Una magnolia del jardín de mi amiga Valle
Por Esperanza Cabello
Hoy hace diez años que nuestra madre nos dejó, más huérfanos que nunca. En estos años hemos tenido tiempo de echarla de menos hasta la saciedad, de llorarla, de quererla y de pensar en ella todos los días. Las velas, las flores, las visitas al cementerio, el difícil paso de vivir sin ella.
Y es que, como dice Rozalén en una canción, las hadas existen, y nuestra madre era un hada, sin varita, sin alas, pero con unas manos que acariciaban y una mente privilegiada en la que ponía todo su amor, todos sus recuerdos, toda su honestidad y todo su cariño.
Por eso se convirtió, con todos los honores, en nuestra maestra de vida, en nuestro modelo, en nuestra inspiración. Lo único que queríamos en la vida era poder parecernos un poco a ella, porque así podríamos ser buenas personas.
Ahora termina junio, con él termina el curso escolar, comienza el verano, la vida se ve de otra manera y todo comienza a aclararse. Es el ciclo de la vida, cada año se renuevan los recuerdos, cada año surgen, si apenas esperarlos, los duendes de la maceta de nuestra madre, que se mantienen fiel a su memoria, esas pequeñas flores tan sencillas, humildes y preciosas como ella, que nos calientan el corazón y nos recuerdan que nuestra madre seguirá siempre a nuestro lado.💜💜💜💜💜
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