRIQUE ROMANO
Occurris. —España fue teatro de luchas intensas, durante las
guerras púnicas, que terminaron con la destrucción de Cartago, precedida de la expulsión
de los cartagineses de la Península (las últimas batallas se dieron en la
provincia de Cádiz) instalándose sólidamente en ella el poder militar de Roma,
no sin antes vencer la resistencia de Viriato, que tuvo lugar, entre otras
regiones, en la serranía de Ronda. Operóse entonces la completa romanización de
la Bética, y a la ciudad ibera y fenicio-cartaginesa sucedió la romana.
La Occurris propiamente dicha está situada en la meseta
superior de la sierra del Benalfí, vulgarmente conocida por el Salto de la
Mora. Una muralla ciclópea defiende, como hemos dicho, el acceso por la parte
del poniente y del oriente, aprovechando los demás sectores las defensas naturales
de la sierra. El acceso por la parte del poniente estaba formado por un arco
romano con columnas, cuyos fustes y bases aún se ven esparcidos por las ruinas,
seguramente tallados en la pudinga terciaria de la cantera inmediata. Una
robusta puerta, chapeada de planchas de bronce o de hierro, dejaba a la acrópolis
incomunicada con el exterior.
La superficie de Occurris está formada por cuatro recintos:
el recinto de entrada, recinto medio, recinto superior y recinto sur o del
aljibe.
Debemos a la amabilidad de D. Enrique Romero Torres, Director
del Museo de Bellas Artes de Córdoba, autor del Catálogo Monumental de
España—Provincia de Cádiz—y feliz investigador de las ruinas de Medina Azahara
el habernos facilitado la copia que posee del manuscrito de D. José Vegazo, que
obra en poder del Duque de Tilly y de T* Serclaes.
En 1792, D. Juan Vegazo, en la efervescencia producida por
los descubrimientos de Pompeya y Herculano, y cuando los cardenales Borbón y
Despuig reunían sus espléndidas colecciones, con el deseo laudable de ofrecer
algún descubrimiento sensacional a la nación, compró en 3.221 reales el pago
del Salto de la Mora. Decidió ir roturando el terreno para plantar una viña y
al mismo tiempo practicar excavaciones. Su sencillo relato va a ser la base de
nuestra descripción.
Recinto de entrada. —SECTOR DE LA IZQUIERDA. «En el año de
1793—escribe D. Juan Vegazo—pensé poner viña, para que con los hoyos, cavas y
labores correspondientes poder descubrir lo que debajo de tierra pudiera haber.
En efecto, próximos a la entrada, descubrí, cuadros de casas no
Procurando desenvolver este terreno, encuentro monedas,
plomo, metales, hasta que, cansado de tanto gasto, lo dejé, aunque mi deseo era
excavar el terreno de la sierra, para dar alguna noticia a la nación.
Próximos a uno y otro lado del horno que figuro, hay dos
grandes majanos de cantos y piedras, y advirtiendo a la mano derecha entre las piedras,
vese la tierra quemada, y en ella un moco de hierro con abundancia, hierrecillos,
como si en otro tiempo hubiera habido allí fragua. Vuelvo a porfiar, con nuevos
gastos, y reparo que catorce hombres que acudían a trabajar acudían con afán a
recoger monedas, de que algunos llenaron las faltriqueras. Recogí algunas y me
costó gratificarles, por conservar las bellas figuras que se demostraban y por
su antigüedad. En este sitio me parece había fundición, por encontrarse moneda
por acuñar, pedazos de metal, cobre, plomo, hierro, acero, escorias condensadas
del fuego, un garfio de metal, muchas púas de hierro de a cuarta, pedazos de
calderas, varios trozos de cuchillos u otros instrumentos cortantes, todo
corroído por el tiempo.
Recinto medio. — Una leve ondulación separa el recinto de entrada del
recinto medio. en cuya descripción seguiremos los apuntes de Don Juan Vegazo:
«Hay cerca otro majano — continúa D. Juan Vegazo—de mucha
piedra, y, aunque quité mucha parte de ella, viendo tanto gasto, seguí más al
centro del llano, y se encontraron cuadros de casas, todo de cantería, que para
cada hoyo de vid se necesitaban barras, escardillones y armaina, estando las
casas tan unidas, que todo este sitio era un escollo para los trabajadores y
gasto para mí.
Sin embargo, deseoso de descubrir alguna cosa notable,
continúo por dar en un recinto ovalado de piedras labradas. Mandé traer
espuertas, y que se profundizara hasta dar con los cimientos. A las dos varas
se descubre un enlosado de piedras jabalunas, tan unidas que, a fuerza de
armainas
y de barras, se levantó una parte, para poder ir moviendo las demás, cuando, a
las ocho varas de tierra que se ha excavado, con espuertas, en dicho llano, se
descubre una piedra por la espalda, de dos varas de largo y tres cuartas de
ancho, labrada. Junté catorce hombres, y. con la mayor delicadeza, se fue
inculcando con palancas y con arte, a fuerza de mucho trabajo. Se puso derecha,
descubriéndose letreros. El pedestal no es de piedra muy sólida. Algunas letras
están corroídas. Al fin se copiará a la inscripción. Siguen sacando losas de
una cuarta de grueso y vara en cuadro; otras de una y media; y, en fin, saqué
lo suficiente para mi lagar y mantillo.
