lunes, 22 de junio de 2026

¿Cómo meto mi casa en una maleta? por Montse Mancilla Solano

 

Montse Mancilla Solano leyendo su relato

Imagen de Canal Sierra de Cádiz

 

 La semana pasada pudimos leer la noticia en Radio Ubrique (en este enlace) del resultado del séptimo concurso de relatos y cuentos que convoca el ayuntamiento de Ubrique. Mas tarde, en el canal de Youtube de Canal Sierra de Cádiz (en este enlace), tuvimos la ocasión de oír, de boca de los propios protagonistas, los cinco relatos ganadores.

Nuestra amiga Mariángeles López, que había formado parte del jurado, nos comentó que el nivel había sido muy bueno, y que los relatos merecían la pena.

Entonces  pensamos que sería una buena idea hablar con los premiados y pedirles que nos dejaran publicar sus relatos en el blog. Hoy traemos el relato de Montse Mancilla Solano, una increíblemente bien trazada historia de cómo debieron de sentirse las personas desplazadas de sus casas durante el tren de borrascas de este invierno y cómo los ubriqueños, todos a una, fueron dando lo mejor de sí para luchar contra el agua que iba invadiendo las calles y las casas de nuestro pueblo.

¡Enhorabuena, Montse!💜 

 

 

Montse recibiendo su premio de manos del primer teniente de alcalde, José Antonio Bautista. 

Imagen de Canal Sierra de Cádiz
 

 ¿Cómo meto mi casa en una maleta?

 

Siempre he escuchado que vivir en un pueblo entre montañas era un privilegio que muy pocas personas conservan hoy en día. Y sí, vivo inmersa en un privilegio. Vivo en Ubrique, un rincón blanco escondido entre la sierra, donde las calles estrechas guardan historias en cada esquina y donde el olor a cuero forma parte de nuestra vida desde que nacemos. Aquí crecemos escuchando el sonido de las patacabras trabajando el cuero desde temprano, un ruido tan cotidiano que acaba convirtiéndose en la banda sonora de nuestras vidas. Vivimos rodeados de personas trabajadoras, humildes y cercanas, de esas que siempre encuentran tiempo para preguntar cómo estás o para ayudarte sin esperar nada a cambio.

Vivir aquí es felicidad. Es conocer a todo el mundo, salir a la calle y sentirte acompañado, aunque vayas solo. Es crecer viendo a generaciones dedicar su vida a la marroquinería, el trabajo que ha hecho conocido a nuestro pueblo en tantos lugares del mundo. Es acostumbrarte a las tardes de lluvia viendo cómo la niebla baja por la sierra y creer que aquí la vida siempre está a salvo.

Quizá ese es el error de quienes vivimos rodeados de naturaleza: terminamos creyendo que la conocemos. Aprendemos a mirar la sierra para saber cuándo viene lluvia, el color que toma en invierno y la forma en la que el viento recorre las calles vacías. Pensamos que las montañas nos protegen, que el paisaje siempre estará ahí siendo refugio. Pero la naturaleza nunca pertenece del todo a nadie. A veces basta una noche para recordarnos lo pequeños que somos frente a ella.

Pero nadie imagina una tragedia hasta que le toca vivirla.

Aquel enero comenzó como empiezan muchos inviernos en la sierra de Grazalema: lluvia, frío y calles mojadas. Al principio incluso resultaba agradable escuchar el agua caer mientras el pueblo seguía con su rutina. Las patacabras seguían sonando en los talleres, los vecinos seguían entrando y saliendo de los comercios y todos pensábamos que sería otro enero más.

Sin embargo, poco a poco la lluvia empezó a ser distinta. El cielo parecía haberse roto sobre nosotros y el agua caía sin descanso, golpeando las ventanas y corriendo por las calles como si no fuera a detenerse nunca. Recuerdo mirar por la ventana y sentir miedo de verdad por primera vez. Las calles comenzaron a llenarse de agua y barro. Las alcantarillas ya no podían soportar tanta lluvia y las plantas bajas empezaban a inundarse mientras las sirenas resonaban por todo el pueblo.

Fue entonces cuando escuché aquello que jamás pensé que escucharía:

—¡Hay que desalojar el edificio!

Ese fue el momento exacto en el que comprendí cuánto pesa una vida. Entré en mi habitación completamente bloqueada y abrí una maleta encima de la cama. La miré durante varios segundos sin saber por dónde empezar. ¿Cómo se supone que metes tu casa en una maleta? ¿Cómo decides qué parte de tu vida merece salvarse y cuál debe quedarse atrás?

Todo lo que veía me parecía importante. Las fotografías familiares, la ropa guardada desde hacía años, las cartas olvidadas en un cajón, los apuntes que había tomado a lo largo de mi carrera, los regalos de cumpleaños, los recuerdos de personas que ya no estaban. Todo tenía historia. Todo significaba algo.

