Por Mª Matilde Ariza
Montes
Prudencio
Cabezas Calvo: Un hombre con lejanos horizontes
Sí,
el viernes se tiñó de luz para acompañar al fin de semana y descubrir la
belleza de la sierra de Ubrique. Acompañada por mis amigos, Mª José y Manolo, me
trasladé a esta tierra gaditana, donde visité a Prudencio Cabezas Calvo, padre,
abuelo, bisabuelo y, sobre todo, hombre de negocios, emprendedor y amante de su
tierra.
Merece
ser no solo el protagonista de estas líneas sino el héroe de la historia más reciente
de Ubrique, “el Quijote ubriqueño”, “el Onassis de la piel” o “el Elon Musk de Mulera”.
Persona hecha a sí misma, con inquietudes desbordantes y con resultados
impresionantes, ha sabido aprovechar cada situación en la vida como una
oportunidad. Su capacidad de gestión le ha llevado a conseguir excelentes
resultados en el ámbito personal y profesional. Prueba de ello, se puede
encontrar tanto en sus siete hijos como en su patrimonio, conseguido desde el
primer peldaño de la propiedad que hoy día atesora. Este ubriqueño nonagenario
con plenas facultades físicas, psíquicas e intelectuales sigue sorprendiendo
diariamente a todos los que rodea, su estilo tiene la impronta de la persona
que va cosechando éxitos, tantos como se propone. Su carácter, su personalidad
y su temperamento, todos inquebrantables, le sirven a diario para afrontar cada
jornada con la soltura de quien tiene la mitad de sus años.
Se
trata de Prudencio Cabezas Calvo, una persona singular, irrepetible e íntegra.
Me lo ha demostrado en cada instante compartido este fin de semana del 18 de
septiembre de 2021, al igual que siempre lo manifiesta desde hace 30 años,
cuando lo conocí gracias a su hija Mª José.
Recorriendo
el sendero de la calzada romana que une Benaocaz con Ubrique, como parte del
gran recorrido europeo Tarifa-Atenas, me informa Mª José que está cercana la
ciudad romana de Ocuri. Nos acompaña una bajada abrupta, escarpada y pedregosa que
nos traslada a la época romana en las faldas de la sierra del Endrinal. Solo
nos falta llevar las vestimentas romanas para integrarnos totalmente en la que
fue una de las vertebraciones del imperio romano. Por suerte, hoy andamos con
un calzado apropiado, zapatillas deportivas y de trekking, que nos permiten
descender esta sierra para llegar a Ubrique sin excesivo esfuerzo y, en una
hora caminando, Ubrique, Cuna de la Piel, se abre blanco, luminoso y serrano,
para anunciarnos que nace un nuevo día, donde toda la pasión de la vida se
puede apreciar observando a nuestro protagonista.
Prudencio
tiene iniciativas, tiene disposición, tiene ilusión. Cualquiera que lo conoce,
lo debe saber. Ha generado un gran patrimonio humano, siete hijos, todos frutos
del amor de su vida, Julia. Paco, Pruden, José Manuel, Julio, Mª José, Sergio y
Ana son los primeros de la zaga, esos que nacieron cuando Prudencio era joven y
estaba en plena potencia, trabajando a destajo y sacando una familia adelante
de nueve miembros. No era fácil, no era nada fácil, no era para nada fácil. La
época tampoco acompañaba y las carencias se vislumbraban en aquella sociedad de
los cincuenta, sesenta y setenta, aunque Prudencio se resistió al conformismo
de otros y su gran espíritu emprendedor, junto a su ilusión y el apoyo de
Julia, le permitió avanzar, evolucionar y transformar su vida, aquella que el
destino posiblemente no le tenía preparada. Él fue contra corriente y en contra
de lo previsto, por las circunstancias que lo rodeaban. Se desarrolló, creció y
progresó. Como si de un pájaro se tratara, ansiaba libertad para descubrir
nuevos horizontes, voló hacia nuevos retos, descubrió nuevas posibilidades,
consiguió nuevas formas de ser feliz y de que sus hijos también lo fueran.