Inmediato a la piedra anterior, se descubre otro pedestal
igual, aunque con letras distintas. Procuré conducirlos ambos, con bastante
trabajo, junto al camino para mayor vista. Después observé en un hoyo una
piedra labrada, que se halló ser un hombre, tronco sin cabeza, manos ni pies,
de alabastro blanco, como la leche, con ropaje a la espalda de piel de león y
el pecho labrado. Hubo la desgracia de que, para sacarlo, le rompieron parte
del hombro y pecho. Demuestra como si hubiera tenido una tarjeta en los pies.
Hallé una mano sin dedos.
Los trabajadores conceptuaron que debajo de esta figura había
algún tesoro, o cosa de valor, y así profundizaron hasta ser preciso hacer escaleras
en el hoyo para vaciar con espuertas la tierra. Sólo se encontraron cantos y
columnas, una de dos varas, otras en pedazos, medio capitel de alabastro, un
pedazo de moldura de jaspe, pedazos redondos de alabastro, como de columnas,
muchas losas partidas delgadas de alabastro y de jaspe y lo principal un canto
de piedra flexible, que, apenas se sacó, cuando se deshizo. Tenía letras, y se
percibió decían: Liviae. Lo demás se escareció.
Debajo de este se encontró otro canto, lleno de molduras, infiriéndose estaba
el busto sobre estas dos piezas, por lo que conceptúo sería esto algún templo.
No satisfechos los trabajadores con lo sacado, se empeñan en
ahondar más, y, como a tres varas, después de sacar los escombros de esta
población, encuentran tierra limpia y sin fragmentos de obra ni cantos; y, como
a la vara de más profundidad, se vuelven a encontrar otros nuevos fragmentos de
mezclas, cantos, ladrillos, platos quebrados, cristales, y, en fin, ruinas casi
evidentes de otra población más antigua que la descubierta primero. Como en
partes el terreno forma declive y en parte es llano, no es extraño que, con los
dilatados siglos que han pasado, se haya corrido la tierra, y se haya ocultado
esta primera población, así como se ha perdido la memoria de la población
romana, pues parece que ningún autor habla de ella, así con más razón se
ignorará la precedente.
Si se ahondase este terreno, así como más inmediato a la
superficie se han encontrado medallas e inscripciones, que hablan de los
emperadores romanos Commodo, Antonino, Adriano, Trajano, Teodosio y otros, no sería
mucho que más profundo se hallaran algunas lápidas o monedas que dieran alguna
luz sobre los primeros habitantes; pero yo he hecho más gasto de lo que he
podido.
El año 1795 continué completando el plantío de viña en todo
este llano, y se encontraron distintas paredes de cimientos de cantería muy
sólida, un aljibe o baño en una casa casi redondo, sus esquinas eran redondas y
poco honda en su medio. Esta casa estaba enladrillada con ladrillos, como de
cuatro dedos, todos de punta. Se halló un pedazo de letrero, en piedra
jabaluna, que parece decir: CAESARI ADRIANO DEDICATIONE, media pilita de
mármol, como una taza; unas lositas de mármol; medio capitel de alabastro y un
pedazo de moldura de jaspe de columnas; varios ladrillos chicos, unos de llano
y otros de punta; otra cosa con figura de flor, por tener un ladrillo pequeño
en medio y cuatro en los lados de punta de diamante. En fin, donde pensé hacer
casa para mi habitación, costó gran trabajo limpiar el terreno, descubriéndose
una casa superior por el terreno que ocupa. En una parte formé sobre los muros
que descubrí, y deseoso de ver el plano, admiro la tapicería de piedras que,
formando tableros de damas de diversos colores, causaba admiración a quien lo
miraba. Enseguida estaba formada una meseta, saliendo del centro un tronco con
ramos de flores y lirios de varios colores, tan delicados, que al tacto y vista
casi no se encontraban, cuando los quité por tener que rebajar el terreno.
Este cerro en su mayor altura está lleno de cantos y demás
fragmentos, y en una casa de esta encontré vestigios de otra fragua. Al fin de
esta sierra estaba un almacén de cantos y piedras, y una era redonda de mampuesto.
Como me dijeron que sonaba hueco cuando se trillaba, la hice romper por tres
sitios, y encontré un caño que le atravesaba, y estaba lleno de una masa como
de cenizas condensadas. En estas roturas hallé como si hubieran vaciados
algunos crisoles y un zarcillo o arete de oro como una lágrima de pendiente: su
peso como de veinte reales.
En el almacén de piedras arriba dicho descubrí un gran
estanque, y junto a este, más bajo, otro pequeño, que infiero comunicaría el
agua por un agujero que tiene en el fondo al extremo de la era para alguna
fragua, por los escombros que se demuestran.
Este estanque grande sigue por un lado contra la era, una
como mina abovedada, hasta parecer salir de la era. Está caída, llena de
piedras y picaduras. Salen de ellas varias paredes por los dos extremos, unas
rectas y otras de varias figuras. Por el otro extremo descubrí un aljibe, con
el techo en su centro, con grandes y vistosas molduras con distintos charolados
de colores.
