sábado, 29 de noviembre de 2025

El Ubrique romano, por Fray Sebastián de Ubrique, 1944. Original

 

Portada de "Historia de la villa de Ubrique", escrita por fray Sebastián de Ubrique con la ayuda de don Serafín Bohórquez y don Francisco García Parra

 

Por Esperanza Cabello

En la entrada anterior hemos transcrito el texto completo del tercer capítulo del libro de fray Sebastián, referido al Ubrique Romano.

Ya que previamente habíamos escaneado todas las páginas  y que es posible que este capítulo pueda ser de gran interés dado nuestro pasado romano y las excavaciones que la Universidad de Granada , en colaboración con el Ayuntamiento de Ubrique, están realizando actualmente.


 

 





















El Ubrique Romano, por Fray Sebastián de Ubrique, 1944. Texto completo

 

Una de las inscripciones romanas antes de ser "aserrada" de su pedestal

Fotografía que había pertenecido al sacerdote antequerano Francisco García Sarmiento 

 

Por Esperanza Cabello

 

En 1944, fray Sebastián de Ubrique publicaba su "Historia de la villa de Ubrique", primer libro fundamental en nuestra historia. Dos ubriqueños más, Serafín Bohórquez y Francisco García Parra, se ocuparon tanto de las ilustraciones como de la documentación para este libro, pues el fraile estaba interesado fundamentalmente por la historia religiosa. 

En los últimos meses, el yacimiento romano de Ocurris está de enhorabuena, las visitas diarias son cada vez más frecuentes y el número de visitantes no para de crecer. Además, tenemos la suerte de contar con un equipo de la Universidad de Granada que ha realizado, hasta el momento, dos excavaciones en la zona y sigue en proyecto continuar con el estudio del yacimiento.

Puesto que el libro de fray Sebastián es cada vez más difícil de encontrar, hemos pensado en transcribir el capítulo del Ubrique Romano, para facilitar la tarea de aquellos que estén interesados. Advertimos que se trata de un texto muy extenso.

En esta otra entrada hemos publicado las páginas digitalizadas.

 

 

CAPÍTULO III

UBRIQUE ROMANO

Occurris. —España fue teatro de luchas intensas, durante las guerras púnicas, que terminaron con la destrucción de Cartago, precedida de la expulsión de los cartagineses de la Península (las últimas batallas se dieron en la provincia de Cádiz) instalándose sólidamente en ella el poder militar de Roma, no sin antes vencer la resistencia de Viriato, que tuvo lugar, entre otras regiones, en la serranía de Ronda. Operóse entonces la completa romanización de la Bética, y a la ciudad ibera y fenicio-cartaginesa sucedió la romana.

La Occurris propiamente dicha está situada en la meseta superior de la sierra del Benalfí, vulgarmente conocida por el Salto de la Mora. Una muralla ciclópea defiende, como hemos dicho, el acceso por la parte del poniente y del oriente, aprovechando los demás sectores las defensas naturales de la sierra. El acceso por la parte del poniente estaba formado por un arco romano con columnas, cuyos fustes y bases aún se ven esparcidos por las ruinas, seguramente tallados en la pudinga terciaria de la cantera inmediata. Una robusta puerta, chapeada de planchas de bronce o de hierro, dejaba a la acrópolis incomunicada con el exterior.

La superficie de Occurris está formada por cuatro recintos: el recinto de entrada, recinto medio, recinto superior y recinto sur o del aljibe.

Debemos a la amabilidad de D. Enrique Romero Torres, Director del Museo de Bellas Artes de Córdoba, autor del Catálogo Monumental de España—Provincia de Cádiz—y feliz investigador de las ruinas de Medina Azahara el habernos facilitado la copia que posee del manuscrito de D. José Vegazo, que obra en poder del Duque de Tilly y de T* Serclaes.

En 1792, D. Juan Vegazo, en la efervescencia producida por los descubrimientos de Pompeya y Herculano, y cuando los cardenales Borbón y Despuig reunían sus espléndidas colecciones, con el deseo laudable de ofrecer algún descubrimiento sensacional a la nación, compró en 3.221 reales el pago del Salto de la Mora. Decidió ir roturando el terreno para plantar una viña y al mismo tiempo practicar excavaciones. Su sencillo relato va a ser la base de nuestra descripción.

Recinto de entrada. —SECTOR DE LA IZQUIERDA. «En el año de 1793—escribe D. Juan Vegazo—pensé poner viña, para que con los hoyos, cavas y labores correspondientes poder descubrir lo que debajo de tierra pudiera haber. En efecto, próximos a la entrada, descubrí, cuadros de casas no 

Procurando desenvolver este terreno, encuentro monedas, plomo, metales, hasta que, cansado de tanto gasto, lo dejé, aunque mi deseo era excavar el terreno de la sierra, para dar alguna noticia a la nación.

Próximos a uno y otro lado del horno que figuro, hay dos grandes majanos de cantos y piedras, y advirtiendo a la mano derecha entre las piedras, vese la tierra quemada, y en ella un moco de hierro con abundancia, hierrecillos, como si en otro tiempo hubiera habido allí fragua. Vuelvo a porfiar, con nuevos gastos, y reparo que catorce hombres que acudían a trabajar acudían con afán a recoger monedas, de que algunos llenaron las faltriqueras. Recogí algunas y me costó gratificarles, por conservar las bellas figuras que se demostraban y por su antigüedad. En este sitio me parece había fundición, por encontrarse moneda por acuñar, pedazos de metal, cobre, plomo, hierro, acero, escorias condensadas del fuego, un garfio de metal, muchas púas de hierro de a cuarta, pedazos de calderas, varios trozos de cuchillos u otros instrumentos cortantes, todo corroído por el tiempo.

