CAPÍTULO VI
CURTIDOS ROMANOS Y ÁRABES
El Rodezno, en otro tiempo tan verde y exuberante, había
perdido, no decimos un poco, sino un mucho de su grandiosidad y belleza
pasadas. Aquel pequeño rincón ubriqueño era algo así como un centro para la
vida ciudadana, bien para el solaz y recreo, bien para una actividad febril en
varios aspectos.
Dos o tres molinos
hacían girar sus descomunales ruedas harineras con el agua que, procedente del
cercano nacimiento de la Cornicabra, caía en cascada sobre los arcaduces o
cangilones de una noria conectada a la rueda dentada que engranaba con la
principal de la tahona, y que en el argot molinero se conocía como «rodezno»,
de ahí que a la zona se le hubiera bautizado ya, con el nombre de Rodezno. Y
debió ser muy antigua la instalación de estos molinos, porque escudriñando en
las ruinas de uno de ellos, en determinada ocasión, encontramos una piedra
escrita a manera de lápida, que conservamos y que textualmente decía: «JHS (es
un símbolo religioso). ESA OBRA HIZO GASPAR Y CABEZA AÑO DE 1682». Como puede desprenderse,
se trata de una lápida conmemorativa, escrita en castellano antiguo, y para
nosotros, los de la Pandilla, de un hallazgo más.
Las aguas, enfurecidas por la caída, salen al exterior por
debajo de los molinos y como despedidas hacia afuera, formando arcadas
reverberantes.
Y era bonito porque tiempo atrás, amén de aquel oficio de
panadero, también se ejercitaba allí el de las lavanderas, mujeres, que, con
paneras de madera o corcho, de escalones redondeados longitudinales, en
aquellas limpias y frescas aguas, realizaban el lavado de la ropa, con tan solo
«jabón del verde» (hecho en labor artesanal con la cáustica y el aceite) y el
agua. Y sobre todo ¡mucho pulmón! para una tela más pulcra.
Aquellas féminas daban al ambiente un tono de jovialidad y
alegría. ¡Era agradable estar en el Rodezno!
Las aguas salidas del molino, al unirse con las de otro
arroyo que procedía del Rano, formaban un pequeño afluente del río de Ubrique,
cuando se fundían en el Llano del Río, como a unos cien pasos más abajo. A
partir del Rodezno y casi en ese centenar de metros se sucedían los molinos
harineros, movidos por la misma agua, y las tenerías, que precisamente aquella misma
tarde en que nos habíamos citado allí, pretendíamos conocer con más detalle, ya
que hacía bastantes años que estos centros de producción de «pellejos curtidos»
(fenomenales pieles que, a través del tiempo, habían dado origen a la famosa
marroquinería ubriqueña) habían desaparecido; tan solo quedaban allí ruinas y
desolación. ¡Eran el imperio de la salvaje vegetación y de las ratas!
Igual ausencia ocurría con los molinos harineros que, salvo
uno, levantado sobre ruinas pasadas se había enganchado en el carro del
progreso. Los demás habían desaparecido.
En realidad, estábamos muy interesados por conocer una
fábrica de curtidos, porque nos habían comunicado en el ayuntamiento que,
durante la segunda república, el número de ellas, a lo largo del río de
Ubrique, en casi un kilómetro, pasaba del medio centenar, y que, durante la Guerra
Civil se militarizaron las que quedaban, en número de 40.
En el propio Rodezno existían 5 tenerías, de las cuales tan
solo quedaba una propiedad de don Manuel Rojas, muy decrépita y en ruinas. Las
otras cuatro habían desaparecido ya, por ampliación del camino de la Esperanza,
paralelo al río, o por adecuación para viviendas. Así pues, solo podíamos investigar
algo en lo que quedaba de la del señor Rojas.