Esta montaña estuvo amurallada, desde la fábrica de los
baños, que está a la subida, por ir por aquel cerro pedazos de paredones,
poniéndose en evidencia que en esta altura estaba la fortaleza y los que la
gobernaban, y al pie de ella el centro de la ciudad, llamada Ocurritano. Descubriéndose
en el día, a distancia de un cuarto de legua las obras de cantería y fragmentos,
que no dejan duda que sería una población grande y magnífica.»
Recinto superior. —La sierra forma a la izquierda una cresta abrupta, de
difícil subida, sobre una pequeña meseta que domina el horizonte, se ven restos
de construcciones, seguramente porque debió estar emplazado el castillo o parte
superior de la acrópolis. El acceso es casi imposible por todos lados, excepto
por el sur. por dónde se comunica con los recintos de entrada y medio, donde
estuvo emplazado el centro de la ciudad que acabamos de describir. La erosión
continua de lluvias y temporales ha hecho que los restos en la actualidad sean
escasos. En el centro se ve una construcción de argamasa.
Recinto del aljibe —Separada de los anteriores recintos por una muralla natural
de rocas jurásicas, y orientada al sur, está la parte más amplia de la ciudad,
protegida también por defensas naturales. Una escalera tallada en la piedra
pone en comunicación ambos recintos.
En este está emplazado el aljibe a todas luces romano. La
base es de una sola piedra, y el hormigón o argamasa forma una gran elipse y cubierta,
nutriéndose de un cuadro, antiguamente enladrillado, para recoger el agua de
lluvia, tan bien construido, que aún presta servicio.
Al lado hay una construcción, que llaman el Baño de los
Moros, según la costumbre de estas gentes de atribuirles toda construcción
antigua. Las esquinas interiores no son cuadradas, sino redondeadas, sin duda amortiguar
los efectos de la presión. Por el sur tiene un registro y cañería de desagüe, y
como esto supone cantidad de agua, plantea el problema del abastecimiento de
aguas de Occurris, que no hubiéramos creído posible, a no haberlo adivinado D.
Juan Vegazo en sus excavaciones de últimos del siglo XVIII.
Supone éste erróneamente que la mal llamada Mezquita a la
subida, eran unos baños y que hasta allí llegaban las aguas de Benaocaz. Sus investigaciones
descubrieron que fue conducida hasta Occurris en atanores de plomo el agua del
manantial de Castril, y fue siguiendo los restos del acueducto hasta comprobar
su existencia. Para informarse mejor, fue hasta Benaocaz, preguntó a los
ancianos y le confirmaron lo dicho; y, hallándose allí predicando el P. Diego
de Ubrique, le dijo que había visto un atanor de plomo que había sacado un
cabrero de entre un lentisco de la cañería de los romanos. De ser esto así,
asombra el trabajo de ingeniería de los antiguos para surtir de agua a su
ciudad.
El terreno del recinto del aljibe que comprenderá poco más de
dos hectáreas, ha sido removido por el arado, para emplearlo en la siembra de
cereales y los restos de la ciudad han sido amontonados en enormes majanos. En
ellos hemos recogido ejemplares muy curiosos que guardamos en nuestro
incipiente y pequeño museo.
«En el fondo de la haza—afirma D. Juan Vegazo—es probable se
encontraran muchas cosas, pues sin mayor diligencia, al cavar las cepas, se han
hallado pedazos de tazas con alguna letra y flores, y uno tenía grabado en
relieve una figura vestida a la romana. En el terreno contiguo a la sierra del
Benalfí se descubren ruinas, cuadros de casas y muchos fragmentos, cantos hasta
el llamado Cerro de la Llave, donde entre los-olivos se descubren restos de una
población, que sería muy populosa.
Resumen de las excavaciones. — La ciudad explorada por D. Juan
Vegazo, hace aproximadamente siglo y medio, es mucho mayor y de más importancia
de lo que nosotros mismos suponíamos. Es de lamentar que estas excavaciones no hubieran
sido dirigidas por técnicos, aunque es preciso confesar que la Arqueología se hallaba
por aquellos tiempos en su infancia. De su relato se desprende que el pavimento
de las casas principales estaba formado por finísimos mosaicos, que hoy tienen
alta cotización, y que se deshicieron por no haber empleado obreros
especializados, como se ha hecho con los de Itálica, que hoy lucen en la
suntuosa morada de la Sra. condesa de Lebrija y en los salones de los palacios
de la Exposición Ibero-Americana de Sevilla. Cita el hallazgo de vasos
fúnebres, ánforas e hidrias romanas, con escenas de mitología que tanto abundan
en los museos de Nápoles y Roma. Asimismo, los restos de pavimentos, decoración
incisa, capiteles, inscripciones, vidrios, ungüentarios, lucernas, monedas y
joyas, que desgraciadamente se perdieron para la historia del arte, porque entonces
estaban en embrión los museos arqueológicos. Los que supone aljibes eran unas
veces silos para cereales y otros depósitos de argamasa especial para guardar
el aceite y el vino. Otros que también creyó aljibes decorados interiormente
son cámaras funerarias, como las de la necrópolis romana de Carmo, la antigua
Carmona, y lo demuestra el hallazgo de las joyas familiares del difunto.
