martes, 9 de octubre de 2018

Las cruces de Ubrique. El padre Buenaventura de Ubrique, por el padre Sebastián

Vía Crucis original desde el San Antonio al Calvario de Ubrique
erigido por Fray Buenaventura de Ubrique al principio del siglo XVIII
Litografía de S. Scherzinger en 1876






Por Esperanza Cabello

Hace un par de meses que nos preguntaron por la "Leyenda de las tres cruces" y la verdadera historia de las cruces de Ubrique. Nuestro padre, Manuel Cabello, escribió en sus libros sobre el padre fray Buenaventura de Ubrique (1691-1753), un hombre santo del que tenemos muy pocos datos y lo único que ha trascendido a nuestros días es que colocó las tres cruces de Ubrique (la de la Viñuela, la del Benalfí y la del Tajo), que fundó el Vía Crucis y el calvario de Ubrique, de Benaocaz y de Villaluenga (al menos) y que fue modelo de santidad para el Beato Diego José de Cádiz.

El padre Sebastián de Ubrique, en su obra "Historia de la villa de Ubrique" le dedica unas páginas en su libro, en el apartado de hijos ilustres. Páginas que hemos transcrito y que traemos a este blog íntegramente aunque por su extensión (casi cinco mil palabras) merecería un lugar de excepción.

Las dos fotografías que ilustran esta entrada (no existe ninguna imagen de fray Buenaventura) fueron realizadas por Manuel Cabello Janeiro en los setenta, cuando, siguiendo la tradición, restauró con sus niños de Misión Rescate el viacrucis del padre Buenaventura, obra de que se conserva aún actualmente una buena parte.





HIJOS ILUSTRES DE UBRIQUE
El V. P. Buenaventura de Ubrique

El V. P. Buenaventura de Ubrique es una de las figuras más popula­res de nuestra historia. Su nombre andaba de boca en boca, y sus dichos y milagros los contaban emocionadas las madres a sus hijos. Si el beato Diego José de Cádiz irradia su fama desde Ubrique a toda la nación, el V. P. Buenaventura es el “apóstol de la Serranía” y su vida y sus hechos se circunscribieron a estos lugares, donde ejerció preferentemente su ministe­rio apostólico.
La historia ha sido con él avara de datos. Los únicos que poseemos se hallan en la Historia instrumental de la fundación del convento de ca­puchinos de Ubrique. por el M. R. P. Nicolás de Córdoba, y estos con ocasión de redactar su necrología. Los restantes pertenecen a la Vida do­cumentada del V. P Diego José de Cádiz por el M. R. P. Luis Antonio de Sevilla.
Debió de nacer en 1691, a poco de fundado el convento de Ubrique, y en este una de las primeras vocaciones que dotó a la orden. En fecha descono­cida tomó el santo hábito y profesó al siguiente año en Sevilla.
Insertamos el siguiente relato del R. P. Nicolás de Córdoba, donde es­tá resumida la vida de este siervo de Dios:
“En el año 1753 murió también en la villa de Olvera el P. Fr. Buena­ventura de Ubrique, predicador y misionero apostólico, siendo de edad de 52 años. Para referir la historia de este venerable religioso, era menester mucho tiempo y llenar muchos volúmenes, y como es preciso ceñirnos a este breve compendio, en este sólo diremos que la virtud de este religioso y su vida fue tan rara, que parece quiso Dios manifestarnos con ella cuan incomprensibles son sus inicios y los caminos por donde Dios lleva los al­mas al cielo.
Aunque este religioso manifestaba tener vivacidad de luces naturales, por lo que la provincia lo puso a los estudios de filosofía y teología, asig­nándolo entre los discípulos del P. Fr. Juan Francisco de Mairena; pero su mayor estudio lo aplicó a vivir retirado de todo comercio, aun de sus pro­pios condiscípulos, y sólo aspirar a ejercer el oficio de la predicación, sin que se descubriese en él acción singular, pues en su vida, si bien ajustada á nuestro seráfico instituto, sólo se le notaba el retiro con que procuraba vivir. Cumplidos todos los estudios, se le dio el título de predicador, y con eficaces ansias solicitó también se le diese el de misionero apostólico. Lue­go que se halló con uno y otro empezó a ejercer su apostólico empleo por un modo tan extraño, que, siendo así que sus sermones nada llevaban de estudio o sabiduría humana, pues se referían a unas palabras naturales o a referir ejemplos, era tanto el gusto con que le oían, y tanto el fruto que causaba, que, siendo así que en aquellos principios iba acompañando en las misiones a algunos de los célebres predicadores que hemos tenido en la provincia, aunque a estos lo celebraban por lo docto de sus sermones y por la gracia de su decir, en predicando el P. Fr. Buenaventura, con su sen­cillez en el hablar suspendía los auditorios, profiriendo muchas veces hombres de letras y virtud que en aquel religioso resplandecía la predicación evangélica, pues bajo lo inculto de sus voces se ocultaba la virtud divina de que solo participaban los que con sencillez de ánimo lo oían.
Fue tanto el conato con que por medio de sus evangélicas tareas solicitaba el bien de las almas, que para él jamás hubo mayor diver­sión ni ocupación más grata que andar perpetuamente haciendo misión, y así en este ministerio gastó 23 años, habiendo conseguido admirables con­versiones de almas perdidas, que se hablan entregado a la esclavitud del demonio, viviendo en las cadenas de los vicios. Muchos casos pudiéramos referir en confirmación de esto: hasta sólo el que nos refirió el licenciado don Francisco Cordero, abogado de los reales consejos y fiscal eclesiástico del obispado de Cádiz.
Hallábase el padre de dicho don Francisco, siendo hermano mayor de la Caridad de Algeciras, donde era síndico nuestro, y sucedió allí que, senten­ciado a ser pasado por las armas un soldado, y metiéndolo para este fin en la capilla, este se mantuvo dos días tan obstinado que, siendo así que concurrieron a exhortarlo a que se confesase cuantos hombres doctos hu­bo en aquellas cercanías, nada pudieron conseguir de él sino irritarlo más, prorrumpiendo su enojo en horrorosas blasfemias. Puso este funesto lance en contristación a todos: pero mucho más a nuestro síndico, que, siendo hombre de singular virtud, sentía sobremanera la pérdida de aquella alma, por lo que interiormente estaba deseando pudiese venir a convencer a aquel hombre el P. Fr. Buenaventura; pero, como no sabía donde se ha­llaba entonces, no pudo practicar alguna diligencia sobre esto.
No quiso Dios quedaran ilustrados los caritativos deseos del hermano mayor de la caridad, y así la mañana del día en que se había de ejecutar la sentencia entró por las puertas de su casa el P. Buenaventura. Regocijado nuestro síndico con la visita del varón de Dios, y, atribuyéndo­lo a singular providencia del cielo, lo recibió con los brazos abiertos y le informó del caso. Suponemos para los que le leyeren esta historia y no co­nocieren al siervo de Dios, que este fue un hombre de tan pocas palabras, que jamás siguió conversación sobre asunto alguno, sino con solas me­dias palabras y encogiéndose de hombros y bajando la cabeza haciendo ademán de que no entendía lo que se le hablaba, respondía siempre.
Luego que nuestro síndico le informó de lo que dejamos dicho el siervo de Dios, haciendo los expresados ademanes respondió —¡Pues yo qué!— Y volviéndole las espaldas, se volvió a salir de la casa. El síndico, que no advirtió por el pronto, creyó se iba a la puerta a hablar con alguien; pero reparando que salía a la calle salió a llamarlo, cuando advirtió que iba bien distante, porque su andar parecía lo ejecutaba con alas. Aceleró nuestro síndico el paso; pero cuando volvió la esquina ya lo perdió de vis­ta, causándole nuevo quebranto el ver se frustraban sus ansias, que eran que el P. Buenaventura fuese a exhortar a aquel miserable hombre; y como él no le había dicho dónde estaba la capilla en que se hallaba el soldado no le pasó por el discurso pudiese haber ido allá. No obstante, su cuidado lo llevó a la capilla, y, entrando en ella, halló al cura con el capellán del re­gimiento y otros eclesiásticos, llenos de admiración, confirmándoles lo que habían visto. Preguntóles nuestro síndico por la disposición del reo y ellos, llenos de júbilo, le dijeron cómo estaban admirados de lo que pasaba y acababan de ver, y que solo por este medio lo hubieran creído: y fue que, estando ellos empellados en reducir a mejor acuerdo a aquel soldado, entró el P. Ventura, y encarándose con el soldado le dijo: Tontillo, tonti­llo ¿no sabes que esta tarde vas a morir? Ea, vamos a confesar. Quedó­se un rato el soldado mirando al P. Fr. Buenaventura, y hechos sus ojos dos fuentes, le dijo: Pues vamos a confesar. Como en efecto estaba con­fesando, por lo que ellos se habían salido del cuarto y estaban conferen­ciando con asombro lo que habían visto.
Fue humildísimo sobremanera, y tan pobre, que jamás tuvo a su uso más que las alhajas constituidas por un hábito, el breviario y un pañuelo. Su pureza fué angelical, y para conservarla trajo tan mortificada su vista, que nunca miró alguno a la cara. Su mortificación (aunque en su porte siempre fue según la vida común de los religiosos, sin que se le no­tase particularidad) era mucha, pues su comer era muy poco y su trabajar por el bien de las almas era mucho. Siempre anduvo a pie, y aunque tan agrios son los caminos de la Serranía de Ronda, a él le parecían muy sua­ves, andándolos frecuentemente para hacer misión en todos los lugares que hay en ella.
Tenia especialísima devoción a la Pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, y para radicarla en los corazones de los fieles, en todos los lu­gares donde estuvo fundaba Vía Crucis, y en los cerros más eminentes co­locaba cruces, llevando a aquellos sitios grandísimos maderos, como hoy se ven en muchas partes, cosa que sin evidente milagro no era posible.