Como
dijo Confucio en el siglo VI antes de Cristo, la mejor sociedad es la que tiene
como lema el Respeto. Así él también la concibe, las pruebas como si de la
ciencia se tratara están más que palpables. Todos sus hijos se han sentido
libres siempre, nunca les ha negado nada, sus inquietudes siempre han sido
valoradas y cada uno de ellos ha volado en la medida de sus desafíos, sus
anhelos y sus virtudes. Fue la responsabilidad que les inculcó la que los hizo
libres, libres de elegir sus estudios, libres de elegir sus destinos, libres de
elegir sus futuros. Descubrir por sí mismos desde la más tierna infancia era el
mejor acicate que unos padres pueden dar a sus hijos y así lo hicieron
Prudencio y Julia.
A
la vuelta de los años, todos han crecido a nivel familiar, profesional y
social, todos con un status moral impecable, aprendido de la influencia, la
vivencia y el ambiente familiar Cabezas-Cabello, que los rodeó siempre y que
también están transmitiendo a sus descendientes. Y todo fruto de la raíz de
esta familia, aquella que se formó con Julia y Prudencio hace ya casi siete
décadas.
Reflexionando
sobre todos estos años ya pasados y regresando al presente más actual, pienso
en este fin de semana en Ubrique, descubriendo el día a día de Prudencio,
nonagenario de 97 años al que visité junto a su hija Mª José y su yerno Manolo.
Como
cualquier sábado, Prudencio se levantó con la ilusión de que uno de sus siete
hijos lo acompañara el fin de semana, para compartir unas horas rodeado de los
que más quiere, pues durante la semana cada uno tiene sus obligaciones, sus
responsabilidades y su vida fuera de los espacios ubriqueños donde él se mueve
cada día.
Esta
vez, algo distinto ocurriría porque yo, amiga de Mª José desde hace treinta
años, iba a invadir su terreno, si por invadir se entiende compartir su vida
diaria, sus quehaceres diarios y sus horizontes de primera mano.
Al
llegar a casa de Prudencio por la mañana, encontramos que ya había desayunado y
estaba lleno de vitalidad. Lo acompañaba Aisha, la chica marroquí que atiende las
labores de su hogar y cuyo marido Abderramán acompaña cada día a Prudencio a su
finca Mulera, aquella que le da la vida a diario y donde se siente libre como
el viento.
Lo
saludé de inmediato y en el reflejo de su cara se percibía que seguía intacto,
como hace tres décadas cuando fui a Mulera, su finca, por primera vez y lo
observé in situ inmerso en la gestión
de la celebración de una montería. Era mi primer contacto con él y justo allí
ya me sorprendió, lo admiré por cómo estaba organizando aquel día donde los
cazadores seguían al pie de la letra sus instrucciones. De la misma forma, admiré
a Julia, que organizaba toda la comida para aquel grupo tan grande de personas.
Venían de lugares muy variopintos y todo ello para llevarse el trofeo más
preciado. Una cabeza de ciervo, corzo o jabalí bien podrían ser ejemplos de lo
que allí se barajaba aquel día.
Hoy
noté, la misma expresión en sus ojos de bienvenida y en su mirada, firmeza,
seguridad y fortaleza. No importa que hayan pasado los años, Prudencio sigue
con el cuerpo y la mente en plenas facultades, impresiona en cada instante
porque reacciona de forma impecable a cualquier situación, discusión y
eventualidad.
Con
la misma autonomía de siempre, se sentó en su despacho para gestionar algunos
asuntos desde su teléfono móvil y aunque yo no estaba poniendo atención en su
conversación, me sorprendió muy mucho algo que escuché mientras conversaba con
Mª José. Le estaba dictando a su interlocutor su dirección electrónica, prudenciocabezascalvo@gmail.com. Se ve que al otro lado del teléfono no
lo escuchaba muy bien su dialogador y él, con toda su energía, repitió de nuevo
su dirección electrónica. ¡¡¡Qué impresionante!!! le dije a Mª José, tu padre
controla las nuevas tecnologías para comunicarse con los demás desde casa como
hace cualquier ciudadano del siglo XXI, que está criado en la sociedad de la
información y comunicación. Allí estuvo durante un rato, con su flexo encendido
y con su mesa repleta de papeles variopintos de gestión y administración, hasta
que acabó con todo lo que en temas burocráticos demandaba ese día.
