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miércoles, 4 de agosto de 2021

Rociar la ropa: la plancha

 

Pequeña colección de planchas antiguas


Por Esperanza Cabello


En estos días calurosos de verano no hay nada mejor que levantarse tempranito y planchar con tranquilidad y sin prisas.

El planchado es una tarea doméstica curiosa, la mayoría de las personas la evitan todo lo que pueden y, cuando no pueden, planchan con tanta desgana que más valdría dejarlo.

A mí me gusta planchar (si mi abuela o mi madre oyeran esto se volverían llenas de asombro). Planchar tranquila, a primera hora de la mañana, es una especie de meditación, te concentras, preparas tu ropa (mi amiga Lorenza, en Rota, me decía siempre que si al recoger la ropa la doblabas, ya tenías media plancha liquidada), coges tu plancha, lo más simple posible, y te dedicas a planchar y doblar. Poco a poco el montón infernal de sábanas y ropa de casa se va convirtiendo en una pila perfectamente ordenada, lo que te llena de satisfacción.

Hoy, mientras planchaba y con el calor que hace que deja la ropa "tiesa", me he estado acordando de un gesto simple que he visto hacer miles de veces y que creo que se ha perdido, al menos no veo a nadie haciéndolo ni nadie lo ha referido: Rociar la ropa.

Cuando era chica en mi casa vivíamos siempre catorce o quince personas: abuelos, tíos, padres, hijos, hermanos, muchachas... Toda una tribu que usaba ropa de algodón, pañuelos de algodón, sábanas de algodón y todo de algodón, porque en los sesenta la fibra brillaba por su ausencia.

En la casa de mis abuelos siempre había ropa para planchar; se planchaba sobre una mesa de madera que había en la cocina de dentro. Encima de la mesa se ponía un follapepe (en este enlace) y sobre el follapepe un trozo de sábana antigua. Justo al lado de la mesa había un quinqué y una plancha antigua de carbón, que ya en los sesenta no se usaba.

 


Antigua plancha de carbón, el carbón ardiendo se metía dentro



Esta plancha antigua de carbón no se utilizaba ya entonces, pero alguna vez mi abuela la preparó para que viéramos cómo funcionaba, porque era un instrumento que llamaba la atención. Y era buenísima para los pañitos almidonados. Eso también era un arte, almidonar, que lamentablemente se está perdiendo.

Como decía, en casa de mi abuela siempre había plancha pendiente, supongo que habría un par de mujeres dedicadas en exclusiva a lavar y planchar la ropa, porque éramos muchos. En aquella época, sigo hablando de principios de los sesenta, aún había una cocina de carbón, que convivió unos años con la de butano, y había unas carboneras en los almacenes de arriba. Para encender la cocina se iba llenando la parte de abajo con carbón que se prendía. Para planchar, en la parte de arriba, en el "infiernillo" se colocaba una plancha de hierro con mucho cuidado, eligiendo el tamaño según la prenda que se iba a planchar. Había un planchero en el que se encontraban varias planchas ordenadas de mayor a menor.

 


Planchero con cuatro planchas de hierro


La plancha se sujetaba con un agarrador, que normalmente se hacía con trocitos de tela y una guata o un trozo de manta dentro, como este que hemos visto en este enlace.

 


Una vez caliente, se planchaba con mucho cuidado, probando primero en una esquinita de la prenda, y, normalmente, poniendo un trapito encima para no quemarla. Alguna vez, siendo muy chica, me dejaban planchar alguna cosa. Me subía a una silla, para llegar a la mesa, cogía la plancha e intentaba planchar con esmero los pañuelos que me daban, teniendo cuidado en las esquinas y aprendiendo a doblarlos de una forma curiosa, triangulares, con un doblez abajo y dos picos, para ponerlos en el bolsillo superior de la chaqueta.




Pero en verano, y aquí viene eso de "rociar la ropa", como la ropa blanca se secaba muchísimo, después de destenderla se colocaba cada prenda sobre la mesa de plancha, y en un cacharrito con agua (un cuenco o un plato) se iban metiendo los dedos y se iba rociando con mucho cuidado con gotitas de agua. Después se enrollaba y se iba haciendo una pila de ropa seca y rociada para plancharla al atardecer con la fresquita o, mejor aún, de buena mañana.