Igualmente era devoto de María Santísima Señora nuestra, y así procuraba establecer en todos los lugares donde predicaba la devo­ción del santo Rosario con tanto fervor que recreaba a todos los ca­tólicos el ver con el desvelo que aplicaba a que se le tributasen cultos a nuestra común Madre. Repartía cédulas de la Concepción, encargando la devoción a este misterio, y que los tomasen con viva fe así los que padecían de calenturas, como las mujeres que estaban de parto, habiéndose ex­perimentado innumerables maravillosos efectos. Uno de los que han llega­do auténticos a nuestra noticia es el que sucedió en Cortes. Pasaba un día el varón de Dios por una calle de aquel lugar, donde vivía una mujer, lla­mada Ana de Soria, la cual se hallaba en días de dar a luz, y viendo al siervo de Dios lo llamó, pidiéndole la encomendase a su Majestad para que le sacase con felicidad de su cuidado. El P. Ventura le dió una cedulita de la Concepción, encargándole que cuando se sintiese con los dolores del parto, la tomase, encomendándose muy de veras a María Santísima Señora nuestra rezase tres Ave Marías gloriadas. Ejecutólo así la pacien­te. y apenas le empezaron los dolores, cuando tomó la cédula y con felici­dad mucha dió a luz un niño a quien en el bautismo pusieron por nombre Antonio, y hoy se llama Antonio Fernández Guerrero. Pero lo que aquí hay digno de admirar es que la criatura sacó en lo mano derecha la misma Cedulita que la madre había tomado, lo cual depuso con juramento el P. José de Cortes, afirmando era público y notorio.