Recinto medio. — Una leve ondulación separa el recinto de entrada del recinto medio. en cuya descripción seguiremos los apuntes de Don Juan Vegazo:

«Hay cerca otro majano — continúa D. Juan Vegazo—de mucha piedra, y, aunque quité mucha parte de ella, viendo tanto gasto, seguí más al centro del llano, y se encontraron cuadros de casas, todo de cantería, que para cada hoyo de vid se necesitaban barras, escardillones y armaina, estando las casas tan unidas, que todo este sitio era un escollo para los trabajadores y gasto para mí.

Sin embargo, deseoso de descubrir alguna cosa notable, continúo por dar en un recinto ovalado de piedras labradas. Mandé traer espuertas, y que se profundizara hasta dar con los cimientos. A las dos varas se descubre un enlosado de piedras jabalunas, tan unidas que, a fuerza de armainas[1] y de barras, se levantó una parte, para poder ir moviendo las demás, cuando, a las ocho varas de tierra que se ha excavado, con espuertas, en dicho llano, se descubre una piedra por la espalda, de dos varas de largo y tres cuartas de ancho, labrada. Junté catorce hombres, y. con la mayor delicadeza, se fue inculcando con palancas y con arte, a fuerza de mucho trabajo. Se puso derecha, descubriéndose letreros. El pedestal no es de piedra muy sólida. Algunas letras están corroídas. Al fin se copiará a la inscripción. Siguen sacando losas de una cuarta de grueso y vara en cuadro; otras de una y media; y, en fin, saqué lo suficiente para mi lagar y mantillo.

Inmediato a la piedra anterior, se descubre otro pedestal igual, aunque con letras distintas. Procuré conducirlos ambos, con bastante trabajo, junto al camino para mayor vista. Después observé en un hoyo una piedra labrada, que se halló ser un hombre, tronco sin cabeza, manos ni pies, de alabastro blanco, como la leche, con ropaje a la espalda de piel de león y el pecho labrado. Hubo la desgracia de que, para sacarlo, le rompieron parte del hombro y pecho. Demuestra como si hubiera tenido una tarjeta en los pies. Hallé una mano sin dedos.

Los trabajadores conceptuaron que debajo de esta figura había algún tesoro, o cosa de valor, y así profundizaron hasta ser preciso hacer escaleras en el hoyo para vaciar con espuertas la tierra. Sólo se encontraron cantos y columnas, una de dos varas, otras en pedazos, medio capitel de alabastro, un pedazo de moldura de jaspe, pedazos redondos de alabastro, como de columnas, muchas losas partidas delgadas de alabastro y de jaspe y lo principal un canto de piedra flexible, que, apenas se sacó, cuando se deshizo. Tenía letras, y se percibió decían: Liviae. Lo demás se escareció[2]. Debajo de este se encontró otro canto, lleno de molduras, infiriéndose estaba el busto sobre estas dos piezas, por lo que conceptúo sería esto algún templo.

No satisfechos los trabajadores con lo sacado, se empeñan en ahondar más, y, como a tres varas, después de sacar los escombros de esta población, encuentran tierra limpia y sin fragmentos de obra ni cantos; y, como a la vara de más profundidad, se vuelven a encontrar otros nuevos fragmentos de mezclas, cantos, ladrillos, platos quebrados, cristales, y, en fin, ruinas casi evidentes de otra población más antigua que la descubierta primero. Como en partes el terreno forma declive y en parte es llano, no es extraño que, con los dilatados siglos que han pasado, se haya corrido la tierra, y se haya ocultado esta primera población, así como se ha perdido la memoria de la población romana, pues parece que ningún autor habla de ella, así con más razón se ignorará la precedente. 

Si se ahondase este terreno, así como más inmediato a la superficie se han encontrado medallas e inscripciones, que hablan de los emperadores romanos Commodo, Antonino, Adriano, Trajano, Teodosio y otros, no sería mucho que más profundo se hallaran algunas lápidas o monedas que dieran alguna luz sobre los primeros habitantes; pero yo he hecho más gasto de lo que he podido.

El año 1795 continué completando el plantío de viña en todo este llano, y se encontraron distintas paredes de cimientos de cantería muy sólida, un aljibe o baño en una casa casi redondo, sus esquinas eran redondas y poco honda en su medio. Esta casa estaba enladrillada con ladrillos, como de cuatro dedos, todos de punta. Se halló un pedazo de letrero, en piedra jabaluna, que parece decir: CAESARI ADRIANO DEDICATIONE, media pilita de mármol, como una taza; unas lositas de mármol; medio capitel de alabastro y un pedazo de moldura de jaspe de columnas; varios ladrillos chicos, unos de llano y otros de punta; otra cosa con figura de flor, por tener un ladrillo pequeño en medio y cuatro en los lados de punta de diamante. En fin, donde pensé hacer casa para mi habitación, costó gran trabajo limpiar el terreno, descubriéndose una casa superior por el terreno que ocupa. En una parte formé sobre los muros que descubrí, y deseoso de ver el plano, admiro la tapicería de piedras que, formando tableros de damas de diversos colores, causaba admiración a quien lo miraba. Enseguida estaba formada una meseta, saliendo del centro un tronco con ramos de flores y lirios de varios colores, tan delicados, que al tacto y vista casi no se encontraban, cuando los quité por tener que rebajar el terreno.[3]

Este cerro en su mayor altura está lleno de cantos y demás fragmentos, y en una casa de esta encontré vestigios de otra fragua. Al fin de esta sierra estaba un almacén de cantos y piedras, y una era redonda de mampuesto. Como me dijeron que sonaba hueco cuando se trillaba, la hice romper por tres sitios, y encontré un caño que le atravesaba, y estaba lleno de una masa como de cenizas condensadas. En estas roturas hallé como si hubieran vaciados algunos crisoles y un zarcillo o arete de oro como una lágrima de pendiente: su peso como de veinte reales.