A
continuación, nos fuimos a Mulera, no sin antes echar gasolina que Prudencio
pagó con su tarjeta de crédito como cualquier usuario joven haciendo una
gestión con su entidad bancaria. No le noto ni un ápice de pereza al bajarse
del coche para ir a la oficina de la gasolinera y gestionar, en este caso, su
compra sin utilizar el pago en efectivo. De vuelta, se limita a decir “pues
vamos a Mulera” y yo me maravillo una vez más de la habilidad de gestión de
Prudencio.
Mª
José conducía un Suzuki blanco con matrícula 0880 GWW, el coche que lo traslada
cada día al campo y que le permite transitar por los carriles que discursen por
esta zona protegida, por ser Parque Natural de Grazalema en las inmediaciones
de la sierra de Ubrique. Un tesoro repleto de biodiversidad, donde Prudencio lo
gestiona, lo cuida y lo mima. Todo allí tiene una historia. La más reciente,
quizás, el Jardín Botánico de Plantas Aromáticas, un nuevo proyecto puesto en
marcha por Prudencio hace un par de años. Romero, tomillo, menta, albahaca,
perejil, entre otras, crecen libres en Mulera con la mirada atenta de
Prudencio, que inspecciona cada día su desarrollo. Yo lo denominaría
Prudencio’s Garden, un nombre que sonara en inglés y entendible para todos, por
ser la lengua internacional del siglo XXI.
Observo
a Prudencio, y me maravillan sus desplazamientos a pie. No lleva bastón, no se
apoya en nosotros, no cojea. Cada uno de sus pasos es firme, está concebido con
precisión, sin prisa y con estabilidad. Sube y baja escaleras sin ayuda de los
más jóvenes, con la fortaleza, con la seguridad y con la decisión de cualquier persona
joven. Por eso, es capaz de agacharse y, de hecho, se agacha para recoger del
suelo una cuerda que se encuentra en su camino andando por Mulera. La lleva
durante un rato en la mano izquierda que toca su espalda, mientras con la
derecha habla con el lenguaje gesticular, que observo a unos metros, donde está
informando a Mª José, con dos de sus dedos, sobre algún dato que requiere el
número dos. Atenta, su hija lo escucha y toma nota de las instrucciones que su
padre le da para los próximos minutos del día. Pasa el tiempo y la cuerda que
cogió Prudencio en el camino descubre su nuevo sitio, la bolsa de la basura,
lugar que no empaña ese paraíso ambiental pulcro que él concibe, sin invasiones
de materiales que amenacen este entorno natural. Ese que él está cuidando desde
que nació y que cuida con más esmero, si eso fuera posible, porque no solo lo
ha sentido siempre, sino que también lo dirige desde que lo adquirió en 1986
cuando se jubiló y lo compró. Y andando y andando, y conversando y conversando,
y compartiendo y compartiendo, me comenta que lo compró, y utilizando sus
propias palabras me dijo “no para que me diera rentabilidad sino que era mi
horizonte y el horizonte de mis padres”. Un terreno en el que la naturaleza es
la protagonista absoluta y en el que Prudencio podía, puede y podrá cultivar
cada día todo tipo de esperanzas y cristalizarlas con el mantenimiento, la
mejora y el cuidado de este afortunado medio ambiente.
No
fue la única vez que vea a Prudencio agacharse a recoger algo del suelo, durante
el fin de semana. Inspecciona cada uno de sus pasos, sus movimientos y su entorno.
La observación es una de sus inspiraciones, contemplar lo ha puesto en el sitio
que merece y explorar lo ha llevado siempre a los lugares más recónditos, que
él mismo ha seleccionado. Cualquier detalle lo capta como nadie, dentro y fuera
o paseando por Mulera. Por ello, también recoge una vaina de algarroba, que
utilizará más adelante como simiente, o una piedra, que quita del camino para
que nadie tropiece. Estas son algunas de las actuaciones que hace en silencio,
de forma sutil, sin protagonismos, pero dejando su excelente huella allá por
donde pisa y yo, que lo voy contemplando, que lo voy siguiendo y que lo voy
observando, voy aprendiendo con su ser, con su saber ser, con su estar, con su
saber estar y con su realizar.
