domingo, 8 de agosto de 2021

El antiguo futbolín restaurado de Efrén Pamies

 

 

El futbolín de doña "Conchica" antes de su restauración


Por Esperanza Cabello


Nuestro trabajo en el blog hace que tengamos frecuentemente sorpresas y alegrías, casi siempre con personas allegadas o incluso desconocidas que tienen intereses y valores similares a los nuestros.

Hace unos días un chaval de Bigastro, un bonito pueblo de Alicante (en este enlace), nos envió un mensaje interesándose por aquel futbolín de Villaluenga que  fue la imagen de una de las entadas del blog en 2012 y que ilustró una de las primeras entradas de 2007.

Se trataba de un futbolín de la casa Escardibul, de Barcelona, de 1953, que había sido deshechado en Villaluenga en 2012 y en el que a buen seguro habían jugado muchas generaciones de payoyos y ubriqueños. En este enlace podemos ver la entada.

Pues bien, este joven de Bigastro, que se llama Efrén Pamiés, recuperó un futbolín similar de la antigua y primera casa de recreativos que tuvo Bigastro, "Casa doña Conchita".

 


 

Nos ha impresionado la sensibilidad de Efrén y el cariño que ha puesto en recuperar y proteger recuerdos del pasado de su pueblo. Este video, que no puede dejarnos indiferentes de ninguna manera a quienes conocimos tiempos diferentes, recoge el estado de la casa de recreativos justo antes de su demolición.

Nos ha recordado cuando en Ubrique demolieron la esquina de "Aguailla", aunque en aquella ocasión nadie pudo tomar imágenes del interior del edificio.

Efrén nos ha contado la historia de doña Conchica:


"Concha Guillo fue una señora que en su casa montó un establecimiento en los años 50 con varios futbolines (3), una mesa de pimpón, un billar y posteriormente en los años 80 algunas maquinas de vídeo juegos y pinball. Detrás de un antiguo mostrador vendía todo tipo de chuches y golosinas de la época, helados artesanales y caseros, juguetes, tabacos, etc y estuvo en el negocio por muchísimos años. Previamente regentó una heladería hasta los años 50. 

Muchas generaciones de niños, adolescentes y mayores pasaron por su casa y muchos recuerdos nos quedaron en la memoria para siempre. Era una señora buena pero con carácter porque los críos ya sabemos como hemos sido y siempre con las travesuras al acecho. 

Esta mujer falleció una noche del año 2000, concretamente un 13 de enero, contando la edad de 81 años y hasta su último día de vida todavía estuvo activa en su negocio, aunque ya no dormia en esa casa y dormía en casa de sus hijos porque ya era mayor para estar sola. La casa se cerró al día siguiente de su muerte y nunca más se abrieron sus puertas hasta el día de la demolición de la vivienda el 9 de febrero del 2021. 

Tuve el privilegio de poder entrar y ver los recuerdos que quedaron en ese lugar y con el permiso del nuevo dueño, que me ofreció quedarme con lo que quisiera y poder salvar algún objeto para que no quedara todo en el olvido. Rescaté uno de los tres futbolines que estaban ya muy deteriorados, pero era uno de los objetos más representativo del lugar. No era un futbolín antiguo cualquiera, era un emblema histórico para todos los vecinos del pueblo de Bigastro y que no podía perderse. Había que intentarlo y con un poco de dedicación y sentimientos encontrados, pude darle nuevamente esa belleza que en algún momento tuvo, allá por la decada de los años 50".

Y, efectivamente, Efrén ha conseguido su propósito, ha restaurado al detalle el futbolín de doña Concha para recuerdo de todos los habitantes de Bigastro. Nosotros no sabemos bien qué habrá sido del futbolín de los cincuenta de Villaluenga, esperamos que siga en buenas manos y que algún día una persona paciente, mañosa, concienciada y empática, como Efrén, lo deje "níquel" para las generaciones venideras.

 

En este segundo video podemos ver cómo funciona incluso el monedero, hacen falta dos pesetas para poder jugar. ¡Es mágico!