En el almacén de piedras arriba dicho descubrí un gran estanque, y junto a este, más bajo, otro pequeño, que infiero comunicaría el agua por un agujero que tiene en el fondo al extremo de la era para alguna fragua, por los escombros que se demuestran.

Este estanque grande sigue por un lado contra la era, una como mina abovedada, hasta parecer salir de la era. Está caída, llena de piedras y picaduras. Salen de ellas varias paredes por los dos extremos, unas rectas y otras de varias figuras. Por el otro extremo descubrí un aljibe, con el techo en su centro, con grandes y vistosas molduras con distintos charolados de colores.[4]

Esta montaña estuvo amurallada, desde la fábrica de los baños, que está a la subida, por ir por aquel cerro pedazos de paredones, poniéndose en evidencia que en esta altura estaba la fortaleza y los que la gobernaban, y al pie de ella el centro de la ciudad, llamada Ocurritano. Descubriéndose en el día, a distancia de un cuarto de legua las obras de cantería y fragmentos, que no dejan duda que sería una población grande y magnífica.» [5]

Recinto superior. —La sierra forma a la izquierda una cresta abrupta, de difícil subida, sobre una pequeña meseta que domina el horizonte, se ven restos de construcciones, seguramente porque debió estar emplazado el castillo o parte superior de la acrópolis. El acceso es casi imposible por todos lados, excepto por el sur. por dónde se comunica con los recintos de entrada y medio, donde estuvo emplazado el centro de la ciudad que acabamos de describir. La erosión continua de lluvias y temporales ha hecho que los restos en la actualidad sean escasos. En el centro se ve una construcción de argamasa.

Recinto del aljibe —Separada de los anteriores recintos por una muralla natural de rocas jurásicas, y orientada al sur, está la parte más amplia de la ciudad, protegida también por defensas naturales. Una escalera tallada en la piedra pone en comunicación ambos recintos.

En este está emplazado el aljibe a todas luces romano. La base es de una sola piedra, y el hormigón o argamasa forma una gran elipse y cubierta, nutriéndose de un cuadro, antiguamente enladrillado, para recoger el agua de lluvia, tan bien construido, que aún presta servicio.

Al lado hay una construcción, que llaman el Baño de los Moros, según la costumbre de estas gentes de atribuirles toda construcción antigua. Las esquinas interiores no son cuadradas, sino redondeadas, sin duda amortiguar los efectos de la presión. Por el sur tiene un registro y cañería de desagüe, y como esto supone cantidad de agua, plantea el problema del abastecimiento de aguas de Occurris, que no hubiéramos creído posible, a no haberlo adivinado D. Juan Vegazo en sus excavaciones de últimos del siglo XVIII.

Supone éste erróneamente que la mal llamada Mezquita a la subida, eran unos baños y que hasta allí llegaban las aguas de Benaocaz. Sus investigaciones descubrieron que fue conducida hasta Occurris en atanores de plomo el agua del manantial de Castril, y fue siguiendo los restos del acueducto hasta comprobar su existencia. Para informarse mejor, fue hasta Benaocaz, preguntó a los ancianos y le confirmaron lo dicho; y, hallándose allí predicando el P. Diego de Ubrique, le dijo que había visto un atanor de plomo que había sacado un cabrero de entre un lentisco de la cañería de los romanos. De ser esto así, asombra el trabajo de ingeniería de los antiguos para surtir de agua a su ciudad.

El terreno del recinto del aljibe que comprenderá poco más de dos hectáreas, ha sido removido por el arado, para emplearlo en la siembra de cereales y los restos de la ciudad han sido amontonados en enormes majanos. En ellos hemos recogido ejemplares muy curiosos que guardamos en nuestro incipiente y pequeño museo.

«En el fondo de la haza—afirma D. Juan Vegazo—es probable se encontraran muchas cosas, pues sin mayor diligencia, al cavar las cepas, se han hallado pedazos de tazas con alguna letra y flores, y uno tenía grabado en relieve una figura vestida a la romana. En el terreno contiguo a la sierra del Benalfí se descubren ruinas, cuadros de casas y muchos fragmentos, cantos hasta el llamado Cerro de la Llave, donde entre los-olivos se descubren restos de una población, que sería muy populosa.[6]

Resumen de las excavaciones. — La ciudad explorada por D. Juan Vegazo, hace aproximadamente siglo y medio, es mucho mayor y de más importancia de lo que nosotros mismos suponíamos. Es de lamentar que estas excavaciones no hubieran sido dirigidas por técnicos, aunque es preciso confesar que la Arqueología se hallaba por aquellos tiempos en su infancia. De su relato se desprende que el pavimento de las casas principales estaba formado por finísimos mosaicos, que hoy tienen alta cotización, y que se deshicieron por no haber empleado obreros especializados, como se ha hecho con los de Itálica, que hoy lucen en la suntuosa morada de la Sra. condesa de Lebrija y en los salones de los palacios de la Exposición Ibero-Americana de Sevilla. Cita el hallazgo de vasos fúnebres, ánforas e hidrias romanas, con escenas de mitología que tanto abundan en los museos de Nápoles y Roma. Asimismo, los restos de pavimentos, decoración incisa, capiteles, inscripciones, vidrios, ungüentarios, lucernas, monedas y joyas, que desgraciadamente se perdieron para la historia del arte, porque entonces estaban en embrión los museos arqueológicos. Los que supone aljibes eran unas veces silos para cereales y otros depósitos de argamasa especial para guardar el aceite y el vino. Otros que también creyó aljibes decorados interiormente son cámaras funerarias, como las de la necrópolis romana de Carmo, la antigua Carmona, y lo demuestra el hallazgo de las joyas familiares del difunto.