Otros innumerables prodigios obró Dios por los méritos de su siervo en todos cuantos lugares hizo misión, como es público y notorio, por lo que aquí omitimos referirlos, reservándolos para cuando tratemos de este siervo de Dios cuya Crónica de esta provincia, concluyendo esta materia con decir, que siendo así que él Siempre se halló pronto a predi­car la palabra de Dios, aun donde no lo llamaban, nunca quiso ir a la villa de Olvera, aunque para ello le hicieron en varias ocasiones repetidas instancias: pero este año, luego que acabó la cuaresma, sin haber sido llama­do, se partió de este convento para dicha villa y llegando a la de Villaluenga entró en casa de nuestro síndico, que era el cura de dicha villa, y hallándolo accidentado, lo exhortó a la conformidad con las disposiciones divinas, y, al tiempo de despedirse de él le dijo estas palabras: Ea, hermano, usted ahora, y luego iré yo a Dios, que me voy a Olvera. No en­tendieron por entonces el sentido de las palabras, pero muy en breve se conoció habían sido proferidas en sentido profético, porque al tercer día murió nuestro síndico, y el P. Buenaventura, luego que llegó a Olvera, se halló acometido de un tabardillo y dolor de costado, accidente que en bre­ve le causó la muerte en la que sucedieron muchos prodigios y cosas dig­nas de grande edificación, como en compendio se contienen en la carta circular que para dar noticia a la provincia de su muerte, escribió el padre fray losé de Argamasilla, guardián que era entonces de este convento, la cual es del tenor siguiente:
“R. P. guardián del convento de...
Recibidos los santos sacramentos, murió en la villa de Olvera, a los 52 años, el P. Fr. Buenaventura de Ubrique, predicador y misionero apos­tólico, en cuyo ministerio trabajó con incansable fervor y celo del bien de las almas, por espacio de 23 años consiguiendo con la apostólica tarea, su religiosa vida y muchos milagros (que de él se refieren) la común vene­ración y opinión de santo, no sólo en los inmediatos pueblos, sino también en los distantes. Murió en la misma opinión que había vivido porque, despoblados los lugares vecinos a la noticia, para verlo, entre sentidos clamores, repetían: ¡Murió el santo! ¡Murió el P. Ventura!
Confirmó esta piadosa creencia y veneración el religioso fervor con que se dispuso para el tremendo trance de la muerte, pues, siendo el acci­dente agudísimo dolor de costado con tabardillo, lo pasó con admirable tolerancia sentado en una silla, hasta que, ya sin aliento, lo pusieron con mucha instancia en la cama que tenía prevenida. En ella se puso en cruz, así se mantuvo con universal edificación hasta que acabó la vida. Divulga­da esto noticia, se arrojó el cadáver la indiscreta devoción, y sin poderlos contener las razones, le despojaron de la cuerda, habito y paños menores, que dividieron en pedazos por reliquias, y le cortaron la barba y pelo del cerquillo. Muerto, le sentaron en una silla como de enea, sin brazos, en la que se mantuvo, hasta que a las 14 horas lo pusieron en la caja con la fle­xibilidad en brazos y manos que cada cual movía a su voluntad y aplicaba a donde quería. A las seis horas después de muerto le sangraron y dos después le quitaron la venda y cabezal y en una y otra salió abundancia de sangre, que la conservaron en una redoma como preciosa reliquia, pa­ra satisfacer la devoción de tantos como habían concurrido. Le tuvieron expuesto sin darle sepultura cincuenta horas, tocando todos con grande fe en el cadáver rosarios, medallas y otras alhajas.
Últimamente, después de grandes molestias y reñidas disputas (que temieron terminasen en lasti­mosos escándalos) entre los RR. PP. de san Francisco de Paula, clero y criados del Excmo. Sr. duque de Osuna lo sepultaron en una capilla de nuestro Redentor Jesús, de quien fué singular devoto, de la iglesia parro­quial en una caja nueva con tres llaves, una de las cuales se dio al clero de dicha villa, otra a la justicia y otra al señor corregidor por el excelentísimo señor duque de Osuna, como patrono de dicha iglesia, hasta que S. E. determinase donde debía colocarse: noticia que doy a V.R. para que lo haga notoria a esa comunidad santa, y a mi mande cuanto sea de su obsequio.
Nuestro Señor guarde a V. R. muchos años.
Ubrique, y abril 20 de 1755 años.
B.L.M. de V.C. su afmo., servidor

Fr. Joseph de Argamasilla, guardián”[1]





Fundación del Calvario.
Según se desprende de la narración del P. Nicolás de Córdoba, y se confirma por la tradición, el V.P. Buenaven­tura de Ubrique fué el fundador del Vía Crucis y Calvario de Ubrique, y en general de los levantados en casi todos los pueblos de la Serranía.

Con la ayuda de todo el pueblo, trabajando gratuitamente los vecinos, aportando materiales y recursos, empezó a construir el Vía Crucis y el Calvario, a imitación del que partía desde la casa de Pilatos a la Cruz del Campo, de Sevilla, y de los erigidos en otras muchas ciudades de Anda­lucía.
En el construido por el V.P. Buenaventura, arrancaban los postes desde la Iglesia de san Antonio, coronados por sencillas cruces de hierro forjado. En la estación XII había un Cristo de mármol, que se conserva to­davía y será instalado en el nuevo Calvario reconstruido[2].
Finalizaba el Vía Crucis en una capillita con sencillo y pobre altar, en el que se veneraba el Cristo del Calvario, de poco más de una vara de al­to.
Esta imagen llegó a ser una de las de mas veneración en Ubrique. Las promesas, en las enfermedades, guerras, ausencias y peligros consistían en mandar una misa y encenderle una luz durante la noche, permaneciendo siglo tras siglo el Calvario iluminado, como si fuera el foro indicador de la fe del pueblo y como una nota tierna de tipismo y poesía.

La capillita tenia adosada una pequeña sacristía al lado y habitación detrás, donde cata la soga de la campana y dormía el ermitaño al cuidado del Cristo.

En 1801 la amplió D. Pedro Romero con un atrio cubierto, para que se resguardara la gente en caso de lluvia y de temporal, aumentando su capa­cidad para las funciones y misas que se celebraban.
La tradición cita el hecho de que vieron al P. Buenaventura bilocarse. Sabiendo el padre guardián que había ido ni Calvario y no había vuelto, y estando todas las puertas cerradas, se lo encontró con sorpresa suya orando en el coro a la hora del acto de comunidad. Hechas las debidas di­ligencias, se halló que había estado al mismo tiempo en el convento y en el Calvarlo.
Era una cosa típica y emocionante ver los Vía Crucis, dirigidos por el V.P. Buenaventura, y cantados por el pueblo, durante los cuales hacía fer­vorosas exhortaciones a los Heles, cargado con una pesada cruz.
El Vía Crucis era doble: uno que partía, como hemos di­cho, de la antigua parroquia de san Antonio, y otro que arrancaba de las proximidades del corral del concejo, reuniéndose los fieles de la parte norte de la población con los de la parte sur en la altura del Calvario.
Al desescombrar el derrui­do emplazamiento de la ermita se han descubierto placas de un Vía Crucis en cerámica sevilla­no de medio relieve. Esto hace suponer o que los relieves esta­ban colocados en la parte superior de los postes o en un Vía Crucis interior en la capillo para comodidad de los fieles.
    El V. P. Buenaventura de Ubrique fué además, como se ha dicho, el fundador de los Vía Crucis y Calvarios de Benaocaz, cuya silueta en lo alto de la sierra era tan típicamente bella; del Calvarlo de Villaluenga (véase P. Pérez –Discurso de recepción en la academia hispano-americana de cien­cias y artes p, 66). y del de Grazalema y otros más de la Serranía.
Nótese cómo su elocuencia logró empapar a estos pueblos en la idea de la Pasión, habituarlos a la mortificación y a la penitencia, y hacerles practicar
y sentir la devoción a los dolores de Cristo y Madre Santísima. Así con­siguió modelar un pueblo sufrido y fuerte, austero y grave, aquí donde lo vida tiene que ser necesariamente dura, porque es dura y hosca la natura­leza que lo rodea. En cambio, la revolución al entrar vino soliviantando todos las pasiones, excitando a todos los placeres y diversiones, hundien­do a las masas en el cenagal del cine de donde salieron los salvajes de trajes de última moda y melenas onduladas y de almas de escribas y sayo­nes, que habían de echar por tierra lo obra secular del V. P. Buenaventura.