Efectivamente, era una auténtica ruina. Tuvimos que penetrar
en ella en guardia ante el posible evento de un desprendimiento, y mientras lo
hacíamos, la primera pregunta que dirigimos a su dueño fue que, por qué junto
al río de Ubrique se habían dado tantas tenerías. Su contestación fue
inmediata: «El agua, es de una gran calidad para los curtidos, por su alto
contenido en cal, magnífico curtiente que se emplea desde la más remota antigüedad».
-Pero los curtidos -inquirimos- ¿a qué fecha se remontan?
-Creo que existen documentos exactos de la curtición de
pieles en el antiguo Egipto -contestó el señor Rojas- y a través de pinturas
jeroglíficas se puede determinar más o menos fecha y manera de hacer el
curtido.
-Y concretamente aquí, en Ubrique, ¿desde cuándo?
-Pues hijos, eso ya no lo sé yo. Tengo cierta idea, y esto es
posible que entre dentro del campo de la hipótesis y de la fantasía de que los
árabes supieron ya hacer una curtición tan perfecta, que muchas de sus rodelas
y escudos de guerra, estaban confeccionados con piel de Ubrique. Me refiero a
los árabes que ocuparon España durante casi 8 siglos. Os enseñaré en el interior
una piel curtida, no sabemos la fecha, porque cuando se compró esta fábrica,
que lo hizo mi padre, ya estaba aquí. Sobre los años 30. Verán ustedes qué
dureza, qué curtición; sería muy difícil que la traspasara una flecha ni
cualquier otra arma por el estilo. Aparte observaréis su ligero peso.
Y efectivamente. Nada más traspasar el umbral del segundo
portón, al entrar en una habitación que olía a abandonada, dándonos cierta
sensación de antigua oficina, por entre las maderas rotas de un viejo estante,
se veía algo parecido a una manta mal doblada. Se trataba de una piel de
becerro gruesa curtida en Ubrique hacía más de una veintena de años y que los familiares
del señor Rojas usaban de vez en vez, cuando eran necesarias unas «medias
suelas» para los zapatos. Era dura como la madera, y su peso, aún a pesar del
tamaño que pudiera tener (no estaba estirada) no debía ser grande, de unos
10-12 kilos. Con estos datos no nos extrañaban las aseveraciones que había
formulado nuestro acompañante.
Penetramos más al interior, una especie de patio porticado
donde estaba el «alma mater» de su pasada industria. Todo como hemos dicho
indicando ruinas: vigas caídas, tejas rotas por los suelos, desconchones,
telarañas; en fin, un auténtico caos.
No obstante, pudimos comprobar que en el suelo se hallaban
dispuestos varios pilones o pequeñas piscinas, todos muy profundos, que
alcanzaban los 2-3 metros. El tamaño de ellos, muy irregular. Se ajustaban en
realidad a las medidas de este patio porticado. Unos medirían, sobre
superficie, 4x5 metros, otros 4 x 2 y así en este orden hasta completar 6
pilones o noques, distribuidos 4 semejantes en paralelos y dos a todo lo largo
del rectángulo que formaban los 4 mencionados.
-He ahí -dijo el señor Rojas- donde estaban los pellejos para
su curtición. Contenían aguas preparadas para descarnar, depilar y conservar.
Todo se hacía de manera natural, a base de sal común, que la traían las bestias
desde las Salinas de Hortales, que ustedes ya conocen; curtientes como el
tanino y el tejido suberoso de la encina y el alcornoque y la cal, principal
elemento en la curtición.
Una vez tratadas las pieles -continuó animado nuestro
anfitrión- se pasaba al laboreo, sobre esas mesas que aún, milagrosamente, se
conservan en pie. Esa de formas redondeadas e inclinada sobre el suelo, se
usaba para el trabajo de «rivera», que era el primero que se efectuaba sobre
las pieles, junto al río, por donde se mandaban las inmundicias de pelos, lanas
y carnazas.
En las otras mesas, como veréis de mármol encuadrado con
madera, se efectuaba el trabajo de «rematado», donde la piel, libre ya de todas
las impurezas, recibía manipulaciones de perfeccionamiento, hasta conseguir un curtido
de gran calidad, que de siempre fue muy famoso.