 

 


 

Efrén nos ha enviado un buen montón de fotografías del proceso de restauración del futbolín de la casa Escardibul y pensamos que es una buena idea compartirlas todas por si alguno de nuestros lectores se anima a recuperar un trocito del pasado.

¡Enhorabuena, Efrén, ha sido un trabajo formidable, nos ha encantado ver este magnífico resultado y te agradecemos que hayas compartido con nosotros esta bonita historia!
























































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miércoles, 4 de agosto de 2021

Rociar la ropa: la plancha

 

Pequeña colección de planchas antiguas


Por Esperanza Cabello


En estos días calurosos de verano no hay nada mejor que levantarse tempranito y planchar con tranquilidad y sin prisas.

El planchado es una tarea doméstica curiosa, la mayoría de las personas la evitan todo lo que pueden y, cuando no pueden, planchan con tanta desgana que más valdría dejarlo.

A mí me gusta planchar (si mi abuela o mi madre oyeran esto se volverían llenas de asombro). Planchar tranquila, a primera hora de la mañana, es una especie de meditación, te concentras, preparas tu ropa (mi amiga Lorenza, en Rota, me decía siempre que si al recoger la ropa la doblabas, ya tenías media plancha liquidada), coges tu plancha, lo más simple posible, y te dedicas a planchar y doblar. Poco a poco el montón infernal de sábanas y ropa de casa se va convirtiendo en una pila perfectamente ordenada, lo que te llena de satisfacción.

Hoy, mientras planchaba y con el calor que hace que deja la ropa "tiesa", me he estado acordando de un gesto simple que he visto hacer miles de veces y que creo que se ha perdido, al menos no veo a nadie haciéndolo ni nadie lo ha referido: Rociar la ropa.

Cuando era chica en mi casa vivíamos siempre catorce o quince personas: abuelos, tíos, padres, hijos, hermanos, muchachas... Toda una tribu que usaba ropa de algodón, pañuelos de algodón, sábanas de algodón y todo de algodón, porque en los sesenta la fibra brillaba por su ausencia.

En la casa de mis abuelos siempre había ropa para planchar; se planchaba sobre una mesa de madera que había en la cocina de dentro. Encima de la mesa se ponía un follapepe (en este enlace) y sobre el follapepe un trozo de sábana antigua. Justo al lado de la mesa había un quinqué y una plancha antigua de carbón, que ya en los sesenta no se usaba.

 


Antigua plancha de carbón, el carbón ardiendo se metía dentro



Esta plancha antigua de carbón no se utilizaba ya entonces, pero alguna vez mi abuela la preparó para que viéramos cómo funcionaba, porque era un instrumento que llamaba la atención. Y era buenísima para los pañitos almidonados. Eso también era un arte, almidonar, que lamentablemente se está perdiendo.

Como decía, en casa de mi abuela siempre había plancha pendiente, supongo que habría un par de mujeres dedicadas en exclusiva a lavar y planchar la ropa, porque éramos muchos. En aquella época, sigo hablando de principios de los sesenta, aún había una cocina de carbón, que convivió unos años con la de butano, y había unas carboneras en los almacenes de arriba. Para encender la cocina se iba llenando la parte de abajo con carbón que se prendía. Para planchar, en la parte de arriba, en el "infiernillo" se colocaba una plancha de hierro con mucho cuidado, eligiendo el tamaño según la prenda que se iba a planchar. Había un planchero en el que se encontraban varias planchas ordenadas de mayor a menor.

 


Planchero con cuatro planchas de hierro


La plancha se sujetaba con un agarrador, que normalmente se hacía con trocitos de tela y una guata o un trozo de manta dentro, como este que hemos visto en este enlace.

 


Una vez caliente, se planchaba con mucho cuidado, probando primero en una esquinita de la prenda, y, normalmente, poniendo un trapito encima para no quemarla. Alguna vez, siendo muy chica, me dejaban planchar alguna cosa. Me subía a una silla, para llegar a la mesa, cogía la plancha e intentaba planchar con esmero los pañuelos que me daban, teniendo cuidado en las esquinas y aprendiendo a doblarlos de una forma curiosa, triangulares, con un doblez abajo y dos picos, para ponerlos en el bolsillo superior de la chaqueta.