El P. Buenaventura de Ubrique y el beato Diego José de Cádiz


Es indudable, y así lo afirma el R.P. Luis Antonio de Sevilla que el V.P. Buenaventura de Ubrique conoció al niño José Caamaño. El P. Bue­naventura era un sol que se ponía: el beato Diego era otro sol que asoma­ba por el oriente. El venerable anciano habló con el niñito de diez o doce anos e inflamó su corazón en el amor divino. «Había en el convento, di­ce, un sacerdote ejemplarísimo con el que me confesé y con su dictamen lo hacía todos los domingos, con gran consuelo y utilidad mía, pues la me­nor imperfección me parecía una montaña, sin declinar jamás a escrúpulos, antes me reía de ellos. Al oír a este religioso, que tenía don especial de hablar de Dios, me encendía en divino amor y en unas ansias insaciables de ser santo».[3]
El beato Diego cuando niño, se cría en una atmósfera saturada de perfumes de santidad, de virtudes y milagros que rodea al V. P. Buena­ventura. Mas tarde, cuando vuelve ya sacerdote, trata de buscar su vida y tomarlo por modelo. Esto nos plantea a nosotros un problema: ¿Se escri­bió la vida del V. P. Buenaventura o la que él leyó es la contenida en la crónica del convento que hemos insertado nosotros? A casi dos siglos de distancia nos es casi imposible averiguarlo. Tal vez se escribió una vida aparte que se ha perdido. Lo mismo debe decirse de la crónica general de la provincia que anuncia el P. Nicolás de Córdoba, la cual, si se escribió, ha debido perderse, conservándose sólo las crónicas particulares de los conventos, y no todas.
La vida del P. Buenaventura fue el molde en donde se formó el beato Diego. De niño, con su dirección y enseñanzas; de sacerdote joven leyendo su vida y proponiéndose seguir en todo sus huellas.






Ubrique: Cristo de mármol de una sola pieza que formaba la XII estación del Vía Crucis del Calvario. En poder de don José Rodríguez Sánchez.




“Lleno de espiritual alegría, dice el P. Luis Antonio de Se­villa, llegó a aquel convento (Ubrique) singularizado cierta­mente entre otros de la provin­cia, y santificado, digámoslo así, por las vidas de muchos ejemplarísimos religiosos, como el V. P. Buenaventura de Ubrique, misionero incansable de aquellas sierras que murió por los años de 1750 (la fecha está tomada a bulto y equivoca­da: fue en l755) en la villa de Olvera, donde está su cuerpo en gran veneración, a cuyo pue­blo siempre se había excusado de ir a predicar, y de su motivo fue en aquella ocasión, habién­dose notado que, contra su cos­tumbre, no sólo se despidió de los religiosos, sino de algunos devotos v parientes que allí te­nía. A este convento, escuela y taller de muchos venerables nuestros llegó fray Diego, y a poco de estar en él buscó la vida del dicho padre Buenaventura, como quien quería en ella tomar lecciones para arre­glar la suya. Pero ¡ah! que si Dios eligió a aquel praedicare pauperibus, a fray Diego lo había destinado para que lo hiciera coram gentibus el regibus et filiis Israel”.[4]
Y refiriéndose el mismo autor a los primeros tiempos del apostolado del beato Diego, dice: “La memoria del antiguo misionero ya citado, padre Ubrique, resucitó en aquellas villas y poblaciones, y en todas se le llamaba comúnmente el sucesor del P. Fr. Buenaventura». (-2)
En 1731 habla muerto el P. Félix José de Ubrique. Con él desapare­cía el auténtico representante de la oratoria culterana. El P. Buenaventura inicia la oratoria sencilla y popular. El beato Diego eleva esta oratoria apostólica a la cumbre, hasta hacerse el primer orador de España en su siglo.
Del P. Buenaventura toma el espíritu y la sencillez franciscana.
El apostolado de P. Buenaventura se circunscribió a los pueblos de la Serranía, mientras los PP. Luis de Oviedo, Isidoro de Sevilla, Feliciano de Sevilla recorrían toda Andalucía, y el beato Diego, que había de sucederle evangelizaría a toda España.
En muchos aspectos de este apostolado el beato Diego se conserva fiel a la tradición del V. P. Buenaventura. La devoción del beato Diego de repartir cedulitas de la Inmaculada, que sus émulos tanto combatieron, y en defensa de los cuales hubo de escribir la Apología de las cedulitas de la Inmaculada Concepción, es del P. Buenaventura, dándose e1 caso de cu­raciones y milagros en todo similares, así como la devoción del Vía Crucis y otras practicas del gran apóstol.
Por este tiempo, primera mitad del siglo XVIII, entró en Ubrique la devoción a la Divina Pastora: debió fundarse altar y hermandad, tal vez en la parroquia, y la Divina Pastora sirvió de base a los rosarios populares, que tanto auge tomaron en la villa. El P. Buenaventura trabajó en los ro­sarios en su honor y en propagar su devoción.
Las cruces del Tajo, la Viñuela y del Benalfi las colocó el padre Bue­naventura.
La memoria del P. Caamaño y del P. Ventura es la que ha conserva­do con más cariño la tradición en Ubrique, y son las que más han contri­buido a mantener el ambiente patriarcal y religioso de la masa popular en el pueblo, antes de que llegara a envenenarlas la revolución.