-Archiconocida era -prosiguió- la piel de Ubrique, hasta hay
quien piensa, que «el Ubrique» era un animal especial.
Todos reímos la salida.
¿Y como cuánto tiempo se tardaba en curtir una piel? -fue en
esos momentos la pregunta obligada-.
-Pues, más o menos... Mirad, -nos dijo- esa piel que hemos
visto en la oficina, mi padre nos decía que habían tardado dieciocho meses en prepararla.
Nada menos que año y medio. ¿Qué os parece?
Le tocó el turno al instrumental. Sobre las paredes había de
todo. Y por los suelos, ¿cómo no? también. Tras un simple ojeo pudimos
catalogarlos en dos grupos, en los que las únicas diferencias se manifestaban
por los tamaños. Después supimos que a los instrumentos de uno de los grupos se
llamaba estiras, y a los del otro, cuchillos. Estos últimos eran los más
grandes, como de medio metro cada uno. Básicamente estaban formados por una
larga hoja de acero semicurva, a manera de mandoble, en cuyos extremos se encontraban
los mangos en madera. La piel, salida del noque correspondiente, (unos con cal,
otros con salmuera, otros con los curtientes), y bien reblandecida, se ponía
sobre el tablero de «rivera», y la destreza del tenerario o curtidor iba
limando las impurezas que contuviera el pellejo: Pelos, carnaza, restos
cárnicos o impurezas con los cuchillos de pelar, descarnar, desollar…
Estos restos pilosos -o epiteliales- se dejaban secar al sol,
y de los mismos se obtenía una magnífica cola para carpintero, muy apreciada
por su alta calidad. Seguía el proceso, y la piel, después de varias semanas en
los noques correspondientes, pasaba al tablero o mesa de rematado, donde con
los otros instrumentos, llamados estiras, más pequeños que los cuchillos, como
de unos 15 cm.; le iban dando la consistencia necesaria y el ahormado preciso
para que quedara una piel de bonito acabado.
La visita fue muy entretenida y quedamos satisfechos, pero lo
estuvimos aún más, cuando pedimos al señor Rojas unas muestras del instrumental
y algunos objetos en desuso de la tenería, y muy amable nos los regaló.
En nuestras manos quedaba todo un muestrario de piezas de
antología, correspondientes al instrumental de una fábrica de curtidos antigua,
que, por imposición de la vida moderna, que para entonces había aportado nuevas
técnicas para la curtición, habían desaparecido. Gracias a nuestra visita este
material se salvaba, y con la mejor ilusión prometimos guardarlo hasta que se
creara el museo de la piel de Ubrique.
Después hemos buscado y rebuscado por otras antiguas tenerías
ubriqueñas, sobre todo por aquellas que se militarizaron entre los años
1936-1943, y no pudimos encontrar nada más. Todo había sido aniquilado por el abandono.
Nuestras conclusiones de estas visitas fueron muy claras y
concisas. Bien merecían estas tenerías un profundo estudio etnológico, por la
importancia vital que para Ubrique han tenido, no sólo para su desarrollo
comercial, sino porque el curtido ha sido base fundamental para hacer a Ubrique
“Cuna del artículo de piel”.
Historiadores y
etnólogos son los que Ubrique necesita.
Salimos de la tenería. Frente por frente, nuevamente, nuestro
Convento ahora en silencio tras la exclaustración de la comunidad Capuchina que
lo ocupara hasta el año 36. Solo queda como testimonio religioso el ser Convento
Santuario de la Patrona de Ubrique, la Virgen de los Remedios. Y junto a él,
saliendo casi de sus pies, unas enormes arcadas, 12 en total, que soportan una
conducción de agua a través de un canal que pasa por encima, a manera de
acueducto romano.