Entonces no existían pulverizadores de agua, ni planchas de vapor ni centros de planchado, solo planchas de hierro que además tenían formas diferentes según su función. 

De las planchas que tenemos en nuestra pequeña colección solo conozco exactamente la función de una, la que servía para planchar sombreros.

 


Plancha para sombreros, número 2


Sé que estas planchas eran para sombreros porque me lo explicó mi tía Isabelita (en este enlace) y se ven las planchas especiales en la foto de la sombrerería, y en la casa de mis padres estaba guardada junto al molde de sombreros que depositamos en el Museo de la Piel de Ubrique, y que podemos ver en este enlace.


También eran especiales unas planchas más pequeñas, que podríamos erróneamente considerar infantiles, pero que se utilizaban para cuellos, corbatas y cintas. Nuestra tía Juana Saborido Izquierdo, que vivía en la callejuela de la Cárcel, (en la casa en la que se refugió Marcos León López cuando lo perseguían los falangistas), era camisera, especializada en camisas de hombre, y tenía muchas de estas planchitas pequeñas.

 

Planchas camiseras, con números 1 y 2

 

En esta colección de planchas antiguas hay ejemplares de muchos mercadillos y traperos, incluso tengo alguna de Francia, y otra que me regaló una amiga inglesa. Algunas las hemos encontrado tiradas en el campo (la última no hace ni un año), a lo mejor sin asa o muy oxidada, pero son fáciles de reparar (si alguien saber soldar, claro). Imagino que al ser tan corrientes y al haber más de una en cada casa son miles las planchas que poco a poco han sido arrumbiadas.

Ya en los setenta empezaron a llegar las planchas eléctricas, y aquí también tengo una historia, peligrosa, pero con final feliz.


Antigua plancha de viaje de la marca Jata

 

Abuelo Leandro había traído de Madrid, como siempre, la última novedad tecnológica: una plancha portátil de viaje Jata.
Parecía de juguete, era roja, con una funda con cremallera y un enchufe adaptado a las tomas de varios países, con dos, tres o cuatro "patitas".

Un día, cuando vivíamos en Santa Rosalía, decidí que iba a ayudar a mi madre con la plancha y le iba a dar una sorpresa. Tendría siete años entonces. Como no se podía coger la plancha de hierro para no quemarse, cogí la maravillosa plancha de viaje  eléctrica, que no se usaba (pues estaba reservada para los viajes) me llevé la tabla de planchar a la habitación y no tuve otra ocurrencia que enchufarla sin comprobar la corriente, en realidad ni siquiera sabía nada de electricidad.

Lo único que conseguí fue un buen explotijo (que no se me olvide esta palabra para ponerla entre las especiales de nuestra zona, que no consta en la RAE), al enchufar la planchita: la mano quemada y la plancha estropeada para siempre.

 



Así que a partir de ese momento mi tarea de planchadora fue esa: rociar la ropa antes de que mi madre o Manola la plancharan. Durante mucho tiempo me entretuve rociando la ropa de plancha y preparándola bien enrolladita para que después fuera más fácil la tarea.

 


 

 

Y esa ha sido la reflexión y el recuerdo de esta mañana mientras transformaba el montón de ropa blanca, que nadie había rociado,  en una pila planchada y ordenada, es estupendo recuperar recuerdos de la niñez y aún más tener los objetos que refuerzan esos recuerdos.





lunes, 8 de marzo de 2021

El jocifador, palabras en peligro de extinción

 

 

Un jocifador de madera

Objeto en vías de extinción



Por Esperanza Cabello

 

No hace mucho tiempo, treinta o cuarenta años, era muy habitual ver este objeto en las casas, un pequeño cajón de madera abierto por uno de sus lados, que se utilizaba cuando se limpiaba el suelo.

En este cajón se ponía un pequeño cojín, o un trapo lo más mullido posible, y se utilizaba para arrodillarse y limpiar.

Porque los suelos, antes, se limpiaban a mano. Era una tarea ingrata, ingratísima; las mujeres cogían un cubo de zinc, un estropajo de esparto, jabón verde y una jocifa (según el habla se decía también josifa o jofifa, en el diccionario de la RAE solo queda la palabra "aljofifa") y arrodillándose en el jocifador comenzaban la tarea.