Sepulcro del P. Buenaventura.

        Durante muchos años permaneció en Olvera el P. Buenaventura hasta que lo trasladaron a Ubrique. El hecho lo cuenta el P. Luis Antonio de Sevilla de la siguiente manera:
«El V. P. Buenaventura de Ubrique, quien, como ya se ha notado, pa­rece que exprofeso quiso morir fuera del claustro, falleció en Olvera en casa de una señora devotísima de nuestra orden, cuyo cadáver permaneció en aquella parroquia con mucha estima de todo el pueblo, hasta que (no ha muchos años) un religioso nuestro, con imprudente devoción, lo extrajo de allí como furtivamente, y sin ninguna precaución ni documentos que diesen fe ni autoridad: y por la suya, le trasladó a la ermita o capilla de Jesús de la villa de Ubrique, donde se dice que está.”
La Iglesia del Jesús está hoy en ruinas, y no hemos dado con una la­pida ni inscripción, ni menos con una noticia que por tradición nos indique el lugar exacto donde se encuentran sus restos. Si logran encontrarse, convendría depositarlos en la iglesia del convento, el día que sea reedificada y abierta al culto. Tal es el estado de completo abandono en que se en­cuentra una de las primeras figuras históricas de Ubrique.
En el archivo provincial de los padres capuchinos de Sevilla se con­serva un documento de tamaño de folio, que contiene, la comisión dada por el M. R. P. provincial al R. P. Nicolás de Córdoba, autor de las cróni­cas de varios conventos y de la Brevis notitia y notable historiador, para proceder al proceso informativo sobre las virtudes y milagros del V. P. Buenaventura de Ubrique. Contiene el decreto del M. R. P. provin­cial; el decreto en nombre del obispo de Cádiz, Fr. Tomás del Valle; el cuestionario para el proceso y deposición de los testigos; un ejemplar de la carta del P.Fr. José de Argamasilla, guardián del convento de Ubrique, que dejamos copiada, y una relación de su muerte, que es en substancia la que hemos copiado, y no añade datos a los nuevos antecedentes.
Fue una lástima que este proceso no se hubiera seguido, y hoy pudié­ramos venerar en los altares a un hijo de Ubrique.
Tampoco se ha conservado retrato ninguno auténtico de él.




[1] P. Nicolás de Córdoba: Historia instrumental de la Fundación del con­vento de capuchinos de Ubrique, págs. 49 al 54. La fecha de 1755 que da el pa­dre Nicolás de Córdoba está equivocada: era 1756.

[2] El padre Sebastián publicó su libro en 1944, pero el Cristo de mármol nunca volvió al calvario, se quedó en manos de la familia que lo había recogido en 1933 para salvarlo de la destrucción del calvario.
[3] El Director Perfecto y el dirigido santo—Carta del 16 de julio de 1779.

[4]  415 P.Luis Antonio de Sevilla: Vida documentada del V.P.Fr. Diego José de Cádiz. Sevilla, Impr de Izquierdo—1882 p. 66.

sábado, 6 de octubre de 2018

Sobre la piel de Ubrique. Prudencio Cabezas

Petaca de la firma "Cabezas Hermanos" 1920
Colección de petacas de Manuel Cabello Janeiro




Por Prudencio Cabezas




Ubrique 24 de Septiembre de 2018 



Sobre la Piel



Los nativos de esta Villa podemos sentir moderado orgullo considerando que situados en un rincón de la provincia, mal comunicado y lógicamente de  difícil acceso, de término reducido y de escasa fertilidad, hayamos creado  una industria que en la actualidad da  empleo a miles de operarios  de ambos sexos exportando sus productos a gran parte del  mundo.-
Hablo de mesurado orgullo porque  confirmando la aseveración de los sociólogos en el sentido “que los pueblos que sobreviven mejor no son los que se adaptan al medio sino los que lo modifican”;  insisto en la mesura de su comportamiento porque nos habla de su conciencia de que todo extremismo es  nocivo subjetivamente e inelegante; porque presupone que es sabedor que los motivos que  determinan toda coyuntura o empresa son muy complejos y que por encima de  todo,  es decisivo el azar.      
Los pueblos de nuestro entorno adaptados o resignados al medio se limitan a sobrevivir o no tienen otra opción que la emigración.-
El precedente de la actual industria de confeccionar de la piel, es la artesanía marroquinera que le proporcionaba el sustento que la naturaleza  no   daba. Limitada casi en  exclusiva  en su mayor porcentaje al mercado interior, sufría las crisis propias de un artículo casi superfluo en una economía autárquica de supervivencia.-La época de menos demanda era el verano cuando  los operarios que no habían hecho previsiones buscaban el sueldo en la recolección de cereales en la campiña o “las corchas”.-
Ha contribuido al actual desarrollo de la marroquinería a más de la destreza de los Ubriqueños forjada de amor a la perfección y a la exactitud, el  hecho universal  del   “crecimiento  de la vida”, cuantitativamente y en riqueza. Ello ha determinado el  aumento del número de mujeres que viven con holgura económica y que lógicamente y por su nueva actividad laboral precisan el bolso que en el pasado estaba limitado a la minoría pudiente.-
Es tal la cuantía de la demanda que permanentemente se necesitan más operarios y cada vez se mecaniza más su elaboración, ahora parcial y que en el futuro cuando se generalice  supondrá el riesgo que corren todas las industrias mecanizadas que fácilmente las trasladan a cualquier punto de la geografía mundial.-Supondrá otra contingencia a superar.






miércoles, 3 de octubre de 2018

La fundación del Convento de Capuchinos de Ubrique

El convento de capuchinos de Ubrique
Fotografía del libro "Historia de la Villa de Ubrique"



Por Esperanza Cabello


Continuamos investigando en la Biblioteca Digital de Málaga, y como nuestro pueblo perteneció a la Diócesis de Málaga hasta bien entrado el siglo pasado, podemos disfrutar de muchísima información relacionada con nuestra historia.
En el tercer tomo de la "Reseña histórica de la provincia capuchina de Andalucía y varones ilustres en ciencia y virtud que han florecido en ella desde su fundación hasta el presente", escrita entre 1906 y 1908 por el padre Ambrosio de Valencina hemos encontrado la historia de la Fundación del convento de Ubrique, que transcribimos a continuación.