En cambio, de este desconocimiento, hemos de agradecerle el haber descubierto las dos inscripciones que hoy se hallan en el Museo Arqueológico de Cádiz, sin las cuales apenas conoceríamos la existencia de Occurris o su emplazamiento: las noticias interesantísimas sobre la conducción de aguas; las referentes a la estatua y culto de Proserpina, que viene a los romanos de los iberos y confirma la existencia anterior de la ciudad ibérica, siendo de lamentar que no se haya conservado el torso. Igualmente hemos de agradecerle el descubrimiento del nivel inferior de Occurris, indudablemente fenicio.

En nuestra niñez alcanzamos a ver el torso de mármol de Génova de una de las estatuas, a cuyos pies debió estar una de las inscripciones. Los eruditos a la violeta la bautizaron con el nombre de Cleopatra; pero debió ser de la que llama D. Juan Vegazo de Proserpina. La barbarie de los campesinos y de muchos de los visitantes las ha destruido completamente y hecho desaparecer, aunque se conservan parte de las basas, labradas en piedra caliza del país y han perdido los geniecillos de la victoria que las adornaban.

En nuestra pequeña colección hemos podido reunir, la inscripción sepulcral procedente de Occurris, restos de ladrillos para decoración interior de incisiones para que prenda la argamasa; medio talento o pesa grande; pedazos de jaspe verde con veteado blanco para decoración interior del alicatado de las habitaciones; un ejemplar de ladrillo cortado y tallado, que demuestra que esta industria no era desconocida por los romanos; ladrillos pequeños para pavimentación interior; monedas romanas de varios emperadores; restos de cerámica roja de admirable finura.

Del término de Occurris tenemos una pesa pequeña de ladrillo con su orificio, para colgarla; tégula para cubierta funeraria, hallada en la necrópolis de los Olivares: urna cineraria rota, hallada en la necrópolis del Solimán y otros varios objetos de menor importancia.

Cuando se hallaban las ruinas plantadas de viña y árboles, los fustes inhiestos en medio y todo, mejor conservado, daba una impresión inolvidable. Las vistas desde aquella altura, verdaderamente espléndida, contribuían a dar a aquel sitio ese aspecto inconfundible de ciudad enterrada, cuyos secretos se pierden en la lejanía de los siglos. Hoy todo está arrasado por los ganados, y la manía destructora y el ansia de hallar tesoros hacen que apenas se pueda conservar algo más que el nombre de la antigua Occurris.

Inscripciones romanas de Occurris. —Las excavaciones practicadas por D. Juan Vegazo en 1794 tuvieron, como hemos visto, por resultado inmediato descubrir dos inscripciones romanas, que estaban debajo de sus respectivas estatuas.

La primera mide 75 por 64 centímetros, está grabada en piedra caliza del país, en letra capital rústica, y dice así: 


 


Faltan, en la línea 3ª una H., para que se lea PARTHICI; al principio de la línea 4ª una N., para que se lea NERVAE: en la 5ª AE, en la línea 8ª RES, para que se lea RESPUBLICA y en la penúltima DEC, para que se lea DECRETO.

Su traducción, basada en la de Mateos Gago, es la que sigue:

«Al Emperador César Divino Adriano, hijo del divino Trajano Pártico, nieto del divino Nerva, bisnieto de Elio Adriano Antonino Augusto. Pío Pontífice Máximo, en el año V. de su Potestad Tribunicia y III de su Consulado, la República de los Ocuritanos, por decreto de sus Decuriones, dedica esta memoria».

Es del año 142 de Jesucristo, y está copiada en Hübner en el número 1336.

La segunda es como sigue:


 

Mide 60 por 48 centímetros, está labrada también en letra capital rústica. y se lee así:

«Al Emperador Cesar Marco Aurelio Commodo Antonino Augusto Pio, Feliz, Germánico Sarmático, Pontífice Máximo, en el IV año de su Potestad Tribunicia, en el X de su Imperio y V. de su Consulado. Padre de la Patria, la República de los Ocuritanos, por decreto de sus Decuriones, le dedica esta memoria».

Pertenece al año 186? y ocupa en Hübner el número 1337.

 

Historia de las inscripciones. —Desde las excavaciones de 1794, en que se descubrieron, D. Juan Vegazo las copió, llevado de su afición, y las mandó a D. José de Rojas, Catedrático que fue de la Universidad de Sevilla. Este hizo observaciones muy juiciosas, que más tarde había de confirmar Hübner, sobre las copias imperfectas, palabras a suplir por estar ilegibles, y la data en que Marco Aurelio obtuvo la potestad tribunicia, que, según él, debía ser XII. A la Academia de la Historia mandaron comunicados D. Andrés Palacios de Córdoba, en 1802, D. Mateo Francisco de Rivas en 1805, D. Simón de Zamora, en 1805, insertándolas en su Boletín la Academia. De aquí las tomó Masdeu en su Historia Crítica de España (Ms. 4 p. 1770-1772) al cual se la enviaron Cd y Santaella y las envió además Berlanga en 1862.

