El acebuche de Ocurris, testigo del tiempo y de la verdad
Para mi hermano Manolo.
Hoy hace quince meses que nos dejó,
pero siempre estará con nosotros
Por Esperanza Cabello
Érase una vez un acebuche milenario que vivía en Ocurris, muy cerca de nuestro pueblo. Este árbol tan especial y maravilloso había sido testigo de miles de escenas, conversaciones, juegos, recuerdos, besos, carreras, abrazos, vida antigua, reuniones familiares, mucho amor y mucho trabajo.
Era un árbol diferente, muy longevo e importante para todos nosotros, catalogado, cuidado, fotografiado, pintado y abrazado. Desde su altura podía ver los buitres en el cielo, o a las cabras monteses correteando por encima de los peñascos. También podía ver el infinito mimo que las responsables del yacimiento, Isabel y María, tenían con todo el lugar, o apreciar la admiración que los miles de visitantes del yacimiento sentían por el entorno en general y por el propio acebuche, en particular.
Junto a sus raíces, a ras de suelo, tuvieron lugar miles de acontecimientos cotidianos, cuando alguien se sentó y se recostó, cuando alguien se resguardó a su sombra, cuando algunos lo abrazaron dándose las manos en toda la circunferencia, cuando alguien se agachó para acariciarlo, cuando alguien se arrodilló para rezar discretamente, cuando dejaron a sus pies algún pequeño recuerdo muy querido...
Un día, no hace mucho tiempo, pareció que el acebuche florecía. Un precioso hongo amarillo surgió de su interior y el acebuche parecía dar las gracias, con esa bellísima flor, a todos los que a lo largo de este milenio han dedicado un momento a admirarlo y a cuidarlo.
A una familia ubriqueña le pareció que esta "flor" era un regalo del cielo, una señal que un miembro muy querido nos enviaba para recordarnos que Ocurris sigue siendo lugar sagrado, lugar telúrico, lugar familiar, lugar de dioses y trono de nuestra madre naturaleza. Para pedirnos que, a pesar de los intrusos, de cualquier cosa fea que hubiera podido pasar en su alrededor, siguiéramos considerando el yacimiento algo tan nuestro como siempre. Manolo y sus padres estaban allí, al pie del árbol, protegiendo a sus seres queridos y a todos los que quieren y cuidan este yacimiento.
Esta señal nos convenció de que, milagrosamente, Manolo estaba allí, y de que el acebuche seguía siendo nuestro protector y amigo.
El pobre acebuche no sabía, ni nosotros tampoco, que aquella flor era en realidad un Laetiporus sulphureus, (seta de pollo), o sea, un hongo que se había instalado en el tronco del pobre acebuche, y el que hubiera surgido al exterior era señal de que ya estaba instalado en la estructura del árbol.
Quizás lo que nos pareció en principio el regalo de una flor era en realidad una lágrima de tristeza por las cosas malas que ha tenido que contemplar este año: Lluvias, destrozos, malas intenciones de algunas personas, incluso traiciones.
Pero no, este hongo, aunque con otros centenares de años termine con la vida del acebuche, es muy lento en su destrucción, los árboles antiguos o milenarios pueden coexistir con este hongo durante décadas o incluso siglos. Sin embargo, el daño avanza lentamente y es irreversible; retirar el cuerpo fructífero (la seta externa) no cura la infección interna del micelio.
Así que lo que ha pasado es algo que no tiene remedio, lo que se termina, se ha terminado, por muchos años que haya estado lozano y frondoso, ahora sabemos que, como todo en la vida, también los árboles milenarios tienen su fin.
La buena noticia es que nosotros no viviremos también esta despedida, quedan lustros, decenios, siglos, incluso milenios, para que este hongo disfrazado de bella flor acabe con nuestro acebuche.
Mientras tanto, querido árbol milenario, sigue vigilando nuestro yacimiento, ocúpate de que solo haya personas que te quieren, de que "los malos" ni se te acerquen y de que todo el mundo siga asombrándose al contemplarte mientras, desde el cielo, nuestro hermano Manolo se ve subido en tu copa, sonriendo satisfecho en medio de la madre naturaleza y contento de estar para siempre volando junto a los buitres y repechando en medio de las cabritas, que saben que él sigue allí, con todos nosotros.💚💚💚💚💚💚💚💚💚💚💚💚💚💚💚💚



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