La Virgen sale del convento. Ubrique, septiembre 1935



 
Ya dijimos en el capítulo XL de este libro que el Duque de Arcos nos edificó á costa suya un precioso conven­to en su palacio de Marchena por los años de 1651, señalando una parte de sus rentas para sustento de los religio­sos; y no satisfecha su devoción con eso, quiso labrarnos otro convento en su villa de Ubrique con las mismas con­diciones. A este fin, hallándose enfer­mo de gravedad en Marchena, el año de 1659, llamó á N. P. Leandro de Antequera (que era Provincial y estaba de visita en aquel convento) y le suplicó con mucha instancia que le diese pala­bra formal de admitir la fundación de Ubrique, para salir él de este mundo consolado con esa promesa. Prometióle el P. Provincial trabajar cuanto pudie­ra por complacerlo, y en cumplimiento de su promesa, expuso en el capítulo in­mediato que se celebró en Sevilla por Septiembre de 1660 los deseos del Duque quedando admitida la fundación.

Pretensión del Duque.
Participáronle el buen éxito que ha­bía tenido su pretensión, y el Duque anunció por cartas á los cabildos ecle­siásticos y secular de Ubrique el bien espiritual que había procurado á su vi­lla con la fundación de un convento de PP. Capuchinos. Recibió cada uno de los cabildos su respectiva carta y de común acuerdo éstos y el Duque, escribie­ron al Ilmo., y Rmo. Sr. D. Antonio Piña y Hermosa, Obispo entonces de Málaga, suplicándole se dignase conce­der su licencia para la fundación de un convento en la villa de Ubrique, que es de su obispado. Fué esta petición muy bien acogida por aquel Ilmo. Prelado que solicitaba el alivio espiritual de sus ovejas, y para manifestarlo, en 30 de Septiembre de 1660 dió su licencia inscriptis.
Obtenida esta licencia, el P. Provin­cial, que ya lo era N. P. Francisco de Jerez, envió a Ubrique al P. Bernardino de Granada con otro Padre á escoger si­tio para fundar el convento. Entre tanto murió el Duque que tenía el propósito de edificarlo a sus expensas, como hizo en Marchena, lo que no pudo tener ahora efecto por los trastornos y ocu­rrencias que su muerte trajo á la casa Ducal, y esto fué motivo para que la fundación se demorase. Noticioso de es­to y de la causa de retardarse dicha fun­dación el Licenciado Antonio Borrego de Carvajal, presbítero y beneficiado de la Iglesia de Ubrique, trayendo á la memoria lo que después referimos, es­cribió á N. M. R. P. Provincial diciéndole que estaba pronto a fabricar á sus espensas el convento, con tal que le concedieran el patronato del mismo, con las condiciones que proponía; las que vistas por el Definitorio fueron aproba­das en 1º de Noviembre de dicho año, y el mismo día se comisionó á N. P. Bernardino de Granada para que nombra­se Síndico, el cual otorgase en nombre de Su Santidad y de la Provincia la es­critura de Patronato con el licenciado Borrego.
Este, siendo de 18 años y hallándose estudiando en Sevilla, solicitó ser Capu­chino, y á fuerzas de ruegos consiguió del P. Provincial la licencia obedencial, para pasar á nuestro convento de Sevi­lla á que allí le vistiesen el hábito y tu­viera en él su noviciado. Llegó al dicho convento, y presentando la obediencia como es costumbre al P. Guardián, éste convocó á los sugetos más dignos de su Comunidad para examinarlo y recibirlo. Mucho se alegraron los Padres con el examen del pretendiente, pues en su buen aspecto, modestia y compostura leían la pureza de su alma y lo cierto de su vocación; pero, cuando todos los que á este acto habían concurrido lo aprobaron, el V. P. Juan Francisco de Antequera, varón señalado en virtud y letras, mirando con atención al pretendiente, habló con el P. Guardián y le dijo: Padre Guardián, este joven lo tiene Dios elegido para que en el siglo obre co­sas de su mayor agrado, que tal vez ce­derán en provecho nuestro.


Su vocación de capuchino.
Voces fueron éstas que así en los PP. como en nuestro pretendiente mudaron del todo los intentos pues ni aquéllos insistieron mas sobre admitirlo, ni él se hallaba ya con aquellos fervorosos deseos que al convento le habían conducido; por lo cual, hablando al preten­diente el P. Guardián, le dijo: Ya ha oí­do usted lo que este Padre ha dicho, por lo que le aconsejo que, restituyéndo­se á su casa, tenga siempre presente estas razones para corresponder agrade­cido á los divinos llamamientos, y apli­cándose mucho al estudio de las virtu­des y letras aguarde resignado en la vo­luntad divina el tiempo y fin para que Dios le tiene preparado. Alegre se resti­tuyó nuestro joven á su casa, sin volver á sentir jamás aquellas continuadas an­sias con que vivía de profesar el estado religioso. Continuó sus estudios, llegó á ser sacerdote, y después beneficiado de la Iglesia parroquial de Ubrique, donde pensaba fundar un convento de religio­sos, para que con su doctrina y ejemplo tuviesen sus compatriotas motivos y medios para adelantarse en el camino de la perfección.
Resuelto ya á esta empresa, dióse á pensar detenidamente á cual de las reli­giones que en nuestra España se cono­cen ofrecería, para que lo habitasen, el convento que iba á edificar. En esta de­liberación se hallaba aquel generoso co­razón, cuando llegó á sus oídos la noticia de la fundación que para los Capuchinos pretendía el Duque hacer allí; pe­ro viendo que la casa Ducal desistía de la empresa, recordó lo que algunos años antes oyó en Sevilla al V. P. Juan Francisco de Antequera y creyó que era él á quien Dios tenia predestinado para fundarnos convento en su propia patria. Y así escribió como queda dicho, al P. Provincial y al Definitorio, haciéndo­le el ofrecimiento que arriba expresa­mos. Entonces envió N. P. Provincial al P. Bernardino facultado para nombrar Síndico apostólico al capitán D. Juan Morales Moreno, el cual en nombre de la Provincia firmó la escritura de patro­nato con el beneficiado Borrego, el día 12 de Noviembre de 1660; y ese mismo día tomaron los religiosos posesión de la nueva fundación en la ermita de San Juan Bautista llamada San Juan de Letrán, para que allí residiesen mientras el convento se fabricaba.