El culto arqueólogo y numismático D. Francisco Mateos Gago, gloria de Grazalema e inmortal polemista, visitó las ruinas y copió las inscripciones, insertándolas y traduciéndolas en el t. VII de sus Opúsculos.

Mateos Gago consigna la narración de un anciano de Ubrique que contaba haber visto cuando niño dos grandes cabezas de piedra muy blanca sobre los epígrafes y un geniecillo con sus alas y una corona en la mano (una victoria romana) sobre la columna de en medio; y aun asegura que una de las cabezas había servido para hacer un mortero a un boticario del lugar.

Advierte Mateos Gago que la lección Occurritanorum, que le remitió el Sr. Rodríguez de Berlanga, es una equivocación manifiesta. En ambas piedras es indubitable la lección OCVRITANORVM.[7]

D. Antonio Guerrero, estando en Ubrique, creo de notario, y D. Antonio Segovia, alcalde de Villaluenga, las mandaron aserrar y las llevaron al Museo Arqueológico de Cádiz, donde se encuentran.

El aire de mar descompone los folios de las capas de caliza sedimentaria, en la que están cinceladas, y pronto serán totalmente ilegibles. ¿No habría alguien que se interesare por que les fuera puesto un cristal para preservarlas?

 

Hübner en Ubrique. —El célebre epigrafista alemán Emilio Hübner estuvo en Ubrique, para visitar las ruinas y copiar las inscripciones. Para vergüenza de los ubriqueños topó con un vivo desaprensivo y codicioso, que le pidió una cantidad exorbitante por llevarlo al Salto de la Mora, que está a un paseo del pueblo, y así esta eminencia de fama mundial se fue con las ganas de verlas. He aquí lo que estampó en su monumental obra CORPUS INSCRIPTIONUM LATINARUM — INSCRIPTIONES HISPANIAE LATINAE—Berolini—1869 t. II. p. 179-180.

 



[8]Hübner, después de insertar las inscripciones que anteriormente hemos copiado y de corregir las letras que faltan y el error de la data en que recibió la potestad tribunicia Marco Aurelio Commodo, pasa a insertar la tercera inscripción romana.


 

Como se ve. Hübner ha corregido las parles legibles y dejado lo ilegible de la inscripción, que se puede traducir aproximadamente así:

«A Postumia, carísima hija de Honorata Barbesulana, sacerdotisa de las divinas augustas, Postumio Optato, su Padre… en honor perpetuo de su Municipio, le dejó por sus méritos…      y además dio un banquete, dedicándole esta memoria.»

Esta Postumia, natural de Barbésula, parece hija de una familia de sacerdotal, bien de las divinas augustas o de los divinos augustos, por haberse leído divinarum, en vez de divinorum o divorum y Postumio tal vez sería flamen o de algún colegio de augures. Barbésula estaba situada, según unos, en Marbella, y, según el P. Flórez, en su España Sagrada, en Manilva, junto a la desembocadura del Guadiaro. Había otra Barbésula, que debe corresponder a Barbate. Nosotros nos inclinamos a Manilva, porque precisamente la inscripción que inserta el P. Flórez contiene el epulo dato[9] lo mismo que la de Postumia.

Se refiere a un banquete fúnebre.

Por lo que dice Hübner, parece que esta inscripción es la contenida en el cipo, que existe en Ubrique, en la calle del Llano del Río, empotrado en la esquina de una casa.

 

Nombre de Ubrique. —D. Enrique Romero Torres, en su Catálogo Monumental de España — Provincia de Cádiz, además de insertar las precedentes inscripciones, añade un dato muy importante:

«En el Museo de la Real Academia de la Historia hay un fragmento epigráfico, procedente de las ruinas de Cazlona (Cástulo) en la que se menciona a un Bebio Dencio, natural de Ubrique (Ucoritanus). Dice el P. Fita, en el Boletín de la Real Academia de la Historia, t. LV1II p. 42, que el nombre romano en la presente Ocori se acerca mejor a la pronunciación medieval y moderna que tiene este pueblo. (T. 1. p. 45).

Respecto al nombre de Ubrique hay gran divergencia. Hübner copió OCURRITANORUM y por tanto OCCURRIS; Mateos Gago leyó Ocuris; la inscripción preinserta lo llama Ocori. Tal vez sea más conforme al nombre ibérico o libio-fenicio OCCURRIS.

 

Nueva inscripción romana. — En 16 de abril de 1936, la víspera de la detención de la Comunidad de Capuchinos de Ubrique, tuvo el autor de esa obra la suerte de recoger una nueva inscripción de Occurris, que en vano había tratado de encontrar en sus excursiones, repetidas en tantos años a sus ruinas. Se la entregó a su hermano D. Francisco Carrasco un joven, hijo de Chamorro. Fue encontrada en una sepultura, en la que dominamos segunda necrópolis de Occurris. Dice así: 


 

La inscripción está grabada en mármol; su tamaño es de 17 por 16 cent. y su traducción aproximada, dado lo incompleta que se encuentra, es la siguiente:

  

“El panegírico…  lo decretó Antonio Bucco[10] (aquí el nombre de la mujer del que sólo nos queda la A final), esposa carísima (u otro apelativo semejante) y hermana.»

Ordinariamente el panegírico o laudatio lo decretaban los Decuriones o el Ordo, como se ve en la inscripción de Lacídula (Grazalema) que cita Mateos Gago. La segunda parte que empieza en nominativo parece que se refiere a sus familiares que costeaban la lápida o estatua o consignaban que se les remitían los gastos.

La inscripción es muy interesante para la historia de Occurris. Es la primera que se encuentra en mármol, y no en piedra caliza, como las anteriores. Está grabada en capitales muy recientes. Parece de últimos del siglo III o IV después de Cristo. No hay en ella ningún signo cristiano.