Se enjabonaba el estropajo de esparto hasta que hiciera espuma, y se iba refregando toda la superficie del suelo, normalmente eran losas de barro cocido, y las cuadras estaban al fondo de las casas, por lo que la suciedad del suelo podía ser considerable.

Una vez fregado, se cogía la jocifa, se metía en el cubo y se escurría bien, para ir quitando el jabón e ir dejando los suelos limpios. Por cierto que la jocifa era un paño grueso, parecido a una bayeta, que se vendía en lo de Gonzalo o en lo de Maza.

Imaginen la tarea: se enjabona un trozo de suelo, se enjuaga bien y se trasladan todos los enseres, jocifador incluido, un metro atrás, volviendo a hacer de nuevo lo mismo.

Con los suelos hidráulicos o con los de terrazo se hacía lo mismo. Nosotros nacimos en una casa grandísima, y siempre había alguna mujer limpiando. 

¡Las de veces que pasamos corriendo, siendo niños, por encima de lo limpio! Qué lástima de tanto trabajo para limpiar. Las pobres Mariquita y Anita (un beso grande) tuvieron que apañarse con nosotros.

Y aunque la fregona la inventaran a mediados de los sesenta (por cierto, fue el español Manuel Jalón el creador de este invento maravilloso), aún tardó muchos años en imponerse su uso.
Por eso es posible aún encontrar algún jocifador en los desvanes y en los "soberaos" (el nuestro estaba en la cuadra) ubriqueños, como encontramos en 2012 en la casa de la familia Román (en esta entrada).

Hoy no lamentamos que el jocifador sea una palabra en peligro de extinción, precisamente en este día, el ocho de marzo, Día de la Mujer, pero solo quedemos que quede en el recuerdo, por eso nos ha alegrado mucho saber que nuestros amigos de Ubrique en el recuerdo, siempre dispuestos a echar una mano, nos hayan refrescado la memoria (en este enlace) y nos hayan contado historias de este objeto destinado a desaparecer.

Haciendo la prueba hemos visto que si tecleamos "jocifador" en google solo sale un jocifador ubriqueño, el de Lina Román, y también el cubo y la jocifa de "ancá Maza" (en este enlace). Y debe de ser una palabra muy ubriqueña, pues entre los pocos resultados obtenidos hay un buen plato de gañotes y la Pilita Abajo💜💜💜




martes, 2 de junio de 2020

¡Ya estamos de encalijo! Palabras en peligro de extinción







Por Esperanza Cabello

Llegando el buen tiempo llegan también en nuestro pueblo "los encalijos", o sea, la limpieza general: guardar la ropa de invierno, quitar las enaguas de la copa, arreglar las macetas de los patios y mientras ir dando unas "bajeritas" de pintura para que se quiten de encima la pátina del invierno, los verdines y el olor a chimenea no solo las casas, sino también  también los edificos públicos.
El encalijo existe desde siempre, hoy tenemos unos versos que nos hablan del encalijo de la Maestranza rondeña en 1853:

La feria de Ronda o cuadros de costumbres andaluzas en verso
obra de Blas Molina 1853


Porque el encalijo no es solo encalar, el encalijo implica todo lo demás, el trasiego de hombres y mujeres en las casas moviendo muebles, haciendo los arreglos de todo lo que se rompió en invierno, cambiando macetas, lavando ropa...

¡Qué recuerdos de aquellos encalijos de entonces!
Era una época divertida para nosotros los niños, a aquella enorme casa de nuestra abuela Natalia iba llegando una legión de hombres y mujeres para el encalijo, recordamos con mucho cariño a Isabel "la Malagueña", que tenía tanta fuerza y tanta dedicación (besos a sus hijos, nietos y hasta bisnietos), a Anita, a Mariquita, a Rosario, a Leonor, todas dispuestas, cogiendo la cal de un noque de la carbonera, mezclándola con agua y encalando las paredes, fregando los suelos con jabón verde, un estropajo de esparto y una "jocifa" (aljofifa- otra palabra en vías de desaparición ).
Nuestra abuela y Dolores Esteban  almidonando la ropa y planchando con esmero los entrepaños, las cortinas, los juegos de cama.
Y mientras los niños jugábamos tranquilamente sin dar mucha importancia a aquellos rituales del encalijo que para nosotros significaba seguridad y que son tan importantes para la limpieza y la salud de las personas y las casas.