Escribiendo
estas líneas, a mi recuerdo vienen unas palabras de Prudencio, que me enseñó en
Torre del Mar, hace unos años, cuando él vivía con Mª José, “no olvides que una
sociedad avanza si se crean escuelas y se plantan árboles”. Yo tomé nota y
siempre que uso esta frase lo nombro como el erudito que es. Prudencio no solo
habla con iniciativas fundamentadas, sino que también pone en práctica y hace
realidad cada una de sus afirmaciones.
A
lo largo de su vida, estoy segura que ha plantado miles de especies vegetales,
árboles, arbustos y plantas de diferentes índoles, que hoy decoran la flora de
muchos lugares que Prudencio ha ido seleccionando. De la misma forma, ha
participado en la creación de escuelas. De hecho, el instituto de Ubrique se
fundó en 1964, gracias a un grupo de personas, ubriqueños comprometidos, que
apostaron por la educación, y allí nuevamente se puede advertir su huella, su
apoyo y su ayuda a su entorno más cercano, a su pueblo natal y a su sociedad
más inmediata.
Como
seña de identidad, Prudencio siempre lleva sombrero o gorra. Con los años,
también usa gafas y audífonos, que le permiten ver las imágenes con absoluta
nitidez y escuchar los sonidos con total garantía y, en los últimos meses, ha
añadido la mascarilla como cualquier otro ciudadano de a pie. Me maravilla que
nada de estos anexos sean una dificultad para él, como verían otros de su
generación, sino una oportunidad para estar plenamente informado a través de
sus sentidos.
Prudencio
me requiere para que busque una bandeja ovalada con agua, que debe encontrarse
en una de las naves de Mulera y yo me pregunto mentalmente que para qué la
querrá, a lo que él me responde, como si hubiera leído mi pensamiento, que es
porque echó en días pasados unas semillas de algarrobo y, si ya se han
hidratado suficientemente, es conveniente plantarlas para generar nueva
naturaleza, que dará fruto y consecuentemente harina de algarroba.
Seleccionamos
23 semillas que, acto seguido, plantamos en Mulera. De nuevo, él me enseña de
forma sistemática cómo debo hacerlo para que los 23 plantones estén listos, en
un periodo no muy largo, para trasplantarlos en el suelo seleccionado para
ello. En ese instante, pienso en su mente científica, magnífica, por cierto,
que pone en práctica el método científico en cualquier actuación que lleva a
cabo en su día a día. Primero, me comenta, debes seleccionar 23 bolsas de
plástico que previamente se han llenado de tierra, luego debes echar una
semilla en cada una y, por último, debes rellenar con más tierra cada una de
las bolsas para cubrir las semillas. Siempre en ese orden, me dice, porque si
echas la semilla y luego la cubres con más tierra, puedes equivocarte y dejar
alguna bolsa sin semilla o bien echar dos semillas en una bolsa. Yo flipé,
porque con su edad, me encontré con una persona más que exhaustiva, cosa
imprescindible en la mente de un magnífico científico, como siempre intento
inculcar a mi alumnado.
Volviendo
de Mulera, nos paramos en una finca cercana a Ubrique, pues Prudencio debe
gestionar asuntos relacionados con nuevas reformas en Mulera. La verja de la entrada
a la finca está cerrada y Mª José toca el claxon, pero nadie contesta. Reanudamos
la marcha y Mª José, que conduce, nos traslada a Ubrique donde yo me apeo en el
Museo de la Piel. Coincido en el museo con Encarna, la amiga de la infancia de
Mª José. Nos ilusiona un montón reencontrarnos y seguimos la explicación de
Maribel, amiga de Prudencio. De nuevo, noto como Prudencio es también protagonista
en las paredes que me envuelven. Todo allí es arte, es historia, es piel, es,
sin duda, Prudencio. Sé que todos los utensilios, materiales y máquinas que
allí se exponen, Prudencio las conoce desde antaño, porque seguro que él tiene
una historia para cada pieza de este museo. Sus vivencias podrían convertirse
en prosas enriquecedoras para los muchos ignorantes que visitamos esta tierra
de la cultura de la piel, donde Prudencio lleva décadas dejando huella.