 

Necrópolis 1ª, llamada la Mezquita. —A la subida, antes de entrar en el recinto fortificado, siguiendo la costumbre que tenían los romanos de enterrar en las vías de acceso a sus ciudades, está la necrópolis primera, que por su suntuosidad parece dedicada a una familia principal. Los naturales del país la llaman la Mezquita equivocadamente. Hundióse parcialmente la bóveda. fue arrancada la puerta y sólo han quedado los muros de piedra caliza y durísima argamasa. La necrópolis o cementerio romano forma un recinto con bóveda de medio cañón. Al fondo y a los dos lados grandes arcosolios[11] destinados a sepulcros principales y entre ellos lóculos[12], destinados a contener urnas cinerarias. Urnas, inscripciones, Todo ha sido bárbaramente destruido. El saqueo ha debido ser antiguo, pues no ha quedado memoria de ningún resto o inscripción.

Hasta que no se haga una investigación a fondo o se encuentre alguna inscripción, tenemos a la necrópolis por pagana, teniendo en cuenta que los cristianos no practicaban la incineración, sino la inhumación, y de aquí la pequeñez de los lóculos que debieron contener las urnas. D. Juan Vegazo en sus Antigüedades de Ubrique, insiste en llamarla baños; pero basta una inspección sencilla del que haya visto necrópolis romanas, para convencerse de que éste y no otro fue su destino, siendo nuestra convicción de que debió pertenecer, como enterramiento particular, a alguna familia opulenta.

 

Necrópolis 2ª de Occurris. — Ninguno hasta ahora había logrado localizar esta segunda necrópolis de Occurris. hasta que encontramos la nueva inscripción que arriba reseñamos. Desde entonces han sido más frecuentes nuestras visitas y hemos logrado hacer un estudio más detenido de sus restos. Está situada entre los terrenos de Santa Lucía y Occurris. El sitio forma varias mesetas contiguas a una era. Un poco más abajo está una cantera de pudinga[13] terciaria, de donde se han sacado piedras de molino. Más arriba está la necrópolis, descubierta por nosotros. Generalmente las sepulturas están al lado de grandes piedras. Están construidas de argamasa y piedra por los cuatro lados y cubiertas por tégulas grandes de ladrillo o por losas de las que hay abundantes canteras en el país. El difunto descansa sobre una piedra de unos cuarenta centímetros de larga y de unos veinte o treinta de ancha, que le sirve de almohada. Suelen encontrarse restos de pequeñas ánforas o vasos funerarios, un anillo y la moneda que le ponían en la boca para pagar la barca de la laguna Estigia. De las piedras funerarias sin inscripción se encuentran infinidad de ellas, así como otras más labradas. Las inscripciones escasean, bien que no se ha hecho excavaciones ni exploraciones a fondo. La necrópolis se adentraba en campos que son hoy de cultivo, donde a menudo suelen aparecer restos. Las sepulturas principales están construidas de argamasa y material con relativo lujo y gasto, aunque todas destrozadas en el afán de hallar tesoros. El gran número de piedras, sepulturas de argamasa y tégulas destrozadas hace suponer la extensión e importancia del cementerio, dado que por la edad de las inscripciones se conoce que se enterraron aquí los romanos durante varios siglos. El procedimiento empleado parece ser la inhumación alternando con la incineración. No hemos podido descubrir hasta la fecha ningún signo de sepultura cristiana, y esto a pesar de ser este cementerio el que suponemos más moderno de las demás necrópolis romanas, que más adelante iremos describiendo.

 

Ruinas romanas del término de Ubrique. —Es imposible hoy determinar si en el emplazamiento actual del pueblo de Ubrique hubo un núcleo de población, independiente de Occurris. En el solar de la iglesia de San Antonio debió alzarse alguna torre, de donde tomó origen el nombre de la calle de la Torre, que parece tener su origen en una tradición. Esta, si la hubo, debió ser destruida por el Duque de Arcos en las razias preliminares de la reconquista de la villa.

El cipo romano que se conserva en la esquina de una casa del Llano del río, hemos dicho que tal vez sea la inscripción de Postumia, procedente de Occurris.

 

Necrópolis del Solimán. —Del lado arriba de la fuente del Solimán (moro dueño de la Garganta Millán antes de la Reconquista) se encuentra una necrópolis romana, en la que se han descubierto muchas sepulturas y algunas urnas cinerarias y pequeñas ánforas. La que conservo en mi colección en poder de mi familia, rota en pedazos, supone que fue necrópolis pagana, aunque se han empleado indistintamente los procedimientos de inhumación e incineración. Las sepulturas están formadas por losas laterales y de cobija en las que abunda el terreno.

 

Villa o fortaleza de los Bujeos. —Cerca de la punta de la Herriza se encuentra el emplazamiento de una villa o fortaleza, cuyo nombre se desconoce en absoluto. Nos inclina a creerla fortaleza la magnitud de sus restos y su emplazamiento, formando triángulo con Cardela y Occurris.

Se conservan fustes de gran tamaño, capiteles de orden compuesto, labrados en piedra arenisca de las canteras próximas, restos de mosaicos gruesos, un aljibe de construcción romana. Se da el caso de haberse encontrado en el fondo de dicho aljibe un hacha de piedra neolítica. También se encuentran monedas, aun no descifradas. Perteneció al difunto D. Miguel Bohórquez Vecina y hoy a su viuda y herederos.

Todo parece indicar una construcción de grandes dimensiones, dada la grandeza de los capiteles y restos que se conservan.