En cambio, de este desconocimiento, hemos de agradecerle el
haber descubierto las dos inscripciones que hoy se hallan en el Museo Arqueológico
de Cádiz, sin las cuales apenas conoceríamos la existencia de Occurris o su
emplazamiento: las noticias interesantísimas sobre la conducción de aguas; las
referentes a la estatua y culto de Proserpina, que viene a los romanos de los
iberos y confirma la existencia anterior de la ciudad ibérica, siendo de
lamentar que no se haya conservado el torso. Igualmente hemos de agradecerle el
descubrimiento del nivel inferior de Occurris, indudablemente fenicio.
En nuestra niñez alcanzamos a ver el torso de mármol de
Génova de una de las estatuas, a cuyos pies debió estar una de las
inscripciones. Los eruditos a la violeta la bautizaron con el nombre de Cleopatra;
pero debió ser de la que llama D. Juan Vegazo de Proserpina. La barbarie de los
campesinos y de muchos de los visitantes las ha destruido completamente y hecho
desaparecer, aunque se conservan parte de las basas, labradas en piedra caliza
del país y han perdido los geniecillos de la victoria que las adornaban.
En nuestra pequeña colección hemos podido reunir, la
inscripción sepulcral procedente de Occurris, restos de ladrillos para
decoración interior de incisiones para que prenda la argamasa; medio talento o
pesa grande; pedazos de jaspe verde con veteado blanco para decoración interior
del alicatado de las habitaciones; un ejemplar de ladrillo cortado y tallado,
que demuestra que esta industria no era desconocida por los romanos; ladrillos
pequeños para pavimentación interior; monedas romanas de varios emperadores;
restos de cerámica roja de admirable finura.
Del término de Occurris tenemos una pesa pequeña de ladrillo
con su orificio, para colgarla; tégula para cubierta funeraria, hallada en la necrópolis
de los Olivares: urna cineraria rota, hallada en la necrópolis del Solimán y
otros varios objetos de menor importancia.
Cuando se hallaban las ruinas plantadas de viña y árboles,
los fustes inhiestos en medio y todo, mejor conservado, daba una impresión inolvidable.
Las vistas desde aquella altura, verdaderamente espléndida, contribuían a dar a
aquel sitio ese aspecto inconfundible de ciudad enterrada, cuyos secretos se
pierden en la lejanía de los siglos. Hoy todo está arrasado por los ganados, y
la manía destructora y el ansia de hallar tesoros hacen que apenas se pueda
conservar algo más que el nombre de la antigua Occurris.
Inscripciones romanas de Occurris. —Las excavaciones practicadas por D.
Juan Vegazo en 1794 tuvieron, como hemos visto, por resultado inmediato
descubrir dos inscripciones romanas, que estaban debajo de sus respectivas
estatuas.
La primera mide 75 por 64 centímetros, está grabada en piedra
caliza del país, en letra capital rústica, y dice así:
Faltan, en la línea 3ª una H., para que se lea PARTHICI; al
principio de la línea 4ª una N., para que se lea NERVAE: en la 5ª AE, en la
línea 8ª RES, para que se lea RESPUBLICA y en la penúltima DEC, para que se lea
DECRETO.
Su traducción, basada en la de Mateos Gago, es la que sigue:
«Al Emperador César Divino Adriano, hijo del divino Trajano Pártico,
nieto del divino Nerva, bisnieto de Elio Adriano Antonino Augusto. Pío
Pontífice Máximo, en el año V. de su Potestad Tribunicia y III de su Consulado,
la República de los Ocuritanos, por decreto de sus Decuriones, dedica esta
memoria».
Es del año 142 de Jesucristo, y está copiada en Hübner en el
número 1336.
La segunda es como sigue:
Mide 60 por 48 centímetros, está labrada también en letra
capital rústica. y se lee así:
«Al Emperador Cesar Marco Aurelio Commodo Antonino Augusto Pio,
Feliz, Germánico Sarmático, Pontífice Máximo, en el IV año de su Potestad
Tribunicia, en el X de su Imperio y V. de su Consulado. Padre de la Patria, la
República de los Ocuritanos, por decreto de sus Decuriones, le dedica esta
memoria».
Pertenece al año 186? y ocupa en Hübner el número 1337.
Historia de las inscripciones. —Desde las excavaciones de 1794, en
que se descubrieron, D. Juan Vegazo las copió, llevado de su afición, y las
mandó a D. José de Rojas, Catedrático que fue de la Universidad de Sevilla.
Este hizo observaciones muy juiciosas, que más tarde había de confirmar Hübner,
sobre las copias imperfectas, palabras a suplir por estar ilegibles, y la data
en que Marco Aurelio obtuvo la potestad tribunicia, que, según él, debía ser
XII. A la Academia de la Historia mandaron comunicados D. Andrés Palacios de
Córdoba, en 1802, D. Mateo Francisco de Rivas en 1805, D. Simón de Zamora, en
1805, insertándolas en su Boletín la Academia. De aquí las tomó Masdeu en su
Historia Crítica de España (Ms. 4 p. 1770-1772) al cual se la enviaron Cd y
Santaella y las envió además Berlanga en 1862.