No sabemos ni cómo, ni por qué, uno de la Pandilla había
hecho un pequeño trabajito para el libro de feria, y no sabemos cómo, ni por
qué, nos invitó a su casa y allí nos lo leyó. De todas maneras, era muy
interesante. Vean ustedes:
«Cuando hace más de 300 años, justamente en 1668, se finalizó
la construcción de ese Convento de Capuchinos que acabamos de dejar, faltaba dotarlo
del agua necesaria para el gasto de la comunidad que en él había y para el
riego de la huerta que le circundaba.
Fue el padre Nicolás de Córdoba quién, a mediados del siglo
XVIII, nos dejó un interesante relato (que se conserva en el archivo histórico
de los capuchinos de Sevilla) de la propiedad que dicha comunidad capuchina
tenía sobre el agua que procedía del nacimiento cercano del Benalfí (en aquel
entonces ya podíamos dar otra solución al significado del Benalfí, que
explicaremos en capítulos siguientes). El referido autor, por las fechas antes
indicadas, investigó sobre la base jurídica de dicha propiedad, sacando en
conclusión que era una servidumbre del convento desde su fundación.
El agua era llevada, en esta primera época, al convento por
atajeas descubiertas y para pasar el arroyo llamado Seco, que procede de
Benaocaz, había un canal de madera sobre postes.
Posteriormente un hermano capuchino, Fray Pedro de Teba, al
que popularmente se le llamaba «eminentísimo ingeniero», vino a Ubrique,
restauró por completo toda la traída de aguas al convento, encauzándola a
través de cañerías y comenzó la obra de los Nueve Caños, terminándose esta
después de su muerte en el año de 1723, según consta en la lápida conmemorativa
que allí existe, en bastante mal estado, debido a las concreciones del agua y
la humedad; y podíamos esperar que estas palabras sirvieran para que se tome
conciencia de ello, para poner testimonio de la Historia en lugar más indicado
y seco.
El cabildo de la villa solicitó, a principios de 1726, al
entonces Padre Provincial de Capuchinos, autorización para la traída de aguas a
una fuente de utilidad pública que proyectaban construir en la Plaza de la villa.
Dicha autorización fue dada con fecha 20 de octubre de ese mismo año.
Se comenzó entonces por fabricar un acueducto que salvara el
desnivel del Rodezno (lugar en el que estuvimos hoy). Era, y es, un acueducto
arcado, y tenía una fuente con abrevadero en el extremo de la calle Nueva,
fuente que subsistió hasta que en 1937 se realizó la llamada “Obra nacional de traída
de aguas a Ubrique”. Posteriormente se llevó el agua a la fuente de la Plaza
por un sistema de atanores.
La fuente se construyó al gusto de la época, teniendo
paralelos en Benaocaz, Villaluenga y Grazalema, claro que, en estas tres
últimas localidades, han sabido respetar los «mascarones» que guarnecen los
chorros del agua, tallados en roca dura, mientras que en Ubrique desaparecieron
en las fechas en que se restauró la fuente en 1903.
La parte ornamental la misma está realizada en piedra
arenisca labrada (y es muy posible que la fachada del Ayuntamiento actual,
construido en la misma época, esté fabricado con el mismo material de adorno,
oculto bajo una gruesa capa de cal por ser un conjunto armónico), y el pilón es
de una sola pieza, en piedra caliza, de la variedad de mármol rosado,
procedente de nuestra sierra, donde es abundante. La total terminación de la
obra fue en 1737, once años después de iniciada, acreditando este dato el texto
lapigráfico existente en el frontispicio de la fuente que textualmente dice
así:
«A ESPENSAS DES- TA V.a (VILLA) SE HIZO ESTA OBRA SIENDO
COREGD, (CORREGIDOR) EL S. (SINDICO) DON FERNANDO MARQUES BARREÑO. AÑO 1727».
Casi dos siglos más tarde se estructurarían estos sistemas de
conducción de aguas a la villa, dentro de la obra nacional, forjándose un
sistema más moderno de traída de aguas, no ya para la fuente, sino para el
resto de la villa.