Escritura de Patronato.
No era aquel sitio competente para dicha fábrica, por lo cual fué preciso buscar otro más acomodado. Este sitio lo señaló milagrosamente el cielo con un prodigio que vamos á narrar. El lugar que ocupa hoy en Ubrique la Iglesia y convento de los Capuchinos era enton­ces una huerta, propiedad de Dª Juana Aguilar, que la tenía arrendada a Bartolomé Romero.


Aparición de la Virgen.
Este tenía una hija llama­da Leonor, niña de ocho años, la cual vio una mañana entre los árboles frutales á una Señora llena de resplandores celestiales, llevando en su mano una carta y una cuerda como la que usamos los PP. Capuchinos; llamó á la niña pa­ra dársela, y como ésta espantada rehu­sara acercarse, poniendo sobre una pie­dra la carta y la cuerda, dijo la Señora: Ven por esto que dejo aquí, y desapa­reció.
La niña voló á contarle á su padre lo que había visto, y éste tomando de aquel lugar la carta y la cuerda las entregó al P. Bernardino. ¿De quién era la carta? ¿Qué decía? Este es un secreto que se llevó á la tierra el V. P fundador. Solo se sabe, que 8 años después, el de 1668 hecho ya el convento y establecida la Comunidad, se llevó de Sevilla una imagen de la Virgen titulada de los Remedios, para colocarla en el altar mayor; y al verla Leonor, que ya era moza, prorrumpió admiradísima en estas aclamaciones: ¡Esta es la que se me apareció! ¡Esta es la que yo vi! ¡Esta es la Señora de la carta para el Pa­dre Bernardino! De todo lo cual se le to­mó declaración bajo juramento por el tribunal eclesiástico; y comprobado este suceso, el pueblo aclamó por su Patrona á la Virgen do los Remedios, que hasta hoy sigue siendo el consuelo de los buenos ubriqueños.

Empiezan las obras.
Aunque no sabemos lo que decía la carta misteriosa de la Señora aparecida, se infiere claramente que hablaría del sitio destinado por ella para fundar el convento; porque inmediatamente habló el P. Bernardino con el licenciado Borrego, y éste compró la huerta para edificarlo allí. Duraron las obras algún tiempo, hasta que por fin se terminaron felizmente, quedando el convento muy seráfico y con suficiente huerta para los religiosos.

Titular del Convento.
 La Iglesia quedó también muy primorosa, y á ruegos del patrono Alfonso Borrego, se le dió por titular á su santo, el glorioso San Ildefonso de To­ledo, al cual está dedicada.
La fuente de Benafis, que era propie­dad del Duque, la cedió al convento la casa Ducal y se hizo un cauce para conducir las aguas y regar con ellas la huerta. Para esto se hicieron dos postes en el arroyo encima de ellos un canal de madera, el cual duró hasta el año 1680, que el hermano Fr. Pedro de Teba hizo la cañería que actualmente existe. Más tarde quiso el ayuntamiento de Ubrique abastecer con estas aguas una fuente que hizo en la plaza del pueblo, y pidió al P. Provincial que permitiese tomar dicha agua y venir por nuestra cañería hasta el convento, quedando el municipio con la obliga­ción de componer la cañería hasta allí, siempre que fuese menester, sin perjui­cio del convento. A esta petición dió N.M. R.P. Provincial en 20 de Octu­bre de 1726 respuesta, condescendien­do con la proposición del ayuntamiento, por donde se ve claramente que el con­vento tiene la propiedad de dicha agua y cañería.
Este convento dió mucho lustre á Ubrique, de cuyo lugar salieron hom­bres eminentes en ciencia y en virtud, como diremos en el curso de esto his­toria. Fué habitado muchos años por el Apóstol de Andalucía Bto. Diego de Cá­diz y por otros varones insignes en santidad.
Después de la exclaustración de 1835 compró este convento el ilustre y piadoso caballero de Jerez, D. José García Pérez para librarlo de la ley desamortizadora, y darlo á sus moradores cuando pasada la revolución pudieran restable­cerse en él. Con esta condición lo dejó en mejora á su primogénito, d. Francisco García Pérez y Romero, y éste á su hi­jo D. Juan M. García Pérez, que con lau­dable generosidad nos lo ha cedido, re­servándose los derechos de patrón y propietario del mismo. 




Su estado actual.
Este convento es uno de los que actualmente tiene la Provincia, y de los más estimables por los recuerdos que encierra de nuestro Bto. Diego J. de Cádiz.
La fundación de este convento fue de­cretada, como dijimos al principio, en el capítulo provincial celebrado en Sevi­lla el 17 de Septiembre de 1650, en el cual se hicieron las elecciones si­guientes:

Provincial
M R. P. Francisco de Jerez.

Definidores
   R.P. Alejandro de Granada.
   R.P. Gabriel de Vélez.
   R.P. Antonio de Alhama.
   R.P. José de Campos.

Custodios

1º R.P. Alejandro de Granada.
2º R.P. José de Campos.

Secretario de Provincia

P. Agustín de Córdoba.

Guardianes

R.P. José de Campos, Sevilla
R.P. Alejandro de Granada, Granada
R.P. Buenaventura de Antequera, Antequera
R.P. Gabriel de Vélez, Málaga
R.P. Alonso de Cáceres, Jaén
R.P. Bernardo de Antequera, Andújar
R.P. Francisco de Málaga, Castillo
R.P. Antonio de Alcalá, Alcalá
R.P. Tomás de Cañete, Ardales
R.P. José Francisco de Vélez, Córdoba
R.P. Ambrosio de Almonte, Écija
R.P. José de Málaga, Vélez
R.P. Ángel de Tenerife, Sanlúcar
R.P. Bernardino de Málaga, Cabra
R.P. Juan Francisco de Antequera, Cádiz
R.P. Salvador de Baza, Motril
R.P. Buenaventura de Ocaña, Marchena
R.P. Bernardino de Granada, Ubrique



.