 

Necrópolis del Cerro de la Llave. —En los alrededores del Cerro de la Llave se encuentran restos romanos, especialmente una cámara sepulcral de argamasa, hoy despojada. Se ignora el nombre de esta ciudad, cuya importancia habrán de despejar las futuras excavaciones, una vez que estos estudios alcancen mayor desarrollo.

 

Necrópolis de los Olivares. —En la meseta de la viña que fue de don Ventura Gil se ven los alineamientos de piedras berroqueñas sin labrar, que indican las sepulturas, las tégulas o cubiertas andan en la cañada hechas fragmentos. En la viña, posesión de mi señora madre y hermanos, se han descubierto lucernas y en la referida necrópolis una pesa romana. Al construirse las casas actuales y nivelar el terreno, se encontró una cruz de mármol, que rompieron y extraviaron los niños. Da que sospechar esto si se trata de una necrópolis o cementerio cristiano.

 

Organización política y social de Occurris. —El lenguaje expresivo de las inscripciones encontradas nos permite reconstruir política y socialmente lo que fue Occurris durante la dominación romana.

El municipio de Occurris estaba constituido por dos duunviros, que hacían las funciones de alcaldes, dos ediles y un cuestor, que ejercía las funciones recaudatorias y administrativas. El cortejo de los duunviros eran dos lictores con fasces y por la noche con antorchas. Sus atribuciones eran presidir la curia, con jurisdicción civil y militar para las causas mejores, levantar tropas para la defensa, conocer la causa de indignidad de los decuriones, conocer en las causas inferiores a 15.000 sextercios y practicar las diligencias de las causas que habían de substanciarse ante el gobernador de la provincia.

Seguían a los duunviros los decuriones, cuyas atribuciones eran:

1ª nombrar custodios y sacerdotes de los templos y determinar las fiestas y presupuestos de los mismos

2ª nombrar patronos de la ciudad ante el gobernador de la provincia o ante el Senado

3ª cobrar las cantidades al Erario

 4ª manumisión de esclavos

 5ª ver las apelaciones contra multas, impuestas por los duunviros o los ediles

6ª demolición o construcción de edificios

7ª armar y equipar las milicias en tiempo de guerra.

Los decuriones eran responsables con sus bienes de su gestión, lo que contribuyó a que el cargo que era honorífico, se convirtiera después en odioso. Dicho cargo llegó más tarde a ser hereditario, a modo de los regidores perpetuos del siglo XVIII.

Las bases de la tributación eran: la capitación (impuesto personal) el stipendium (contribución territorial); la portona (aduanas); la viccessima haereditatum (derechos reales); la vicessima libertatis (20 por ciento de la venta de esclavos); vectigalia (rentas públicas); y las annonas (impuesto en especie sobre bienes muebles e inmuebles).

El lector tal vez se extrañará que en unas ruinas al parecer tan míseras y en tan abrupto lugar colocadas hubiera todo el aparato político de una ciudad; pero el lenguaje de las inscripciones y demás testimonios históricos es concluyente.

A lo que parece, Occurris era ciudad estipendiaría, y su curia estaba formada por cien decuriones. Estos tenían toga especial; se reunían periódicamente en edificio propio y redactaban las ordenanzas municipales. Se renovaban cada cinco años, por medio de elecciones, presentándose los candidatos y presentando toda la asamblea o curia sus votos en las cistas o urnas.

En Occurris la población estaba formada por dos duunviros, dos ediles, un cuestor, cien decuriones, los que estaban en el Album de los Decuriones (Album Decurionum). precediéndoles los patronos del municipio, los quinquenales, los duunvirales, edilicios y cuestores. Entre los duunviros los había por derecho o nacimiento: los allecti, nombrados por méritos especiales por la misma curia, y los pedánei, que estaban diseminados en villas y pagos por el término municipal. Sentábanse en último lugar los praetextati, hijos de los anteriores, que no tenían edad para el decurionado.

 Para el acuerdo municipal era necesario el voto de la mayoría o de  las dos terceras partes del censo, y los acuerdos obligaban bajo fuertes multas pecuniarias.

La ciudad tenía su templo, aun no localizado, sus sacerdotes o Flamen y sacerdotisas, como se ve por la inscripción de Postumia.

Clase especial eran los esclavos, que no gozaban del derecho de ciudadanía, y estaban destinados al cuidado de las villas, cultivo de los campos y guarda de ganados.

No se vaya a creer que toda esta población estaba precisamente en el recinto de Occurris, sino diseminada en las faldas de Santa Lucía y en las numerosas y opulentas villas del término, como se vio cuando llegamos a describir las ruinas romanas del resto de la demarcación de Ubrique.

 

Convento jurídico—Saltándonos del término de Occurris, ésta se hallaba relacionada con Iptuci (Cabeza de Hortales) Carissa Aurelia (Junta de los ríos) Ars (Arcos) Lastigi (Zahara) Lacídula (Grazalema la vieja) Acinipo (Ronda la vieja) Assido (Medinasidonia) Caret o Hasta Regia (Jerez de la Frontera).

No sabemos a qué atenernos de cierto respecto del convento jurídico (Audiencia) a que perteneció Occurris.

 

Convento Jurídico de Cádiz (Gades) según el Apéndice de la Historia de España de D. Modesto Lafuente:


 

    

No incluye muchos pueblos, que, según Ceán Bermudez se atribuyen al convento jurídico de Cádiz.

Convento jurídico de Cádiz, según Ceán Bermúdez.