Pero en verano, y aquí viene eso de "rociar la ropa", como la ropa blanca se secaba muchísimo, después de destenderla se colocaba cada prenda sobre la mesa de plancha, y en un cacharrito con agua (un cuenco o un plato) se iban metiendo los dedos y se iba rociando con mucho cuidado con gotitas de agua. Después se enrollaba y se iba haciendo una pila de ropa seca y rociada para plancharla al atardecer con la fresquita o, mejor aún, de buena mañana.

Entonces no existían pulverizadores de agua, ni planchas de vapor ni centros de planchado, solo planchas de hierro que además tenían formas diferentes según su función. 

De las planchas que tenemos en nuestra pequeña colección solo conozco exactamente la función de una, la que servía para planchar sombreros.

 


Plancha para sombreros, número 2


Sé que estas planchas eran para sombreros porque me lo explicó mi tía Isabelita (en este enlace) y se ven las planchas especiales en la foto de la sombrerería, y en la casa de mis padres estaba guardada junto al molde de sombreros que depositamos en el Museo de la Piel de Ubrique, y que podemos ver en este enlace.


También eran especiales unas planchas más pequeñas, que podríamos erróneamente considerar infantiles, pero que se utilizaban para cuellos, corbatas y cintas. Nuestra tía Juana Saborido Izquierdo, que vivía en la callejuela de la Cárcel, (en la casa en la que se refugió Marcos León López cuando lo perseguían los falangistas), era camisera, especializada en camisas de hombre, y tenía muchas de estas planchitas pequeñas.

 

Planchas camiseras, con números 1 y 2

 

En esta colección de planchas antiguas hay ejemplares de muchos mercadillos y traperos, incluso tengo alguna de Francia, y otra que me regaló una amiga inglesa. Algunas las hemos encontrado tiradas en el campo (la última no hace ni un año), a lo mejor sin asa o muy oxidada, pero son fáciles de reparar (si alguien saber soldar, claro). Imagino que al ser tan corrientes y al haber más de una en cada casa son miles las planchas que poco a poco han sido arrumbiadas.

Ya en los setenta empezaron a llegar las planchas eléctricas, y aquí también tengo una historia, peligrosa, pero con final feliz.


Antigua plancha de viaje de la marca Jata

 

Abuelo Leandro había traído de Madrid, como siempre, la última novedad tecnológica: una plancha portátil de viaje Jata.
Parecía de juguete, era roja, con una funda con cremallera y un enchufe adaptado a las tomas de varios países, con dos, tres o cuatro "patitas".

Un día, cuando vivíamos en Santa Rosalía, decidí que iba a ayudar a mi madre con la plancha y le iba a dar una sorpresa. Tendría siete años entonces. Como no se podía coger la plancha de hierro para no quemarse, cogí la maravillosa plancha de viaje  eléctrica, que no se usaba (pues estaba reservada para los viajes) me llevé la tabla de planchar a la habitación y no tuve otra ocurrencia que enchufarla sin comprobar la corriente, en realidad ni siquiera sabía nada de electricidad.

Lo único que conseguí fue un buen explotijo (que no se me olvide esta palabra para ponerla entre las especiales de nuestra zona, que no consta en la RAE), al enchufar la planchita: la mano quemada y la plancha estropeada para siempre.

 



Así que a partir de ese momento mi tarea de planchadora fue esa: rociar la ropa antes de que mi madre o Manola la plancharan. Durante mucho tiempo me entretuve rociando la ropa de plancha y preparándola bien enrolladita para que después fuera más fácil la tarea.

 


 

 

Y esa ha sido la reflexión y el recuerdo de esta mañana mientras transformaba el montón de ropa blanca, que nadie había rociado,  en una pila planchada y ordenada, es estupendo recuperar recuerdos de la niñez y aún más tener los objetos que refuerzan esos recuerdos.