El culto arqueólogo y numismático D. Francisco Mateos Gago,
gloria de Grazalema e inmortal polemista, visitó las ruinas y copió las inscripciones,
insertándolas y traduciéndolas en el t. VII de sus Opúsculos.
Mateos Gago consigna la narración de un anciano de Ubrique
que contaba haber visto cuando niño dos grandes cabezas de piedra muy blanca sobre
los epígrafes y un geniecillo con sus alas y una corona en la mano (una
victoria romana) sobre la columna de en medio; y aun asegura que una de las
cabezas había servido para hacer un mortero a un boticario del lugar.
Advierte Mateos Gago que la lección Occurritanorum, que le
remitió el Sr. Rodríguez de Berlanga, es una equivocación manifiesta. En ambas piedras
es indubitable la lección OCVRITANORVM.
D. Antonio Guerrero, estando en Ubrique, creo de notario, y
D. Antonio Segovia, alcalde de Villaluenga, las mandaron aserrar y las llevaron
al Museo Arqueológico de Cádiz, donde se encuentran.
El aire de mar descompone los folios de las capas de caliza sedimentaria,
en la que están cinceladas, y pronto serán totalmente ilegibles. ¿No habría
alguien que se interesare por que les fuera puesto un cristal para
preservarlas?
Hübner en Ubrique. —El célebre epigrafista alemán Emilio Hübner estuvo en
Ubrique, para visitar las ruinas y copiar las inscripciones. Para vergüenza de
los ubriqueños topó con un vivo desaprensivo y codicioso, que le pidió una
cantidad exorbitante por llevarlo al Salto de la Mora, que está a un paseo del
pueblo, y así esta eminencia de fama mundial se fue con las ganas de verlas. He
aquí lo que estampó en su monumental obra CORPUS INSCRIPTIONUM LATINARUM —
INSCRIPTIONES HISPANIAE LATINAE—Berolini—1869 t. II. p. 179-180.
Hübner, después de insertar las
inscripciones que anteriormente hemos copiado y de corregir las letras que
faltan y el error de la data en que recibió la potestad tribunicia Marco
Aurelio Commodo, pasa a insertar la tercera inscripción romana.

Como se ve. Hübner ha corregido las parles legibles y dejado
lo ilegible de la inscripción, que se puede traducir aproximadamente así:
«A Postumia, carísima hija de Honorata Barbesulana,
sacerdotisa de las divinas augustas, Postumio Optato, su Padre… en honor perpetuo
de su Municipio, le dejó por sus méritos… y
además dio un banquete, dedicándole esta memoria.»
Esta Postumia, natural de Barbésula, parece hija de una
familia de sacerdotal, bien de las divinas augustas o de los divinos augustos,
por haberse leído divinarum, en vez de divinorum o divorum y Postumio tal vez
sería flamen o de algún colegio de augures. Barbésula estaba situada, según
unos, en Marbella, y, según el P. Flórez, en su España Sagrada, en Manilva,
junto a la desembocadura del Guadiaro. Había otra Barbésula, que debe
corresponder a Barbate. Nosotros nos inclinamos a Manilva, porque precisamente
la inscripción que inserta el P. Flórez contiene el epulo dato
lo mismo que la de Postumia.
Se refiere a un banquete fúnebre.
Por lo que dice Hübner, parece que esta inscripción es la
contenida en el cipo, que existe en Ubrique, en la calle del Llano del Río,
empotrado en la esquina de una casa.
Nombre de Ubrique. —D. Enrique Romero Torres, en su Catálogo Monumental de
España — Provincia de Cádiz, además de insertar las precedentes inscripciones,
añade un dato muy importante:
«En el Museo de la Real Academia de la Historia hay un
fragmento epigráfico, procedente de las ruinas de Cazlona (Cástulo) en la que
se menciona a un Bebio Dencio, natural de Ubrique (Ucoritanus). Dice el P.
Fita, en el Boletín de la Real Academia de la Historia, t. LV1II p. 42, que el
nombre romano en la presente Ocori se acerca mejor a la pronunciación medieval
y moderna que tiene este pueblo. (T. 1. p. 45).
Respecto al nombre de Ubrique hay gran divergencia. Hübner
copió OCURRITANORUM y por tanto OCCURRIS; Mateos Gago leyó Ocuris; la
inscripción preinserta lo llama Ocori. Tal vez sea más conforme al nombre
ibérico o libio-fenicio OCCURRIS.
Nueva inscripción romana. — En 16 de abril de 1936, la víspera de la detención
de la Comunidad de Capuchinos de Ubrique, tuvo el autor de esa obra la suerte
de recoger una nueva inscripción de Occurris, que en vano había tratado de encontrar
en sus excursiones, repetidas en tantos años a sus ruinas. Se la entregó a su hermano
D. Francisco Carrasco un joven, hijo de Chamorro. Fue encontrada en una
sepultura, en la que dominamos segunda necrópolis de Occurris. Dice así:
La inscripción está grabada en mármol; su tamaño es de 17 por
16 cent. y su traducción aproximada, dado lo incompleta que se encuentra, es la
siguiente:
“El panegírico… lo
decretó Antonio Bucco
(aquí el nombre de la mujer del que sólo nos queda la A final), esposa carísima
(u otro apelativo semejante) y hermana.»