Mientras las autoridades repetían que teníamos que salir rápido, yo daba vueltas por la habitación incapaz de decidir. El tiempo corría y el agua seguía subiendo. Recuerdo sentirme ridícula sosteniendo objetos sin saber si meterlos o volver a dejarlos en su sitio. Desde la calle llegaban gritos, sirenas y el sonido de puertas golpeándose con fuerza. Había vecinos intentando sacar muebles a toda prisa, otros achicando agua con cubos bajo la lluvia, familias enteras corriendo sin saber muy bien hacia dónde ir. Y, aun así, yo seguía paralizada frente a aquella maleta, incapaz de entender cómo se supone que una vida cabe ahí dentro.

Al final cogí algo de ropa, documentos importantes y algunas fotos. Y, aunque hoy me avergüence reconocerlo, también cogí el cargador del móvil. Todavía sigo preguntándome por qué el miedo nos hace actuar de manera tan absurda a veces. Quizá el miedo no nos vuelve absurdos; quizá simplemente nos vuelve humanos. Salí de casa con lágrimas en los ojos y cerré la puerta sin saber que aquella sería la última vez que la vería igual.

Fuera todo era caos. El agua seguía avanzando y muchos vecinos intentaban sacar lo poco que podían de sus viviendas y negocios. Personas mayores llorando, familias enteras empapadas, niños asustados sin entender qué estaba ocurriendo. Recuerdo mirar a mi alrededor y sentir una mezcla entre miedo, tristeza e impotencia imposible de explicar.

Y entonces ocurrió algo que jamás olvidaré: las patacabras dejaron de sonar.

El ruido constante de las herramientas trabajando el cuero, ese sonido que representa el trabajo, el esfuerzo y la identidad de Ubrique, desapareció por completo. Los talleres cerraron y el pueblo cambió las mesas de trabajo por botas de agua, escobas y cubos. Durante días enteros dejamos de preocuparnos por producir, vender o trabajar para dedicarnos únicamente a ayudarnos unos a otros. Y fue ahí donde entendí realmente el lugar en el que vivo.

Vi a jóvenes pasar horas achicando agua en casas que ni siquiera conocían. Vi a vecinos sacar barro de comercios destrozados mientras intentaban animar a quienes lo habían perdido todo. Vi a personas mayores preparar café y comida caliente para quienes llevaban todo el día limpiando sin descanso. Vi familias abrir las puertas de sus casas para acoger a otras que no sabían dónde iban a dormir aquella noche. Nadie preguntaba quién eras ni cuánto necesitabas. Simplemente ayudaban.

Los días siguientes fueron agotadores. Nos levantábamos temprano para limpiar calles enteras cubiertas de barro y, horas después, parecía que todo volvía a empezar. La humedad lo llenaba todo, el cansancio se acumulaba y la incertidumbre pesaba cada vez más. No sabíamos cuánto habíamos perdido ni cuándo podríamos recuperar algo de normalidad. Había vecinos que se habían quedado sin casa, negocios familiares completamente destruidos y personas que habían visto desaparecer en una noche el esfuerzo de toda una vida.

Y, aun así, nadie se rindió porque, cuando el agua parecía habernos quitado todo, el pueblo decidió sacar lo mejor de sí mismo.

Hoy todavía pienso en aquel momento frente a la maleta y sigo haciéndome la misma pregunta. Aunque con el tiempo he comprendido que es imposible meter una vida entera ahí dentro, porque una casa no son solo muebles, fotografías o paredes. Una casa son las cenas en familia, las risas que se quedan grabadas en una habitación, las voces de quienes ya no están y también las personas que aparecen para ayudarte cuando todo se derrumba.

La lluvia nos quitó muchas cosas, pero también nos recordó quiénes somos. No enseñó que lo material puede desaparecer en cuestión de minutos, mientras que la solidaridad permanece incluso en los peores momentos. La naturaleza nos recordó lo pequeños que somos frente a ella, pero también todo lo que somos capaces de sostener juntos.

Aquel enero las patacabras dejaron de sonar, pero el pueblo entero empezó a hacerlo por ellas: escobas golpeando el suelo, cubos llenándose de barro, puertas abriéndose para quien no tenía dónde dormir.

Y fue entonces cuando entendí que una vida nunca podrá guardarse en una maleta y que quizá un pueblo sea eso: un lugar donde, incluso cuando todo se derrumba, siempre aparece alguien dispuesto a sostenerte.

 

. Nota: todos los relatos ganadores están publicados en la página del ayuntamiento de Ubrique (en este enlace) y se pueden descargar en PDF.  

 

 

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