domingo, 28 de noviembre de 2021

Misiones en Ubrique en 1863

 


Por  Esperanza Cabello


Entre los libros que Google ha digitalizado se encuentra un compendio de revistas "El Cristianismo", un semanario religioso, científico y literario que se editaba en Madrid a mediados del siglo XIX.

Imaginamos que en aquella época nuestro pueblo sería un lugar tremendamente exótico y perdido entre "peñas agrestes", y que costaría mucho trabajo incluso situarlo en los mapas, por mucho que en la época y eran famosas nuestras petacas y tampoco sería lugar de paso obligado para nadie, por lo que cada vez que llegaban las misiones debía de ser todo un espectáculo. 

Por lo visto a mediados del siglo XIX ya se hacían misiones para impedir a los protestantes que fueran comiendo el terreno a los cristianos, y venían a evangelizarnos. 

También en 1954 hubo misiones en Ubrique (en este enlace) y debió de ser un acontecimiento también grandioso. Aunque en 1863 nuestro pueblo era verdaderamente pequeño.

 

 

Así era Ubrique en 1876



Y este es el relato de las Misiones en Ubrique el seis de mayo de 1863 que publica "El Cristianismo":

 






Nuestros lectores están viendo frecuentemente en nuestras columnas interesantes relatos de las misiones que se dan en los pueblos de España; pero habrán visto pocos que en menos palabras digan más que el siguiente, relativo a la misión dada en Ubrique, pueblo de la Serranía de Ronda, diócesis de Málaga, por los reverendos sacerdotes de la Compañía de Jesús, el padre Doyague y el padre Esclapés, residentes en Sevilla. Se trata precisamente de un territorio en que tanto trabaja la propaganda protestante, y por eso son doblemente satisfactorios estos resultados. Helos aquí tal cual se refieren desde el indicado punto:

Ubrique mayo 6, 1863..., Dios pague a estos caritativos é ilustrados sacerdotes el gran bien que nos han hecho,

«Desde el primer día de su misión, no siendo suficiente el templo para contener la muchedumbre que se agolpaba fue preciso sacar el púlpito a la puerta, que da a una gran plaza, y tanto esta como la iglesia estuvieron literalmente inundadas, no solo por el vecindario de esta población, sino por el de tres otras inmediatas, que han acudido en gran número a estos santos ejercicios.

«Los misioneros han predicado cuatro sermones diarios, y para que puedan Vds. formar idea del precioso fruto que han conseguido, bastará decirles que, a pesar de haber venido a auxiliarles en su santa tarea nada menos que doce sacerdotes de los pueblos vecinos, y de emplear ocho horas lodos los días en el confesonario, no fue posible atender a todos los penitentes que se presentaron durante los días de la misión.

La actitud de estos fieles pueblos al despedir a los misioneros ha sido verdaderamente edificante y tiernísima: un repique general de campanas anunció su salida de la casa en que estaban alojados, y aunque por las calles iban acompañados de todo el clero, del ayuntamiento y de multitud de personas, todavía su sorpresa debió ser tan grata como viva cuando, fuera ya de la villa y a la falda de la montaña, se encontraron con que la población en masa estaba esperándolos para despedirlos.

El espectáculo que entonces presencié, es indescriptible: las lágrimas de lodo aquel pueblo se mezclaron con las lágrimas y bendiciones de los misioneros, cuyas manos y ropas besaba aquella multitud. Trabajo costó a los padres desprenderse de ella, y a despecho de todas sus instancias para evitar molestias al vecindario, no pudieron impedir que más de cincuenta personas los siguiesen a caballo acompañándolos hasta más de una legua, sin contar a inocentes grupos de niños que los seguían a pie por entre riscos y malezas...»

Seguramente no hay palabras que basten a dar a Dios las debidas gracias por lo viva y profunda que se mantiene la fe entre nosotros, a pesar de tantos elementos como se conjuran contra ella.

 

 

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