lunes, 1 de octubre de 2018

Ubrique: Los Callejones en 1904

Ubrique en 1904
Fotografía gentileza de José Manuel Amarillo


Por Esperanza Cabello

A veces los amigos nos dan una gran sorpresa, y tenemos la oportunidad de ver nuestro pueblo desde un punto de vista "nuevo", aunque se trate de una fotografía con ciento catorce años.
Nuestro amigo José Manuel Amarillo nos ha enviado el enlace a un libro que editó la diócesis de Málaga en 1904 para dar la bienvenida al nuevo papa, Pío X.
En él se reúnen datos del nuevo pontífice y todos los buenos deseos que le envían los fieles de todas las poblaciones que componen la diócesis.
De algunos pueblos hay fotografías, y hemos tenido la suerte de que hay un par de páginas dedicadas a Ubrique con un gran número de fieles que se adhieren a estos buenos deseos, y en estas páginas hemos encontrado una foto de Los Callejones en 1904.
Aún no era "La Alameda", aún no se había celebrado el día del árbol ni el maestro Francisco Fatou había salido con sus alumnos a plantar  árboles en nuestra población, pero sí que se había plantado los plátanos que bordean nuestra calle más conocida en la actualidad y que en la época conducía al cementerio de San Bartolomé, ya que la entrada oficial al pueblo era por la actual calzada de Las Cumbres. En 1904 aún eran los callejones que iban entre parcelas hacia el Prado de los Caballos, aunque ya se estaba perfilando como una calle recta y bien trazada, un nuevo "carril".
Un pueblecito de cinco mil habitantes en el que el alcalde era José Rubiales, el juez José Reguera y el párroco José Cabello y que empezaba, con el siglo, a despuntar como artesano y marroquinero.


.

Don Pedro Zaldívar, coronel de caballería, pintado por ¿Goya?

Don Pedro Zaldívar, guerrillero, cuadro atribuido a Goya
"Guía de Cádiz, 1930"
Hemeroteca digital de Málaga



Por Esperanza Cabello


Echando una ojeada a la "Guía de Cádiz de 1930", en la hemeroteca digital de Málaga, nos llamó la atención la cantidad de obras de arte de grandes pintores que se encontraban, al principio del siglo pasado, en Cádiz. Dice esta guía:

"Hasta finales de siglo pasado existieron algunas colecciones de cuadros y objetos artísticos entre las cuales cita D. Adolfo de Castro la de D. Manuel Sáenz de Tejada, en la calle de Doblones, esquina a Cuartel de Marina, con cuadros de Durero, Morales, Murillo, Zurbarán, Ticiano Rubens y otros notables pintores, pero todos fueron desapareciendo y a parte de algún que otro cuadro de relativa importancia, sirviendo de adorno en algunos salones gaditanos, solamente conocemos los restos de la colección de D. José Luis de Sola, en la calle del Molino, procedentes en su mayoría de la colección formada por el banquero Sr. Gargollo y en la cual además de algunos muebles y esculturas, figuran cuadros de Rubens, Zurbarán, Rambrant, Fernández Cruzado, El Panadero y otros y algunos de los cuales se reproducen en esta GUÍA y que pueden ver los aficionados, mediante un permiso facilitado en la oficina de la Junta del Turismo."


Y deteniéndonos en los cuadros, encontramos uno muy especial para nosotros y también para nuestro amigo Manuel Zaldívar, un retrato del coronel Pedro Zaldívar atribuido a Goya.
Los dos personajes fueron coetáneos, los dos nacieron en el siglo XVIII (Goya era bastante mayor, había nacido en 1746, y Pedro Zaldívar Rubiales en 1782),  y ambos murieron en la primera mitad del siglo XIX (Pedro fue nombrado coronel de caballería a título póstumo por Fernando VII en 1825 -había muerto en diciembre de 1822- , y Goya murió en 1828).
La verdad es que el retrato nos sorprende porque parece un poco rudimentario, debió de ser pintado en la primera década del siglo, por la juventud del entonces guerrillero. Hasta ahora conocíamos el retrato de militar (un poco mayor) que ha acompañado a la memoria de este ubriqueño en los trabajos de investigación de su familiar Manuel Zaldívar, en esta entrada, sobre su matrimonio; en esta otra, sobre su nombramiento, y en esta, sobre su paso por Ubrique.


Ignoramos totalmente dónde puede estar este cuadro en la actualidad, es posible que esté en el Museo de Cádiz, que cuenta con una extensa y valiosa pinacoteca. Intentaremos hacer alguna gestión para comprobarlo, no todos los días se encuentra el retrato de un paisano pintado por Goya.


.


sábado, 22 de septiembre de 2018

Ubrique en 1930

Ubrique en 1930
Guía Repeto de Cádiz
Biblioteca Virtual de Málaga


Por Esperanza Cabello

El hecho de que Ubrique haya pertenecido a la diócesis de Málaga durante tanto tiempo hace que tengamos la fortuna de encontrar, en la Biblioteca Virtual de Málaga, documentos muy interesantes relacionados con nuestro pueblo.
Por ejemplo, una guía de la provincia de Cádiz en la que dedican una página a Ubrique:



Ubrique: 
 Situada en una hondonada de la Sierra en el camino de Arcos a Grazalema, con 6000 habitantes. En la parte más alta, conocida por "el salto de la mora" se encuentran restos de construcciones antiguas y de un castillo.
Iglesia parroquial bajo la advocación de Nuestra Señora de la O. Abundantes aguas y buen caserío de 1.300 edificios.
Es un pueblo industrial con varios molinos y fábrica de curtidos, corchos, sombreros y paños, siendo célebres las carteras y petacas de Ubrique que compiten con las mejores.
Merece ser visitada por el turista.


Curiosamente, en el censo de la población de España, según el empadronamiento del 31 de diciembre de 1930 hay una diferencia de más de mil habitantes con respecto a esta "Guía de Cádiz"





En ese año había 6495 ubriqueños "de hecho" y 7022 "de derecho", de los que eran 3472 hombres y 3550 mujeres.


Datos de la población de Ubrique en 1930. Biblioteca Virtual de Málaga


 Listado de párrocos de la diócesis de Málaga en 1945. BVM


Del mismo modo podemos acceder a datos muy  curiosos en los boletines del obispado, como los del sacerdote don Facundo Blanco Castillo, que era coadjutor de la parroquia de Ubrique en 1945 y también cura encargado de las parroquias de El Bosque y Benamahoma.


.