De
nuevo en casa, encuentro a Prudencio sentado con la mente ocupada en su nuevo
proyecto en Mulera, la construcción de nuevas viviendas, su gestión, sus
posibilidades y como siempre, un denominador común, el desarrollo sostenible.
Como empresario desde antaño, siempre le corre por las venas nuevos proyectos y
lo más importante, siempre hace realidad lo que le ronda por la cabeza, y es la
creación de empleo, el cuidado del medio ambiente y su aportación al desarrollo
de la economía de su tierra, de su pueblo, de Mulera que tan bien conjuga con
la preservación del medio ambiente. Y es que Prudencio pone en práctica el lema
ecologista “Piensa global, actúa local” como el primero. No hay duda de que los
medios de comunicación hubieran aprendido la frase solo contemplando a Prudencio,
porque este no es solo su lema sino también su vida.
Llega
la tarde y Prudencio tiene energía para salir de nuevo. Paseamos por las calles
ubriqueñas, donde el algarabío de la gente empieza a notarse, después de que
las restricciones de la pandemia estén disminuyendo. Prudencio nos sigue
deleitando con su elocuencia. Tiene respuestas a todas mis preguntas,
argumentadas con la sabiduría del erudito que es.
Nos
cuenta que desde hace años cuenta del uno al cien y del cien al uno, siempre
que se va a dormir. Lo hace a diario hasta que se duerme, pues considera que es
una buena costumbre para mantener la mente en forma, ya que su cuerpo lo
ejercita diariamente yendo a Mulera.
Descubro
que realizó sus primeros estudios en Ronda y que fue capaz de enfrentarse a su
maestro por una causa injusta. Imagino lo difícil y complicado que podía ser la
consecuencia, de ahí de nuevo mi admiración por su coraje en los años en que un
niño no tenía ni voz, ni voto y, en soledad, estaba sometido a diversas
dictaduras cada día, incluida la del maestro de turno. Unos tiempos que él supo
administrar más que bien cuando el resto de la población solo asumía las reglas
impuestas, sin plantearse cambiarlas para mejorar una sociedad joven, pero
pobre y analfabeta. Estoy segura de que Prudencio nunca se planteó ser líder,
héroe o dirigente, sin embargo, en su ADN seguro tenía los ingredientes para
ejercerlo, sin necesidad de ser visible. En la sociedad de posguerra tan
mísere, que le tocó vivir, solo podía vislumbrar la luz del Sol, ya que otras
luces no fueron posibles hasta unas décadas después, en que la democracia
llegó, aunque Prudencio barajaba sus posibilidades para que la luz en su mundo
siempre brillara.
Cae
el día y Prudencio cena y se va a dormir. Nos dice que vayamos tranquilas a
cenar, cosa que hacemos en la Plaza del Jardín, lugar que Mª José quiere
compartir conmigo por ser un lugar emblemático de su adolescencia. Allí nos
encontramos con el espectáculo titulado “Flamenco viene del Sur 2021”, con la
actuación del bailaor flamenco Eduardo Guerrero, con motivo de la feria de
Ubrique. No lo vemos entero, aunque el bailaor es tremendo, porque preferimos
volvernos pronto para estar en casa y también descansar.
De
nuevo del día se alza por la sierra y Prudencio se levanta. Ha dormido bien,
desayuna, se encuentra de nuevo en forma y con ganas de cumplir su rutina:
visitar Mulera. Tendrá que esperarnos un poco a que desayunemos los más
jóvenes, pues Sergio y María nos visitan para compartir, como si de un día del
Camino de Santiago fuera, un nuevo desayuno antes de iniciar una de las etapas
del Camino Primitivo del pasado verano que hicimos entre Oviedo y Santiago de
Compostela.
Llegamos
a Mulera y Prudencio de nuevo tiene claro todo lo que hay que gestionar este
día. Hoy toca llevarle alguna comida a los animales salvajes, seguro la esperan
como agua de mayo los jabalíes, corzos o ciervos. Prudencio les ha habilitado comederos
a lo largo de toda su finca. No solo descubro la flora de Mulera, sino también
la gestión del mantenimiento de la fauna. Mª José, conductora nata, nos adentra
por los caminos de Mulera donde Prudencio salta de su asiento debido a los
baches, pues no se pone el cinturón de seguridad y yo que me sobresalto, me
dice que “tranquila que yo hago estos caminos cada día” y que no me preocupe
por él.