Ordinariamente el panegírico o laudatio lo decretaban los
Decuriones o el Ordo, como se ve en la inscripción de Lacídula (Grazalema) que
cita Mateos Gago. La segunda parte que empieza en nominativo parece que se
refiere a sus familiares que costeaban la lápida o estatua o consignaban que se
les remitían los gastos.
La inscripción es muy interesante para la historia de
Occurris. Es la primera que se encuentra en mármol, y no en piedra caliza, como
las anteriores. Está grabada en capitales muy recientes. Parece de últimos del siglo
III o IV después de Cristo. No hay en ella ningún signo cristiano.
Necrópolis 1ª, llamada la Mezquita. —A la subida, antes de entrar en el
recinto fortificado, siguiendo la costumbre que tenían los romanos de enterrar
en las vías de acceso a sus ciudades, está la necrópolis primera, que por su
suntuosidad parece dedicada a una familia principal. Los naturales del país la
llaman la Mezquita equivocadamente. Hundióse parcialmente la bóveda. fue
arrancada la puerta y sólo han quedado los muros de piedra caliza y durísima
argamasa. La necrópolis o cementerio romano forma un recinto con bóveda de
medio cañón. Al fondo y a los dos lados grandes arcosolios
destinados a sepulcros principales y entre ellos lóculos,
destinados a contener urnas cinerarias. Urnas, inscripciones, Todo ha sido bárbaramente
destruido. El saqueo ha debido ser antiguo, pues no ha quedado memoria de
ningún resto o inscripción.
Hasta que no se haga una investigación a fondo o se encuentre
alguna inscripción, tenemos a la necrópolis por pagana, teniendo en cuenta que
los cristianos no practicaban la incineración, sino la inhumación, y de aquí la
pequeñez de los lóculos que debieron contener las urnas. D. Juan Vegazo en sus
Antigüedades de Ubrique, insiste en llamarla baños; pero basta una inspección
sencilla del que haya visto necrópolis romanas, para convencerse de que éste y
no otro fue su destino, siendo nuestra convicción de que debió pertenecer, como
enterramiento particular, a alguna familia opulenta.
Necrópolis 2ª de Occurris. — Ninguno hasta ahora había logrado localizar esta
segunda necrópolis de Occurris. hasta que encontramos la nueva inscripción que
arriba reseñamos. Desde entonces han sido más frecuentes nuestras visitas y
hemos logrado hacer un estudio más detenido de sus restos. Está situada entre
los terrenos de Santa Lucía y Occurris. El sitio forma varias mesetas contiguas
a una era. Un poco más abajo está una cantera de pudinga
terciaria, de donde se han sacado piedras de molino. Más arriba está la
necrópolis, descubierta por nosotros. Generalmente las sepulturas están al lado
de grandes piedras. Están construidas de argamasa y piedra por los cuatro lados
y cubiertas por tégulas grandes de ladrillo o por losas de las que hay
abundantes canteras en el país. El difunto descansa sobre una piedra de unos
cuarenta centímetros de larga y de unos veinte o treinta de ancha, que le sirve
de almohada. Suelen encontrarse restos de pequeñas ánforas o vasos funerarios,
un anillo y la moneda que le ponían en la boca para pagar la barca de la laguna
Estigia. De las piedras funerarias sin inscripción se encuentran infinidad de
ellas, así como otras más labradas. Las inscripciones escasean, bien que no se
ha hecho excavaciones ni exploraciones a fondo. La necrópolis se adentraba en
campos que son hoy de cultivo, donde a menudo suelen aparecer restos. Las
sepulturas principales están construidas de argamasa y material con relativo
lujo y gasto, aunque todas destrozadas en el afán de hallar tesoros. El gran número
de piedras, sepulturas de argamasa y tégulas destrozadas hace suponer la
extensión e importancia del cementerio, dado que por la edad de las
inscripciones se conoce que se enterraron aquí los romanos durante varios
siglos. El procedimiento empleado parece ser la inhumación alternando con la
incineración. No hemos podido descubrir hasta la fecha ningún signo de
sepultura cristiana, y esto a pesar de ser este cementerio el que suponemos más
moderno de las demás necrópolis romanas, que más adelante iremos describiendo.
Ruinas romanas del término de Ubrique. —Es imposible hoy determinar si en
el emplazamiento actual del pueblo de Ubrique hubo un núcleo de población,
independiente de Occurris. En el solar de la iglesia de San Antonio debió
alzarse alguna torre, de donde tomó origen el nombre de la calle de la Torre,
que parece tener su origen en una tradición. Esta, si la hubo, debió ser
destruida por el Duque de Arcos en las razias preliminares de la reconquista de
la villa.
El cipo romano que se conserva en la esquina de una casa del
Llano del río, hemos dicho que tal vez sea la inscripción de Postumia, procedente
de Occurris.
Necrópolis del Solimán. —Del lado arriba de la fuente del Solimán (moro dueño de la
Garganta Millán antes de la Reconquista) se encuentra una necrópolis romana, en
la que se han descubierto muchas sepulturas y algunas urnas cinerarias y
pequeñas ánforas. La que conservo en mi colección en poder de mi familia, rota
en pedazos, supone que fue necrópolis pagana, aunque se han empleado
indistintamente los procedimientos de inhumación e incineración. Las sepulturas
están formadas por losas laterales y de cobija en las que abunda el terreno.
