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jueves, 11 de noviembre de 2021

Secando las pipas de calabaza al sol


 

 

Por Esperanza Cabello

 

Hace muchos, muchos años, en una azotea no muy lejos de aquí, un montón de niños ilusionados y contentos esperaban, con paciencia, a que las pipas de melón o de calabaza se secaran para después repartirlas y comérselas.

Y no es que esos niños pasaran hambre, no era ese el caso, sino que en aquella época no se desperdiciaba nada. Es más, en aquella casa de más de quince personas apenas había basura.

Los vidrios se guardaban de una vez para otra, se consideraban tan valiosos que cuando algo de vidrio se caía se "quebraba". "Cuidado con la taza, no se vaya a quebrar", decía nuestra abuela. Y cuando ya no tenía remedio la rotura, los vidrios, machacados, servían para la construcción.

 El hierro se utilizaba una y otra vez, para eso estaban los buenos herreros, las puntillas se guardaban, los clavos también. Todo era útil y se reutilizaba. Si alguna vez había una lata de conservas, se utilizaba como maceta. El papel servía para encender la chimenea, incluso en algunas casas se utilizaban los periódicos como papel del baño. En algunas ferreterías nos daban unas monedas por los montones de revistas o periódicos, que después se utilizaban para envolver.  Y nosotros guardábamos el papel de celofán de colores de los caramelos para las manualidades. Hasta el papel de plata del chocolate se usaba para encender la copa.

Y en la cocina no había basura. Todo se aprovechaba. Los cascarones de huevo y la zurrapa del café para abonar las macetas, las cáscaras de fruta y los restos de verdura o comida se echaban en un cubo de zinc que diariamente venía a recoger la buena de Isabel, la Malagueña, para dar de comer a los cerdos.

Con el aceite y la grasa sobrantes se hacía jabón, con los trocitos de tela que quedaban después de cortar un vestido o una camisa se confeccionaban trapos de cocina, con las yemas de huevo acumuladas (porque las claras se usaban para limpiar las pieles) nuestra abuela hacía flanes y hasta la nata que se quedaba sobre la leche cuando se hervía se utilizaba para el arroz con leche.

Por aprovechar usábamos los platillos de las cervezas para jugar al cuadro, o para, aplastados, colocarlos en la guita de los trompos. Tampoco se tiraban los tapones de corcho de las botellas, porque eran muy útiles en la casa, pero también los usábamos, como los carretes de hilo, para simular tacones en los zapatos y jugar. Incluso jugábamos a las tabas con algunos huesos de cabra bien limpitos, o hacíamos silbatos haciendo un agujero a los huesos de los amascos.

En aquellos días tan lejanos, había muchas ocasiones de golosinas para los niños, una de ellas era cuando se hacían piruletas calentando azúcar con un poquito de agua y dejando enfriar el dulce sobre el mármol de la cocina, sobre un palillo de dientes. Y otra, muy festejada, era cuando se abría un melón o una calabaza.

Las pipas se dejaban aparte, se enjuagaban bien, sobre un colador, teniendo mucho cuidado de quitar toda la pulpa, y después las poníamos a secar sobre un papel de estraza con un poquito de sal al sol en la azotea.

Las dos o tres horas en las que teníamos que esperar a que se secaran bien a veces se hacían interminables, pero había que echar paciencia y seguir esperando. Después era muy entretenido comer aquellas semillas tan chicas, aunque las pipas "Los Curro" eran las mejores.

Esta tarde, cuando estén bien secas, podremos recordar aquellos sabores de la infancia.



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lunes, 25 de junio de 2018

El Rubio de Ubrique. Cuento

El Rubio de Ubrique. Cuento de Narciso Díaz Escovar
Publicado en Blanco y Negro. Octubre 1928


Por Esperanza Cabello

Hemos encontrado, entre las revistas de nuestro padre, un ejemplar de Blanco y Negro de 1928 en el que hay una historia llamada "El Rubio de Ubrique".
Se trata de un cuento escrito a principios del siglo pasado por el malagueño Narciso Díaz Escovar (en este enlace) e ilustrado por el dibujante Máximo Ramos (1880-1949) que no tiene nada de real, si exceptuamos el entorno y que relamente han existido "rubios", "rubitos", "rubiales" y "rubis" en Ubrique.
Dedicado a nuestro Hijo Predilecto de Ubrique, don Bartolomé Pérez Sánchez de Medina, "El Rubio de Ubrique" y a nuestro Rubio particular😉



CUENTOS DE LA SERRANÍA. EL RUBIO DE UBRIQUE

POR NARCISO DÍAZ ESCOBAR



Los pueblos de la serranía rondeña temblaban al solo nombre de Matías, el Rubio de  Ubrique.