En todo eso pensábamos hoy, mientras dábamos una manita de pintura a algunas de las macetas del patio recién encalado y nos preguntábamos de dónde habría salido la palabra "encalijo".

Porque como tantas otras palabras andaluzas, "encalijo" ni siquiera está en el diccionario y aunque estamos seguros de que es una palabra usada desde siempre al menos en Andalucía, no es una palabra exclusivamente ubriqueña, la hemos podido ver en montones de diccionarios locales de otros pueblos.

Está claro que es un compuesto del verbo encalar y del sufijo -ijo, un sufijo "oficialmente raro" en español, empleado para derivar sustantivos a partir de verbos o como diminutivo y que se conserva en no muchas palabras. Dando vueltas en nuestro recuerdo hemos encontrado algunas, curiosamente todas las que se nos ocurren tienen cuatro sílabas:

amasar-amasijo
esconder-escondrijo
acertar- acertijo
amarrar-amarrijo
apartar-apartijo
entremeter-entremijo (en castellano expremijo, de exprimir)
gozar- regocijo
Y se nos ha ocurrido también la palabra "botijo", ahí el sufijo es diminutivo (bote pequeño).

Pero no encontramos encalijo, nuestra palabra en vías de extinción de hoy, en ningún diccionario del español, ni en los antiguos ni en los modernos, y es una lástima, porque se trata de una palabra entrañable y acogedora que recoge en sí una buena parte de nuestra cultura andaluza.
Y, lamentablemente, con tanta globalización, encalijo pasará a formar parte de  nuestras palabras en peligro de extinción.


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jueves, 12 de septiembre de 2019

Cómo hacer jabón tradicional con sosa y aceite usado

Jabón de sosa para la limpieza




Por Esperanza Cabello



Hace ya diez años (en esta entrada) explicábamos que nuestra tatarabuela Ana Córdoba Leytón había tenido una almona en la plaza de la Verdura de Ubrique. Una almona es un lugar en el que se fabrica jabón con sosa y grasas.
También explicábamos cómo la hermana de María Morales, la recordada Pepa Morales, nos había enseñado a hacer jabón tradicional y cómo nosotros habíamos modernizado el procedimiento, consiguiendo fabricar cada verano el jabón necesario para todo el año.
Se trata de una receta muy simple. Necesitamos medio kilo de sosa caustica en escamas, un litro de agua, dos litros de aceite usado y algunos utensilios de los que hay en cualquier cocina.






Guantes para proteger las manos (manipular la sosa puede ser peligroso), una vara metálica para remover, un cubo resistente y, lo más moderno, una batidora vieja que aún funcione.






En primer lugar ponemos la sosa en el cubo, hay que escoger un lugar aireado y ventilado. No sirve la sosa en bolitas, la de limpieza como la que podemos encontrar en Mercadona, debe ser sosa en escamas.






Vamos añadiendo poco a poco el litro de agua, moviendo con una varilla y teniendo mucho cuidado de no respirar los gases tóxicos de la sosa. Una mascarilla puede venir muy bien.






Una vez mezcladas la sosa y el agua, comenzamos a batir con la batidora, despacito, como si fuera una mayonesa, empezamos a añadir el aceite. Aquí hay que tener un poquito de paciencia.
Si hemos utilizado la cantidad recomendada, en unos minutos comenzará a cuajar y se formará una pasta un poco más densa que la mayonesa.
Si hace frío la pasta es más líquida al principio, en verano resulta más fácil hacer el jabón.





Una vez adquirida la consistencia necesaria, vertemos el jabón en un molde. Nosotros utilizamos uno de porcelana, aunque podría ser de madera, mejor que no sea de plástico porque con el calor que desprende la sosa podría deformarse.





 A continuación ponemos el molde con el jabón al aire libre, preferiblemente al sol. Nosotros en esta ocasión le hemos añadido la ralladura de una pastilla de jabón, para que haga más  espuma al utilizarse.