Villa o fortaleza de los Bujeos. —Cerca de la punta de la Herriza se
encuentra el emplazamiento de una villa o fortaleza, cuyo nombre se desconoce
en absoluto. Nos inclina a creerla fortaleza la magnitud de sus restos y su
emplazamiento, formando triángulo con Cardela y Occurris.
Se conservan fustes de gran tamaño, capiteles de orden
compuesto, labrados en piedra arenisca de las canteras próximas, restos de mosaicos
gruesos, un aljibe de construcción romana. Se da el caso de haberse encontrado
en el fondo de dicho aljibe un hacha de piedra neolítica. También se encuentran
monedas, aun no descifradas. Perteneció al difunto D. Miguel Bohórquez Vecina y
hoy a su viuda y herederos.
Todo parece indicar una construcción de grandes dimensiones,
dada la grandeza de los capiteles y restos que se conservan.
Necrópolis del Cerro de la Llave. —En los alrededores del Cerro de la
Llave se encuentran restos romanos, especialmente una cámara sepulcral de
argamasa, hoy despojada. Se ignora el nombre de esta ciudad, cuya importancia
habrán de despejar las futuras excavaciones, una vez que estos estudios
alcancen mayor desarrollo.
Necrópolis de los Olivares. —En la meseta de la viña que fue de don Ventura Gil
se ven los alineamientos de piedras berroqueñas sin labrar, que indican las
sepulturas, las tégulas o cubiertas andan en la cañada hechas fragmentos. En la
viña, posesión de mi señora madre y hermanos, se han descubierto lucernas y en
la referida necrópolis una pesa romana. Al construirse las casas actuales y
nivelar el terreno, se encontró una cruz de mármol, que rompieron y extraviaron
los niños. Da que sospechar esto si se trata de una necrópolis o cementerio
cristiano.
Organización política y social de Occurris. —El lenguaje expresivo de las
inscripciones encontradas nos permite reconstruir política y socialmente lo que
fue Occurris durante la dominación romana.
El municipio de Occurris estaba constituido por dos
duunviros, que hacían las funciones de alcaldes, dos ediles y un cuestor, que
ejercía las funciones recaudatorias y administrativas. El cortejo de los
duunviros eran dos lictores con fasces y por la noche con antorchas. Sus
atribuciones eran presidir la curia, con jurisdicción civil y militar para las
causas mejores, levantar tropas para la defensa, conocer la causa de indignidad
de los decuriones, conocer en las causas inferiores a 15.000 sextercios y
practicar las diligencias de las causas que habían de substanciarse ante el gobernador
de la provincia.
Seguían a los duunviros los decuriones, cuyas atribuciones
eran:
1ª nombrar custodios y sacerdotes de los templos y determinar
las fiestas y presupuestos de los mismos
2ª nombrar patronos de la ciudad ante el gobernador de la
provincia o ante el Senado
3ª cobrar las cantidades al Erario
4ª manumisión de
esclavos
5ª ver las apelaciones
contra multas, impuestas por los duunviros o los ediles
6ª demolición o construcción de edificios
7ª armar y equipar las milicias en tiempo de guerra.
Los decuriones eran responsables con sus bienes de su
gestión, lo que contribuyó a que el cargo que era honorífico, se convirtiera
después en odioso. Dicho cargo llegó más tarde a ser hereditario, a modo de los
regidores perpetuos del siglo XVIII.
Las bases de la tributación eran: la capitación
(impuesto personal) el stipendium (contribución territorial); la portona
(aduanas); la viccessima haereditatum (derechos reales); la vicessima
libertatis (20 por ciento de la venta de esclavos); vectigalia
(rentas públicas); y las annonas (impuesto en especie sobre bienes
muebles e inmuebles).
El lector tal vez se extrañará que en unas ruinas al parecer
tan míseras y en tan abrupto lugar colocadas hubiera todo el aparato político
de una ciudad; pero el lenguaje de las inscripciones y demás testimonios históricos
es concluyente.
A lo que parece, Occurris era ciudad estipendiaría, y su
curia estaba formada por cien decuriones. Estos tenían toga especial; se
reunían periódicamente en edificio propio y redactaban las ordenanzas
municipales. Se renovaban cada cinco años, por medio de elecciones,
presentándose los candidatos y presentando toda la asamblea o curia sus votos
en las cistas o urnas.
En Occurris la población estaba formada por dos duunviros,
dos ediles, un cuestor, cien decuriones, los que estaban en el Album de los Decuriones
(Album Decurionum). precediéndoles los patronos del municipio, los
quinquenales, los duunvirales, edilicios y cuestores. Entre los duunviros los
había por derecho o nacimiento: los allecti, nombrados por méritos
especiales por la misma curia, y los pedánei,
que estaban diseminados en villas y pagos por el término municipal.
Sentábanse en último lugar los praetextati, hijos de los anteriores, que
no tenían edad para el decurionado.