No era para menos. Este bandido había cometido crímenes, y la fantasía popular los había adornado de tal modo, que hasta el de menos importancia aparecía como un delito de esos que el Código castiga con la pena de muerte.

Matías, siendo joven, por cuestión de mujeres, riñó con un convecino suyo, se arremetieron navaja en mano, y su rival quedó muerto a consecuencia de una herida en el cuello. La causa de Matías la presentaron los parientes del muerto, que eran bastante amigos del escribano, con tan negros caracteres, que el matador fue condenado a diez y siete años de reclusión.

                Pero no fue solo esto, sino que una tarde un hermano del muerto se encontró en el Arroyo del Pilar Hondo, a la salida del pueblo, a la anciana madre de Matías. No contento con insultarla, la abofeteó y empujó, pisoteándola cuando estaba caída.

                Aquella heroicidad llegó a oídos del Rubio de Ubrique, que juró vengarse cuando saliese del presidio.

No había en el penal recluso más obediente, de mejor conducta y de menos vicios. El director lo puso de portero de la oficina y se interesó seriamente por él. Este comportamiento y el no tener anteriores notas penales en su hoja hizo que le incluyeran en varios indultos, lo que dio como resultado que a los siete años de ingreso en la penitenciaría le diesen la libertad.

Desde el penal se fue a Villanueva del Cerro, poblado donde habitaba el que abofeteó y pisoteó a su viejecita querida.

Lo halló en una era, trillando y muy ajeno de la escena que le esperaba.

-Vengo a matarte, canalla.

Su enemigo alzó la cara y palideció:

-Eres... tú... ¿Es que te has escapado?

El de Ubrique replicó:

-Maldito lo que te importa. Defiéndete o te mataré como a un perro rabioso.

Lucharon y Matías dejó cadáver a su adversario, partido el corazón por una bala bien dirigida.

Desde aquel día el Rubio de Ubrique fue el bandido terror de aquellos sitios. Salía a la carretera y desvalijaba a los viajeros, amenazando a los que se resistían y llegando a realizar toda clase de audacias. Una vez llegó a apoderarse, unido a los hombres que le seguían, del cajero del Banco de la capital, a pesar de la escolta que lo custodiaba. Varias veces se tiroteó con la Guardia Civil, y aunque ésta hizo heroicidades por capturarle, supo escapar atravesando aquellos bosques llenos de encinas y acebuches y las montañas salpicadas de cuevas que casi eran nidos de águilas.

                En el poblado de Encinares el miedo al bandido era inmenso, pues en una ocasión el Rubio de Ubrique dio un tiro en el pecho, salvándose de la muerte por milagro el recaudador de contribuciones y una paliza que le hizo guardar cama dos meses al aguacil del Municipio.

                Al dar las oraciones la campana de la iglesia todo el mundo se encerraba en su casa, y las comadres, dando rienda suelta a la fantasía, contaban mil historias terroríficas del ladrón. Hasta el sacristán del pueblo, el bonachón de Paulino el Tuerto, había compuesto una romanza que empezaba:



Oigan ustedes, señores,

Por tarde, noche y mañana,

Las terribles aventuras

Y las sangrientas hazañas

Del monstruo más espantoso

Que se ha visto en las montañas.



                Una tarde, en las cercanías del pueblo, una niña muy linda, de ojos azules, pelo rubio rizado y de cutis blanco como la nieve, lloraba con gran desconsuelo a la sombra de una carcomida encina.

                Acertó a pasar por allí un jinete sobre un hermoso caballo alazán. Era alto, robusto, de gallarda figura, llevando en el arzón una escopeta de plateados adornos.

                Al ver a la niña y escuchar su llanto paró su caballería, se echó atrás el blanco sombrero de anchas y redondas alas y, bajándose de su cabalgadura, se acercó a la que lloraba:

-Chiquilla..., ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras? – Le preguntó, acariciando con su mano fuerte y ennegrecida a la pequeña.

Esta, sin cesar de gimotear, respondió:

-Que se fue la niña que venía conmigo y tengo mucho miedo.

-¿Y por qué tienes miedo?

-Porque dice mi madre que no debo alejarme de casa, no venga el Rubio de Ubrique, ese que se come a los niños y mata a los hombres.