Al día siguiente el jabón habrá empezado a solidificarse. Antes de que se endurezca le hacemos unas marcas con un cuchillo para poder desmoldarlo y poder cortar los trozos. Esperamos aún unas horas.





Y aquí están los taquitos de jabón, los utilizamos sobre todo para las manchas de la ropa, y, rallado y disuelto en agua, para limpiar el suelo o añadir a la lavadora.
El uso de la sosa puede ser perjudicial para la piel, y aunque nuestras abuelas se lavaban la cara y las manos con este jabón, más vale utilizar otros jabones más suaves para el uso personal.


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sábado, 13 de diciembre de 2014

Recuerdos de una niña y la máquina de coser

Anuncio de máquinas de coser de 1881


Por Esperanza Cabello

A veces echamos de menos aquellos tiempos en los que toda la ropa se hacía en la casa, en el "cuarto de la costura", en el que los niños jugábamos mientras las costureras cosían y  bordaban tranquilamente toda la tarde. En aquel cuarto había una máquina de coser Singer que era el orgullo de todas, hacía unos pespuntes milimétricos y la habían comprado "a la dita", pagando poco a poco los plazos semanales.
Aún conservamos la máquina, y, con la importancia que antaño tenían los objetos preciados, toda la documentación (en este enlace) .
Nuestra buena amiga Carmen Golfín nos contó hace unas semanas que su familia tuvo que irse del pueblo durante  el estallido de la Guerra Civil, y cuando volvieron al cabo de los meses algunos vecinos desaprensivos les habían robado sus pocos enseres, entre ellos, la máquina de coser.  Supieron quién la tenía, y fueron a reclamarla, pero la ladrona decía que era de su propiedad. La madre de nuestra amiga había guardado la documentación de su máquina, y contra esa prueba no había robo posible, así que la ladrona se vió obligada a devolver la máquina, avergonzada.
Es un recuerdo curioso y entrañable de una "niña de la guerra" que queríamos contar para que no se perdiera, ahora que, desgraciadamente, Carmen ya no podrá contarnos más historias. Quizás  dentro de unos años sus nietos y nietas podrán leer este recuerdo y saber algo más de su abuela.
Con todo nuestro cariño y nuestra admiración por una mujer luchadora, valiente, fuerte y, por encima de todo, humana.
¡Hasta siempre, Carmen!
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miércoles, 6 de agosto de 2014

Catalina Gil Cordón, una ubriqueña primorosa y hacendosa





Retrato de Catalina Gil Cordón, gentileza de María y Esperanza Rodríguez
 


Por Esperanza Cabello

Cada vez que nos encontramos con Francisco Rodríguez y Paca Jiménez (una pareja encantadora), los padres de nuestras amigas Mari y Esperanza, charlamos un poquito con  Paca, que nos cuenta muy satisfecha una historia muy curiosa: su madre, Catalina Gil, abuela de nuestras amigas, fue la encargada de planchar el traje de novia de nuestra madre, en septiembre de 1956.



Manuel Cabello y Esperanza Izquierdo en la foto oficial de la boda (1956)



Ya hemos comentado en algunas ocasiones (en este enlace)  que aquella boda fue todo un acontecimiento en el Ubrique de hace casi sesenta años: era una boda doble, se celebraba por la tarde y con todos los fastos y los lujos que se pudieran pensar en el momento.
Los trajes de las novias no eran menos: tanto el de nuestra tía Carmen como el de nuestra madre (los dos iguales) eran muy especiales, fabricados con tejidos expresamente seleccionados, elegantes, con un corte y un diseño muy originales, y, además, muy delicados.
Imaginamos que la tarea de planchar aquellos trajes, con las planchas de hierro calentadas en cocinas de carbón, no sería fácil en absoluto, y siempre nos ha hecho mucha ilusión cuando Paca nos ha contado cómo su madre, Catalina Gil, había sido la encargada de esa difícil tarea.


Bordados de Catalina Gil: manos primorosas de una costurera ubriqueña





Pero hemos sabido, además, que Catalina tenía manos de ángel para la costura. Su nieta Mari nos ha traído un mantel bordado hace casi cien años y nos ha encantado el colorido, el diseño, la perfección de las puntadas y la elegancia del conjunto.