Se tomaron aguas del Benalfil y del Nacimiento de la
Cornicabra y, por medio de una central elevadora, se llevaron a un gran
depósito con capacidad para más de medio millón de litros, agua más que
suficiente para el abastecimiento de una mediana ciudad. Este nuevo servicio de
aguas fue inaugurado por el general Queipo de Llano a quien acompañaba el general
Bohórquez, hijo de Ubrique, y quizás el auténtico impulsor de esas obras. Esto
ocurría el 4 de octubre de 1937».
Y continuamos paseo hacía abajo, por el camino de la
Esperanza. Próximo a un centro escolar, una entidad bancaria preparaba por
aquellas fechas la construcción de una guardería infantil. Apenas se habían
iniciado los sondeos para la cimentación. El estar uno de los padres de los
habituales de la pandilla en las obras, nos obligó a parar un poco mientras se
saludaban. Cuando de nuevo se incorporó al grupo, (tenemos que recordar que ese
buen señor era una de los expertos contratados por el director de las excavaciones
del Salto de la Mora, y, conocía en parte todo el tejemaneje de esos delicados
trabajos) y, nuestro compañero nos contó a media voz, como si no quisiera
desvelar algún secreto, que en los fondos de las cimentaciones están
apareciendo unos «muros muy raros».
- «Dice mi padre -continuó- que no conviene que penetremos en
la obra ahora. Hay muchas visitas y pueden ponerse en guardia. Que, si
encuentra algo, nos lo dirá rápidamente».
Y sin más, no creyendo que tuviera mayor interés, continuamos
hacia nuestros respectivos domicilios, no sin antes fijar día y hora, para
recoger todo el material que el señor Rojas nos había cedido de la tenería. En
total 75 piezas.
Convinimos en que sería el sábado y que podríamos estar todos
juntos disfrutando del fin de semana.
No obstante, antes de separarnos decidimos hacer una nueva
visita, ya que por referencia sabíamos que, de todas las tenerías existentes en
Ubrique, había una que se conservaba casi en el estado en que quedó cuando paralizaron
los trabajos y que por ciertas circunstancias nosotros desconocíamos.
Se encontraba en el Llano del Río, justamente donde se
mezclaban las aguas del arroyo Seco y las procedentes del Rodezno, y era
propiedad de don Miguel Romero.
¡Señores, cuánta amabilidad! Nos conocía y tenía las mejores
referencias de nosotros y de la labor que en pro de los curtidos veníamos
desarrollando.
No sólo nos atendió, sino que nos dio una auténtica lección
de buen curtido, y además nos ofreció «su ayuda en todo».
Y no es que quisiéramos abusar de él. Es que nos obligó a
ello. Ni corto ni perezoso, tan pronto entablamos las primeras conversaciones,
nos invitó a ir a su tenería, mostrándonosla tal y como hacía varias decenas de
años la dejara. De su estructura poco nos podía enseñar, porque contábamos con
conocimiento para ello, pero el ofrecimiento que nos hizo fue de lo más extraordinario
que se pensara: Podíamos coger, libremente, cuantos artilugios nos faltaran de
la tenería del señor Rojas, y sin discusión alguna -eran sus palabras-, ¡cuántos
quisiéramos!
Recordamos que por aquellas fechas se estaba proveyendo de
fondos el nuevo museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla, y que,
fundado por don Florentino Pérez Embid, iba a ser dirigido por el arqueólogo
del Salto de la Mora y amigo nuestro, don Salvador de Sancha Fernández, quién
en más de una ocasión nos había pedido material etnológico de la piel para su museo.
Todo fue muy sencillo. Establecimos las líneas de contacto
del señor Romero y el señor de Sancha, y no hubo problema ninguno para que
aquel material fuera a ese nuevo museo andaluz, donde, para nuestro orgullo, se
expone.