-¡Hola, hola! ¿Conque hay un hombre que hace todas esas cosas? ¿Y quién es tu madre?

-La señá Manuela, la del ventorrillo Nuevo.

-¿Tú vives con ella?

-Sí, señor

-Pues no tengas miedo, que ese bandido no hace daño a las niñas tan bonitas y buenas como tú.

                El jinete volvió a montar y, poniendo a la niña a sus espaldas, picó espuelas y se dirigió al ventorro Nuevo.

                Allí volvió a apearse, bajó en sus brazos a la niña y, besando las rosadas mejillas de la pequeña, exclamó:

-Dile a tu madre que ese bandido del que se cuentan tantos horrores te ha traído a tu casa montada en su caballo y te regala esta moneda de oro para que te compre una muñeca, que no será nunca tan linda como tú.

                Un minuto después el caballo alazán y el jinete de gallarda figura se perdían entre los árboles del bosque de Encinares.



NARCISO DÍAZ DE ESCOVAR


DIBUJO DE MÁXIMO  RAMOS


PUBLICADO EN BLANCO Y NEGRO, 21 DE OCTUBRE DE 1928.



martes, 30 de mayo de 2017

El cuento de la mejor abuela




Por Esperanza Cabello



Hoy hace once meses que murió nuestra madre. Cualquier persona que haya perdido a su madre podrá entender cuantísimo la echamos de menos. Las madres son muy necesarias para sus hijos, pero también las abuelas son muy necesarias para sus nietos.
Y a esa abuela es a la que recordamos hoy, esa abuela dispuesta y alegre, que supo transmitir a sus nietos cariño, alegría, paciencia y amor por los libros, la lectura y las letras en general. Gran lectora, también era una paciente contadora de acertijos, leyendas y cuentos, a veces cuentos tradicionales, otros inventados.
Uno de esos cuentos inventados, que además ella misma escribía con su impecable caligrafía, ha llegado a nuestras manos esta semana, y al leerlo la hemos recordado como tantos cientos de veces, sentadita al borde de la cama, contando sosegada historias que nos embobaban. Eran historias simples, llenas de bondad y ternura, que nos encantaban
Les presentamos el cuento de la ardilla encantada💜