 


Convento jurídico de Astigi (Écija) según Ceán Bermúdez

 


 

[14]En la enumeración de las colonias, ciudades libres y estipendiarías del convento jurídico de Astigi (Écija) inserta por el P. E. Flórez en su España Sagrada t. X. no se pone Occurris, que en cambio se menciona en el tomo dedicado a la diócesis malacitana.

Queda, pues, indeciso si perteneció al convento jurídico de Cádiz o al de Écija, o sucesivamente a uno y a otro, en alguna rectificación de demarcaciones.

 

Numismática. —No es probable que Occurris, durante la dominación romana, batiera moneda, aun a pesar de que las excavaciones practicadas por D. Juan Vegazo parecen comprobar la existencia de hornos y restos de fundición, con discos por troquelar, aunque más parecen pertenecer a industrias bélicas.

Tienen monedas autónomas Iptuci, Carissa, Carteya y Cádiz. Ni aun registrando las colecciones de los museos ni la Nueva Clasificación de Monedas Autónomas de D. Antonino Delgado, hemos podido encontrar monedas batidas en Occurris.

Esto, no obstante, en las ruinas descritas se han ido encontrando, durante más de un siglo, infinidad de monedas. El docto numismático don Francisco Mateos Gago, conocedor de esta región, por ser natural de Grazalema, reunió una valiosa colección que ha ido a parar a los Museos de Cádiz y Sevilla; y nosotros mismos y nuestros amigos D. Serafín Bohórquez y D. Francisco García hemos ido reuniendo pequeñas colecciones de procedencias distintas.

En cuanto a las halladas en Occurris, son de Gadir con leyenda fenicia o hispano cartaginesa, unas con el templo de Hércules y otras con el atún. Monedas de Iptuci, Carissa y Carteya,[15] de la cual conservo una, donada por D. Adrián Fernández, encontrada en Iptuci, lo cual prueba el intercambio monetario de estas ciudades. Abundan las imperiales de distintos emperadores, unas de Adriano, Trajano, hasta Constantino, Teodosio, Arcadio y Honorio. Claro es que en el porvenir pueden darse sorpresas; pero mientras, nosotros nos limitamos a consignar el resultado negativo hasta ahora de nuestras investigaciones. El que desee más noticias sobre este punto de la historia de Ubrique puede revisar la Nueva Clasificación de Monedas Autónomas, de D. Antonino Delgado en colaboración con D. Francisco Mateos Gago.

 

Resumen del período romano. —A pesar de todo lo expuesto, abrigamos la convicción de que no hemos hecho sino indicar el asunto, de que el porvenir nos reserva grandes sorpresas, una vez que se practiquen excavaciones. dirigidas por técnicos, que pueden dar lugar a muy curiosas e interesantes monografías, dada la romanización absoluta a que llegó la provincia de Cádiz, la cantidad de ciudades y villas que contenía, la magnitud y profusión de ruinas que aparecen por todas partes, que indican una riqueza y densidad de población pocas veces alcanzada en España, no olvidando que Cádiz por el número de sus ciudadanos romanos era la segunda ciudad del imperio, después de Roma.

 

BIBLIOGRAFÍA

J. Fernández Amador de los Ríos y Antonio Jaén Lorente — Historia de la civilización española en sus relaciones con la universal—Zaragoza, 1927.

Aemilius Hubner -Corpus Inscriptionum Latinarum-Inscriptiones Hispanicae Lalinae—Berolini, 1869, p. 179-180, t. II.

D.      Antonio Delgado—Nuevo Método de clasificación de las medallas autónomas de España—2 t. —Sevilla—Impr. de Izquierdo, 1871.

M. Mancheño y Olivares—Arcos de la Frontera—Impr. Arcobricense, 1923.

E.       Romero Torres—Catálogo Monumental de España—Provincia de Cádiz— Madrid 1954.

Eduardo Hinojosa—Historia General de Derecho Español, 2ªedición—Establecimiento Tipográfico de Antonio Marzo.—S. Hermenegildo, 152, Madrid.

Masdeu—Historia Crítica de España, t. 6.

Flórez—España Sagrada, ts. 12—Madrid, 1752.

Zacarías García Villada—Historia Eclesiástica de España—Librería Fernando Fe—Madrid, 1929—Véase el mapa de los conventos jurídicos.



[1] Una almaina (o almádena) es una herramienta pesada similar a un mazo de hierro con un mango largo, utilizada principalmente para romper piedras.

[2] Se deshizo

[3] El lector habrá advertido que se trata de un valioso pavimento de mosaico (Nota del autor).

[4] Al parecer una cámara funeraria, similar a la de Carmona.

[5] D. Juan Vegazo—Antigüedades de Ubrique—Manuscrito del Duque de Tilly y T* Serclaes. 

[6] D. Juan Vegazo—Antigüedades de Ubrique—Manuscrito en poder del Duque de Tilly y T Serclaes.

[7] Opúsculos de D. Francisco Mateos Gago—t. Vil.

[8] Corpus inscriptionum latinarum Hispaniae Inscripliones Latinae, ab Emilio Hübner—Berolini—1869—t. II, p. 179. 

[9] habiendo dado banquete

[10] El nombre de Bucco es una especie de histrión del teatro romano. 

[11] Arco que alberga un sepulcro abierto en la pared.

[12] Se refiere a nichos funerarios excavados en las paredes

[13] Conglomerado de cantos redondeados

[14] Hay otra Seapona en la dehesa de la Fantasía, término de Jerez y 10 k. de Cortes de la Frontera

[15] Mención especial merece la del emperador Vespasiano, encontrada por D. José Campos, cura del Bosque y Benamahoma y coadjutor de Ubrique, en las proximidades de Benamahoma, ejemplar de un relieve perfecto y en inmejorable estado de conservación.