Pero había una pequeña condición. Nosotros, y para un futuro
de Ubrique, tendríamos prioridad para seleccionar las piezas que nos faltaban.
No eran muchas, pero las que seleccionamos eran de calidad: Estiras
centenarias, estiras de cristal de roca, tridentes, garfios, balanzas, pesas
desde los 100 gramos a los 50 kilos (para el pesado de las suelas y los
curtientes) alcuzas, faroles, etc. y un sin fin de menudencias, que
conservaríamos, con vistas al futuro Museo de la Piel en Ubrique.
Y llegó el anunciado sábado. Los dos que estudiaban en
Sevilla se unieron a nosotros. Y tal como lo habíamos proyectado fuimos a
visitar las obras de cimentación de la futura guardería infantil. Aquel día,
mejor dicho, mediodía, no se trabajaba, pero estaba de vigilancia y guardia el
padre de nuestro amigo.
Habrían hecho unos 50 o 60 pozos, de 1,5 x 1,5 por 3/4 metros
de profundidad. Y a través de sus aberturas ¡que maravillas detectamos!: muros perfectos
de fabricación romana (su argamasa y tipo de sillares así nos lo decían) unos a
manera de pared, otros revestidos como depósitos hidráulicos. Claro que no se
veía todo el muro, longitudinalmente, sino solo a través de esos pozos, porque
la obra se encontraba como a 2 metros de profundidad. Y donde quiera que habían
sacado tierra, envueltos en ella, restos cerámicos, ladrillos vistosos,
fragmentos de vasos, cerámica «sigillata», algunas monedas imperiales romanas
y, lo que más nos asombró, por el enorme contenido didáctico que tenían, eran
dos piezas de plomo, auténticas reliquias para la arqueología: una, un ensamble
con dicho metal, con 25 cm. de longitud, y 35 kilos de peso y la otra, restos
de la misma tubería con 85 cm. de longitud. Y decimos de alto valor didáctico,
porque aquello nos demostraba que los romanos, grandes técnicos en la ejecución
de sus obras, no eran fontaneros al uso, porque tanto el ensamble como la
tubería carecían de soldaduras... ¡A lo bruto!
Igualmente, otra valiosa pieza encontrada aquel día, (que por
cierto sería lo último, para nosotros, no para la autoridad que llamamos a
Cádiz) fue una lucerna muy original. Estaba construida en una almeja. ¡Muy
curiosa!
Vimos que todo estaba relacionado con el agua. Su proximidad
al nacimiento del Benalfelí, junto al río del arroyo Seco en la base de la
ladera del Salto de la Mora (Ocurris), y junto a la calzada que ascendía hacía
Benaocaz en el norte, y por la de Las Cumbres, hacia el oeste, por donde se
subía a Ocurris.
Y llegaron representantes de la Dirección Provincial de
Bellas Artes. Nosotros no pudimos entrar, porque no nos dejaron. Pero después
de su visita de inspección, el fallo que emitieron, a pesar de cuantos
inconvenientes había para una buena inspección ocular, era que estábamos ante
una auténtica fábrica de curtidos de época romana.
Se anunció igualmente una posterior visita, pero cuando
llegaron, todos los pozos de la cimentación estaban cubiertos. Bajo aquel suelo
se encontraba, enterrado para siempre, el origen histórico de la Piel de
Ubrique. Nosotros, por nuestra parte, supimos guardar aquellos vestigios
encontrados en nuestra primera visita, igualmente dispuestos a ser entregados
en ese ansiado Museo etnológico de la piel.
Uno de estos molinos, conocido
como el de Cotrino o del Nacimiento, fue en 1893, sede de la primera Fábrica
Municipal de Luz, y principio de la Central Autóctona de «Eléctrica de la
Sierra».
En aquel antiguo molino, durante el día se molturaba el trigo
y por la noche se producía la electricidad.
(De nuestros trabajos sobre «El Alumbrado Público Ubriqueño»,
1986).