    Esto era una vez dos hermanos que vivían con sus padres en una casita en el campo. Anita era un poco traviesa, aunque de buen corazón y quería mucho a su hermanito Juan que era más pequeño, con él jugaba y le enseñaba a conocer a los animales y todas las cosas del campo. Un día que estaban jugando un poco alejados de la casa vieron a una ardilla subida en un árbol que daba vueltas y subía y bajaba sin parar, pero al ver a los niños se paró y se quedó mirándolos con sus ojillos vivaces.
     La niña quedó sorprendida al oir que la ardilla les hablaba; el niño, como era más pequeñito, no se asustó ni se sorprendió.
   ¿Cómo os llamáis? -Yo Ana, y mi hermano Juan, le dijo la niña ya más tranquila. Las ardillas no hablan.
   Pero yo sí, porque soy una princesa convertida en ardilla por el hechizo de una bruja.
   ¿Podemos hacer algo por ti?
   Creo que sí, dijo la ardilla subiendo a una rama, porque para volver a ser mujer necesito de dos niños que quieran hacer tres buenas acciones, pero no se lo digáis a nadie, si no no saldrá bien; y ahora más vale que volváis a casa, porque vuestros padres van a estar preocupados.
   Los niños volvieron a su casa, pensando qué podrían hacer para ayudar a su amiga la ardilla. Y como no tardaron mucho su madre no les dijo nada al regresar.
   Como era temprano se pusieron a jugar y llegaron dos amiguitos que vivían en una casita muy pobre y no tenían juguetes; Ana y Juan recordaron que tenían que hacer una buena acción y sin pensárselo dos veces , ella les regaló la muñeca que llevaba y Juanito, acordándose de la ardillita que tanto le había gustado, les dio su escopeta de plástico a sus amiguitos.
   Al día siguiente por la mañana, después de desayunar un buen vaso de leche con cacao y una tostada con mantequilla, se dirigieron los dos muy contentos al encuentro de su amiga del campo; y allí estaba la ardilla comiéndose una nuez.
    ¡Hola, amiguitos! Ya sé que habéis hecho una buena acción y os estoy muy agradecida, pero recordad que os quedan otras dos.
    Procuraremos ser buenos para que vuelvas a ser princesa otra vez, le dijeron los niños.
     Y allí estuvieron un rato divirtiéndise hasta que llegó la hora de volver a casa. Pasó aquel día y su madre estaba admirada de lo bien que se portaban sus hijos; otras veces discutían o se peleaban, pero ahora estaban muy amables y obedientes, y hacían todo lo que ella les mandaba sin rechistar. Ya por la tarde, cuando el sol se iba escondiendo detrás de la montaña, estaban en la puerta de su casa y de pronto vieron un perrito que iba cojeando a la par que daba aullidos lastimeros. Los niños se acercaron con un poco de miedo pero el perrito los miró como pidiéndoles que lo ayudaran; el pobrecillo tenía un alambre de espino enredado y cada vez que andaba se le clavaba. Con mucho cuidado Ana y Juan le quitaron el alambre y le curaron las heridas, el perro daba saltos de alegría alrededor de sus salvadores.
   Muy felices entraron en la casa. Aquella noche soñaron cosas muy bonitas. Al levantarse por la mañana su mamá les anunció que aquel día irían a visitar a una anciana enferma que vivía algo lejos y le llevarían un cesto lleno de provisiones. Los niños pensaron que no iban a poder ir a jugar con su amiga del árbol, pero no dijeron nada y se dispusieron a acompañar a la mamá.
   Ya en casa de la anciana los niños le hicieron compañía y estuvieron muy cariñosos con ella, prometiéndole que volverían de vez en cuando y Anita le leería un precioso libro que la viejecita tenía allí.
   Al día siguiente fueron muy contentos al campo y ... ¡Oh, desilusión! La ardillita no estaba en el árbol; se sentaron los dos muy tristes creyendo que habían perdido a su amiga, cuando de pronto se oyó una voz suave a sus espaldas que los llamaba:
   ¡Anita, Juan! ¡Estoy aquí! 
   ¡Qué vieron sus ojos! Allí había una preciosa niña que les sonreía con dulzura.
   ¿Tú eres la ardilla? Preguntaron los dos al unísono.
   ¡Yo era la ardilla! Y ahora, gracias a vosotros, he vuelto a ser lo que era, una niña.
   ¿Qué harás? Preguntó Anita.
    Me voy con mis padres que lloran mi ausencia, pero antes quería despedirme de vosotros y daros las gracias.
     Adiós, adiós, ya volveremos a vernos.
   
   De vuelta a casa, Ana y Juan contaron a sus padres lo que les había sucedido, y su madre les dijo: Eso está muy bien, pero pensad que tenéis que seguir con vuestras buenas acciones, no vaya a ser que haya más princesas convertidas en ardilla y necesiten vuestra ayuda.
     Todos los días, Ana y Juan siguieron visitando el árbol de la ardilla para recordar aquella aventura y por si alguna vez... ¡Quién sabe! Asomaba por allí una ardilla.😉


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Este pequeño cuento, tan inocente y tan simple, nos trae una sonrisa y un buen recuerdo para este día de efemérides tristes. Hace diecisiete años que murió nuestro padre, y once meses que murió nuestra madre. A los dos les gustaba escribir, cada uno con su tipo de historias, y nosotros solo podemos agradecerles a ambos que nos hayan enseñado a valorar este mundo de las letras, que tanto nos ha dado. 

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miércoles, 4 de enero de 2017

Cuento de Navidad, por Bartolomé Pérez Sánchez de Medina.

El Rey Melchor ya está preparado para su gran noche
Gentileza de Mariola Pérez


Mañana será un gran día, un día mágico, un día muy especial. Para todos nosotros, grandes y pequeños, se está preparando ya la cabalgata de los Reyes Magos.
Muchos días de trabajo, de organización, de ilusiones y preparativos que culminarán mañana con la visita de sus majestades a nuestro pueblo, eso sí, con una agenda muy apretada.
En este enlace de Radio Ubrique pueden oír todos los detalles.

Para nosotros este año será aún más especial, pues el rey Melchor nos ha hecho partícipes de uno de sus últimos trabajos, un precioso cuento de Navidad, en verso, escrito para todos nosotros, y especialmente para sus nietos y todos los niños y niñas de Ubrique.

Le damos las gracias de corazón por habernos traído este precioso y divertido cuento, lleno de guiños a nuestra cultura y a nuestra idiosincrasia andaluzas, y le deseamos toda la felicidad del mundo en esa noche maravillosa, msteriosa y extraordinaria, estamos seguros de que será un buen rey.