Para el acuerdo
municipal era necesario el voto de la mayoría o de las dos terceras partes del censo, y los
acuerdos obligaban bajo fuertes multas pecuniarias.
La ciudad tenía su templo, aun no localizado, sus sacerdotes
o Flamen y sacerdotisas, como se ve por la inscripción de Postumia.
Clase especial eran los esclavos, que no gozaban del derecho
de ciudadanía, y estaban destinados al cuidado de las villas, cultivo de los campos
y guarda de ganados.
No se vaya a creer que toda esta población estaba
precisamente en el recinto de Occurris, sino diseminada en las faldas de Santa
Lucía y en las numerosas y opulentas villas del término, como se vio cuando
llegamos a describir las ruinas romanas del resto de la demarcación de Ubrique.
Convento jurídico—Saltándonos del término de Occurris, ésta se hallaba
relacionada con Iptuci (Cabeza de Hortales) Carissa Aurelia (Junta de los ríos)
Ars (Arcos) Lastigi (Zahara) Lacídula (Grazalema la vieja) Acinipo (Ronda la
vieja) Assido (Medinasidonia) Caret o Hasta Regia (Jerez de la Frontera).
No sabemos a qué atenernos de cierto respecto del convento
jurídico (Audiencia) a que perteneció Occurris.
Convento Jurídico de Cádiz (Gades) según el Apéndice de la Historia de
España de D. Modesto Lafuente:
No incluye muchos pueblos, que, según Ceán Bermudez se
atribuyen al convento jurídico de Cádiz.
Convento jurídico de Cádiz, según Ceán Bermúdez.
Convento jurídico de Astigi (Écija) según Ceán Bermúdez
En la enumeración de las colonias,
ciudades libres y estipendiarías del convento jurídico de Astigi (Écija)
inserta por el P. E. Flórez en su España Sagrada t. X. no se pone Occurris, que
en cambio se menciona en el tomo dedicado a la diócesis malacitana.
Queda, pues, indeciso si perteneció al convento jurídico de
Cádiz o al de Écija, o sucesivamente a uno y a otro, en alguna rectificación de
demarcaciones.
Numismática. —No es probable que Occurris, durante la dominación romana,
batiera moneda, aun a pesar de que las excavaciones practicadas por D. Juan
Vegazo parecen comprobar la existencia de hornos y restos de fundición, con
discos por troquelar, aunque más parecen pertenecer a industrias bélicas.
Tienen monedas autónomas Iptuci, Carissa, Carteya y Cádiz. Ni
aun registrando las colecciones de los museos ni la Nueva Clasificación de
Monedas Autónomas de D. Antonino Delgado, hemos podido encontrar monedas
batidas en Occurris.
Esto, no obstante, en las ruinas descritas se han ido
encontrando, durante más de un siglo, infinidad de monedas. El docto
numismático don Francisco Mateos Gago, conocedor de esta región, por ser
natural de Grazalema, reunió una valiosa colección que ha ido a parar a los
Museos de Cádiz y Sevilla; y nosotros mismos y nuestros amigos D. Serafín
Bohórquez y D. Francisco García hemos ido reuniendo pequeñas colecciones de
procedencias distintas.
En cuanto a las halladas en Occurris, son de Gadir con
leyenda fenicia o hispano cartaginesa, unas con el templo de Hércules y otras
con el atún. Monedas de Iptuci, Carissa y Carteya,
de la cual conservo una, donada por D. Adrián Fernández, encontrada en Iptuci,
lo cual prueba el intercambio monetario de estas ciudades. Abundan las
imperiales de distintos emperadores, unas de Adriano, Trajano, hasta
Constantino, Teodosio, Arcadio y Honorio. Claro es que en el porvenir pueden
darse sorpresas; pero mientras, nosotros nos limitamos a consignar el resultado
negativo hasta ahora de nuestras investigaciones. El que desee más noticias
sobre este punto de la historia de Ubrique puede revisar la Nueva Clasificación
de Monedas Autónomas, de D. Antonino Delgado en colaboración con D. Francisco
Mateos Gago.
Resumen del período romano. —A pesar de todo lo expuesto, abrigamos
la convicción de que no hemos hecho sino indicar el asunto, de que el porvenir
nos reserva grandes sorpresas, una vez que se practiquen excavaciones.
dirigidas por técnicos, que pueden dar lugar a muy curiosas e interesantes
monografías, dada la romanización absoluta a que llegó la provincia de Cádiz,
la cantidad de ciudades y villas que contenía, la magnitud y profusión de
ruinas que aparecen por todas partes, que indican una riqueza y densidad de
población pocas veces alcanzada en España, no olvidando que Cádiz por el número
de sus ciudadanos romanos era la segunda ciudad del imperio, después de Roma.
BIBLIOGRAFÍA
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Historia de la civilización española en sus relaciones con la
universal—Zaragoza, 1927.
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de Izquierdo, 1871.
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Flórez—España Sagrada, ts. 12—Madrid, 1752.
Zacarías García Villada—Historia Eclesiástica de
España—Librería Fernando Fe—Madrid, 1929—Véase el mapa de los conventos
jurídicos.
D. Juan Vegazo—Antigüedades de Ubrique—Manuscrito del Duque de Tilly y T*
Serclaes.