Visitamos
la laguna, hoy seca por la falta de lluvias, que es un espacio donde Prudencio,
de nuevo, nos enriquece con su sabiduría. Visitamos el pilar cercano a la
laguna y nos enseña que sirve de bebedero a las aves, prueba de ello son las
huellas que éstas dejan a su paso. Recorremos los puntos clave para llevarle de
comer a la fauna salvaje y visualizamos paisajes tan impresionantes como la
laguna de Ubrique, los altos de Mulera, el bosque mediterráneo en su esplendor,
los matorrales, los encinares, los lentiscos, los majuelos, las jaras y un
sinfín de naturaleza, que danza a nuestro alrededor, como si de un baile se
tratara, donde los bailarines se entrelazan agotando todas las posibilidades de
expresión, comunicación y entendimiento.
En
el paseo, descubro las casas que Prudencio ha construido y en una de ellas, nos
paramos. Prudencio se sienta en una silla y toma un zumo, lo ha traído de casa,
es necesario a media mañana y después de tanta intensidad vivida. Charlamos
pausadamente, nos sigue contando grandes, interesantes y conmovedoras
historias, que solo pueden emanar con esa nitidez que la mente de Prudencio
narra el pasado. Yo le sugiero que sus vivencias se escriban, a lo que él me
responde que “para qué, si a nadie le interesa”, a lo que le contesto que sí,
que a mucha gente le interesa su saber, empezando por mí, pues tenemos mucho
que aprender de él.
Reanudamos
la marcha y visitamos las trampas que hay puestas en Mulera para los jabalíes,
pues es una especie que está proliferando mucho en Mulera y, por tanto, invade
a otras especies. De ahí que Prudencio nos cuenta que con las trampas se ayuda
al equilibrio de la fauna. Nos explica el mecanismo de las mismas y nos comenta
que Sergio y Julio, en días pasados, habían capturado unos cuantos jabalíes con
este método.
Cuando
llegamos al punto inicial de la visita a Mulera, ya es mediodía y dejamos la
finca para volver a casa, comer y emprender nuestra marcha de vuelta. Aunque
antes, volvemos a visitar la finca cercana donde esta vez sí está el dueño y
Prudencio da las explicaciones pertinentes al señor que nos atiende, como el
empresario que es, y quedan para la realización de las tareas unos días
después.
De
nuevo, la rutina que tanto gusta a Prudencio, vuelta a casa y toca comer. Tiene
apetito, la vida en el campo hace su efecto en él, y en todos nosotros, sin
lugar a dudas. Se siente realizado por su gestión en Mulera y de nuevo la tarde
le sirve para seguir alimentando el día, ese que regala una vida saludable por
la que apostó desde siempre Prudencio.
Respecto
a nosotros, Mª José, Manolo y yo, nos quedan unos kilómetros de carretera hasta
Antequera y Torre del Mar, de ahí que partamos temprano hacia nuestro destino. Prudencio
conversa con nosotros sobre las decisiones que tomará la próxima semana, pues multitud
de ideas le rondan por la cabeza. Eso sí, él siempre es fiel a su mensaje y uno
de los que he aprendido el fin de semana es que “Se hace una cosa después de
otra, pues dos cosas a la vez no se hacen bien”. Me vuelvo a Antequera repleta
de mensajes prudenciales de los que
me he alimentado para siempre.
Ahí,
se queda Prudencio, en su casa del Paseo de la Esperanza, 15 de Ubrique,
envuelto en sus proyectos, ilusiones y pensamientos. No demuestra del todo sus
sentimientos, nunca lo ha hecho, sin embargo, noto en su mirada, incluso en su
sonrisa que este fin de semana lo ha pasado bien, muy bien, infinitamente bien,
porque lo que más vida le da es ver como cada fin de semana llega, y uno de sus
hijos abre la puerta y le dice ¿Qué tal papá?
Antequera, 10 de noviembre de 2021.
Bicentenario del Nacimiento de Dostoievski.
41 Cumpleaños de Abel.
Con mucho corazón:
Fdo: Mª Matilde Ariza
Montes, Premio Nacional de Física 2021