CUENTO DE NAVIDAD: "De lo que les aconteció a los Reyes Magos cuando se averió la Estrella"
                                            ___________________
                             
              Está nevando en Belén
              y los Reyes tienen frío,
              y,al lado de un terraplén,
              cortan un breval bravío
              para hacer leña. Del río.
       procede una voz:
                          -¡Dios mío,
              que esa leña es para el tren! -
              - Si en este Belén hay tren -
              comenta el Negro enfadado -
              la Estrella habrá sido quien
              el tiempo ha manipulado
              y los siglos han pasado - .    
             -¿Y ahora, qué?  ¡Jesús, qué enfado !  -
              responde Melchor también           
             - Si pasó el tren a Belén,
              caminemos por la vía - .
             - Pero, ¡allí pone Bailén!
              ¿Dónde estamos, madre mía? -
             - Huelo desde aquí a arropía,
             - dice Gaspar - me comía
              catorce en un santiamén -

              Han llegado a la Estación;
              frente, la Cafetería.
              Los camellos al salón
              entran con mercadería
  y Reyes.
                      Algarabía,
              ruidos de vidriería
              y se organiza un follón.
              Los camellos al andén;
              sale la camarería:

             - A mí, una copa de ojén -
             -Yo prefiero Tía María -
             - Un trocito de arropía -
             - Café, que clarea el día,
              pan y aceite de Jaén -
                            
            - Está averiado el tren,
             pues se ha acabado el carbón,
             la leña, mojada....¿ven?..,
                                        ha caído un chaparrón;                             
             descargad aquel serón -
            -dice Baltasar - carbón
             para que funcione el tren -

            - ¿Y los niños, que al balcón
             nos pondrán los zapatitos,
             y por equivocación,
             queriendo ser formalitos,
             no lo fueron?  ¡Pobrecitos;
             si después de los delitos
             sintieron la contrición! -
            - ¡No tendrán nuestro carbón, -
             dice Melchor al "barmán"
             que ha sentido compasión -
             lo que pidieron tendrán !

           (Dos ancianitos se van,
            pues han comprado ya el pan
            en el bar de la Estación)
            
            Llevado por la emoción
            sale el barman al zaguán  
            y entorna un poco el portón :
           - Saca, María, el champán
            y cajas de mazapán...,
            los pajes te ayudarán....
            ah, están en mi habitación .
           ¡Majestades! .... ¿qué querrán? -
           -Yo...,aguardiente y polvorón -
           habla Melchor.
                        -¡Mazapán! -
           pide Gaspar. - Yo, turrón -
           dice Baltasar guasón,
           alejado en un rincón
           y apoyado en un chaflán.

          -¡Pajes, ...¿qué queréis? -
                            -¡Champán! -
           le gritan con alegría -
           dos copas de "Tía María",
           chocolate, churrería,
           manteca, chacinería
           y dos teleras de pan! -
 
           Y, adonde está el ambigú
           Melchor se encamina a allí;
           el barman no dice mú,
           y sin hablar da su sí;
           el Rey le entrega un rubí     
           que se lo dio un marroquí
           al que  rescató en Corfú.


           Ven al jefe de estación
          cuando salen del andén
          y, con mucha educación
          y, hablando requetebién,
          agradece que el carbón,
          cuando cayó el chaparrón,
          lo diera para el fogón
          de la máquina del tren.

          Está clareando el día,
         la Estrella, entre los luceros,
         quietud en la nieve fría...,
         y sones campanilleros
         alegres como jilgueros,
         felices y mañaneros,
         se aproximan por la vía.

          Los Reyes, por la emoción,
         lloran de santa alegría,
         y, hasta el jefe de estación,
         de tanta melancolía
         que en su corazón sentía
         al oír la melodía,
         se puso un poco llorón.

Y llega la escolanía,
niños y niñas cantando
y las botellas vacías
con un cuchillo raspando;
y un zagal que viene al mando
va la zambomba frotando
al son de calderería.

Y lanza un pitido el tren;
los Tres Reyes  a un vagón
(los pajes suben también),
los camellos a un furgón.
Suena el tren como un cañón,
ya no se ve la Estación
- por el humo- ni el andén.
..........................................

- ¿ Dónde fueron? -
-No lo sé;
el resto se me olvidó...
yo era entonces un bebé,
mi abuelo me lo contó
cuando él era como yo...
...Pero, ¿te ha gustado, no?
Yo nunca me enfadaré.



Bartolomé Pérez Sánchez de Medina






¡Felices Reyes a todos!


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