Ocas y pájaros primorosamente bordados a mano


Claro que este mantelito es solo una muestra del buen hacer de Catalina Gil. Como para muchas de nuestras abuelas, la costura era para Catalina una tarea de excelencia, tanto para confeccionar la ropa necesaria con puntadas milimétricas como para dibujar en paños, colchas y cojines todo tipo de elementos decorativos.








 Esperanza y María Rodríguez Jiménez
Nietas de Catalina Gil



Agradecemos a Paca que nos haya contado esta historia tan entrañable que une a su madre y a la nuestra, y también a nuestras amigas Mari y Esperanza que nos hayan facilitado, con la amabilidad que las caracteriza, las fotografías y la historia de su abuela Catalina.



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martes, 29 de julio de 2014

Cómo se desmota la lana

 Lana de oveja lista para desmotar
Debajo, una manta de lana del batán de nuestra bisabuela



Por Esperanza Cabello


Cada verano llega el momento de desmotar colchones y almohadas... o al menos llegaba, hace cincuenta años. Actualmente dudamos que sigan existiendo muchos colchones de lana, poco a poco han ido dando paso a colchones modernos, más cómodos y que dan menos trabajo.
Pero nosotros conservamos y renovamos las almohadas de lana, desde siempre. Nos parecen más cómodas, más frescas y más adaptables.
Los últimos colchones de lana que conocemos estaban en la casa de nuestra tía Teresita, en el "soberao", y siempre nos dejaba que cogiéramos un poco de lana para ir renovando nuestras almohadas.
Y cada verano, como hace cincuenta años, lavamos y desmotamos la lana.



 La lana desmotada y la lana abatanada

 Con el uso y el paso del tiempo, la lana, que en origen es esponjosa y suave, se abatana y se apelmaza, por eso hay que desmotarla.
Cada vez que abrimos las almohadas para lavarlas nos acordamos de nuestra bisabuela Antonia. En primer lugar porque desde los diez años trabajó en el batán de su padre (en este enlace podemos leer la historia), y además porque la recordamos en la azotea de nuestros abuelos, sentada en una sillita baja, junto a un montón de lana abatanada desmotándola.
Con una paciencia infinita nuestra bisabuela cogía uno a uno los mechones de lana y los separaba, quitándoles las pelusas, las semillitas, los trocitos de hojas, las hebritas de hilo y todos los trocitos minúsculos de cosas que no eran lana.

Cuando pasábamos corriendo y jugando nos llamaba: "Ven un ratito a ayudarme", y nos sentábamos un rato a intentar separar las fibras de lana. Apenas habíamos desmotado uno o dos montoncitos, nos aburríamos y seguíamos jugando, mientras ella continuaba, paciente, la labor.
Y eso que nuestra bisabuela no se caracterizaba precisamente por la paciencia, pero la recordamos dedicada a ella, y también, a su lado, su inseparable Rosario.

Ya hemos perdido casi todo el vocabulario relacionado con la lana y con su cuidado, apenas nos queda lo imprescindible: esquilar, desmotar, abatanar, enfurtir... También sabemos que un vellón (o tusón) de lana es toda la lana de una oveja cuando se esquila; un mechón es cada uno de los trocitos de lana, y las hebras son los mechones, ya hilados, que sirven para tejer o coser.



Desmotando la lana, hay que separar las fibras y quitar las partículas extrañas


Ahora es un lujo poder lavar y desmotar cada año la misma lana que guardamos celosamente. En verano los días son largos, la lana seca bien y colocamos nuestro montoncito de lana de las almohadas (muchísimo más pequeño que el de los colchones de nuestra bisabuela) sobre una de sus mantas, de las mantas fabricadas en el batán hace tantos años.
Con paciencia infinita vamos separando los mechones y las hebritas de lana, y entre las charlas de la sobremesa vamos viendo cómo el montón de lana abatanada se hace cada vez más pequeño, mientras que la lana esponjosa y suave va acomodándose en las fundas para servir de almohada un año más.
¡Quién sabe! Quizás algún día nuestros bisnietos se pregunten qué es la lana.

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